Nubesomnium

Resiliencia

Mishelle B. Badillo

Hay algo en los objetos en llamas que me fascina, a veces me enloquezco por los sonidos que producen cuando hacen combustión, hay materiales que despiden olores embriagantes, y tengo un gusto especial por el espectáculo visual que me da la piel cuando el fuego la abraza, se inflama, pierde agua y comienza a deformarse, es maravilloso.

Por años estuve puliendo mi obsesión por estos cambios químicos y físicos que produce el calor.

Cuando era pequeña descubrí que el fuego seducía mis sentidos, en una fiesta familiar dejé de jugar con mis primos anonadada por la carne que mi padre asaba en carbón, observaba el vapor, aspiraba hondamente el olor de la comida, y no quitaba la vista de la lumbre que modificaba la forma y tamaño del asado.

fuegoPero no fue hasta mi adolescencia que pude entender de manera más amplia los efectos de la combustión, tenía buenas notas en ciencias y establecí amistad con mis profesores para que me dejaran utilizar los laboratorios después de clases, esto para observar y analizar con pruebas controladas, el impacto del fuego en diversos materiales. Posteriormente dejé de quemar objetos.

En una ocasión encontré un pájaro muerto en mi camino a casa, y después de cavilar la situación, saqué un pañuelo de mi bolso y envolví el cuerpo del ave en el pedazo de tela, para llevarlo a casa sin que nadie lo notara.

Apenas y comí lo que mi madre preparó de cenar por la ansiedad de ver el cuerpo emplumado en llamas; me puse en pie y traté de no correr hacia mi habitación, pero mis pasos acelerados me condujeron al ave en cuestión; la tomé entre mis manos y subí a la azotea de mi casa. Una vez que me aseguré de que nadie pudiera interrumpir mi esperada contemplación, deposité el pequeño cuerpo alado en un plato de cerámica, lo rocié con un poco de alcohol y el olor del fósforo al encenderse, fue la primicia de lo que se convirtió en un espectáculo sensorial para mí.

Permanecí de pie frente a las llamas hasta que quedaron unos cuantos huesos y el pico; la liviana estructura ósea del animal expuesta entre cenizas, fue el primer ardiente gozo que tuve.

No crean que buscaba la ocasión de prenderle fuego a algo, es sólo que conforme pasaba el tiempo, sentía la creciente necesidad de percibir el calor abrasando, abrazando y carbonizando un animal u objeto.

Nunca he considerado mi amor por la ignición como algo malo, pero me alarmó el día que por casualidad o causalidad, encontré en internet un vídeo sobre la inmolación de un hombre entregado al abrazo mortal del fuego. Lamenté que los sonidos de gritos, cantos e instrumentos musicales no me permitieran escuchar la carne humana reaccionando al fuego, y me enfureció que el acto haya sido grabado por un dispositivo de baja resolución, ya que me impedía ver con detalle cómo el cuerpo adoptaba la denominada posición de “el boxeador”.

Pese al desconcierto que me causó la idea de un cuerpo humano en una hoguera, comencé a obsesionarme con ello. Algunas noches soñé que pertenecía a la Inquisición, era un humilde siervo que prendía candela a los desdichados herejes.

Despertaba extasiada en medio de jadeos y sudor, me levantaba para ahuyentar la tentación de sacar una de mis cajas de cerillas.

Un buen día entendí el sentido de mi vida, comprendí que durante los últimos años me había preparado y formando para un propósito. Todas mis lecturas; las fotografías obtenidas; mis fósforos cómo cómplices, tenían un fin.

Busqué el sitio indicado, la fecha adecuada, y el sitio perfecto para culminar el sentido de mi pasión.

Acudí a diferentes sitios para conseguir la leña perfecta, compré un vestido de manta con flores bordadas y marqué en el calendario el día que culminaría mis más arraigadas fantasías.

Tres de noviembre, desperté temprano, y salí de casa a las ocho de la mañana sin que mis padres lo notaran, recogí el automóvil que renté semanas antes; me dirigí a la carretera que conducía a la ciudad; tomé un camino de terracería y pasé las pocas casas que ahí se encontraban hasta llegar a un pequeño cerro.

Tuve que subir y bajar a la cima cuatro veces para poder llevar toda la leña, me puse mi hermoso vestido, apilé la madera, después vertí el combustible y casi perdía el aliento al ver materializados mis sueños medievales.

Me coloqué en medio de la hoguera, no hubo ataduras de por medio, ya que tendría que vencer mi sentido de supervivencia, si deseaba cumplir mi cometido.

Estaba extasiada, sabía que una vez que ardiera mi cuerpo, mi corazón estallaría en mi interior, qué belleza.

Encendí temblorosamente una cerilla y la dejé caer de mi mano. Iluminé mi hermoso final.

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