Noctívago

Transeúnte renuente

Juan Pablo Picazo

No,
no se atreve el silencio
a perdonar mis palabras.

A veces puedo verlo:
toma cuerpo en la niebla temprana,
reina con ella el mundo
hasta el advenimiento
del sol,
turbio como es, con esa luz
que miente,
que todo oculta.

Yo peatón,
transeúnte madrugante
renuente silente,
pongo los pasos
donde la insospechada ceguera nocturna
me dicta,
y voy a pelear las monedas del día
para alimentar este cuerpo.

Tropiezo con locos de toda calaña,
desde generosos esperanzados utópicos,
hasta malhadados huraños atípicos,
y entre ellos
los muchos traidores escuálidos necios,
los cansinos blasfemos soberbios,
los infatuados ingenuos complejos
y las sobrias brujas dispépticas.

Otros hay, cierto.
Pero no muerden tan fuerte
ni envenenan tan rápido.

Yo no soy mejor,
soy sólo el que escribe
y se salva a sí mismo con versos.

Caeré al sueño a la una,
cuando las hadas se retiran cansadas
y los vampiros apenas calientan sus venas
con sangre invitada. Lh

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