Onirosofía

Princesa noctívaga

Juan Pablo Picazo

Cuando divago en territorio de estrellas no me gusta que me sigan los perros. Me dijo esto con una seriedad absoluta. A mí me gustaba seguirla siempre que, en medio de uno de esos silencios inesperados en nuestra plática, ella se levantaba, se abrigaba lo mejor posible y salía a la noche para degustar lo que solía llamar sus intentos fallidos por soltarlo todo para siempre.

A veces creo que estos intentos son fallidos porque me sigues, si saliera sola, quizá me iría para siempre. ¿Soy como los perros cuando te sigo? Le pregunté una vez que caminábamos por una calle de aceras anchas y ajardinadas en una cercana colonia de millonarios. Ella demoró diez o quince pasos para contestar. Para mí fueron como diez o quince años. Al fin dijo: No, te comportas como los gatos, esos brujos taimados del reino animal. Verás, los perros tienen una suerte de ceguera nocturna -yo también la padezco, quise recordarle, pero no quería ser como esos perros cuya compañía le disgustaba tanto en su noctívaga costumbre.- y siempre tienen miedos nocturnos, ladran amenazantes para ocultar su temor o aúllan desesperados recordándole al mundo que una vez fueron lobos, pero ya nadie les cree.

Los gatos son como esas partículas subatómicas atípicas, que según se dicen van y vienen entre los mundos como quien se cambia de blusa, da envidia el sólo pensarlo. Así tú. Primero guardé silencio sintiéndome importante y luego disparé ¿Cuáles mundos? ¿Ya viste que soy casi una ama de casa? ¿Te das cuenta que no hay nadie más quieto que yo? Ella seguía andando sin contestar, su corazón y su pensamiento rondaban esos otros mundos, lejanos a mi voz. En ese momento preví que en cualquier momento podría desvanecerse entre un paso y otro y pasar por una puerta interdimensional al más cercano de esos otros mundos.

noctivagaDesde que ha llegado nuestro hijo esos paseos se han vuelto impracticables. El instinto paternal nos tiene atornillados los sentidos a todas las señales del pequeño. La noctivagancia parece haber desaparecido, sin embargo sé de algún modo que sólo es una pausa para disfrutar de los llantos inocentes que se apoderan de la noche nuestra, que ella volverá a salir alguna de estas noches, ajena a ladrones y asesinos, despreocupada de militares y toques de queda, y que en un momento dado no regresará porque ha cruzado las invisibles fronteras.

Entonces, por asuntos de crianza, no podré seguirla. Alguien tendrá que ver al niño. Ella es un espíritu libre, un ser inconforme e impropio de este mundo lleno de sedicentes genios que en realidad sosmos seres acaso adocenados a quienes no soporta en general, pero con quienes convive por educación y circunstancia. Será natural que parta, será propio de su ser auténtico entregarse al cruce entre los mundos, responder preguntas creando cuestionamientos fundacionales, regenerando antiguas, cercenando los perímetros seguros.

Sé de cierto que se marchará una noche. Lo que no tengo seguro es que regrese, ya sea definitivamente o sólo porque esté de paso entre dos mundos cercanos. Lo que sí debo preparar es una serie de acciones previstas para ese día, para escuchar de sus andanzas, de sus aprendizajes y sus nuevas búsquedas. Cierto, habrá que interrumpirla aquí y allá, cuando sea pertinente, para contarle mis mundamnalidades: que si el niño, que si el trabajo, por cierto te han mandado saludos los Nájera y los Iturriaga te han extrañado en sus reuniones, lo que será ya muy lejano en su conciencia, y después con una pequeña sonrisa, acaso luego de tomarse el té de la noche, se levantará de nuevo para caminar.

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