La vida en el envés

Riddensugh de Branestagg

Saulo Tertius

La enorme luna de metal que es Gyganthar no resulta ser la casa que más ame entre los pocos sitios que puedo llamar así en los muchos mundos que ya habito a fuerza de pasar tanto de una puerta a otra. Terminé en Gyganthar luego de que Grangaznate y mi amiga Cihuanicté y sus hermanas, las brujas del Clan de los manglares, me pusieran en una puerta hacia Trántor.

En la ciudad-mundo del gastado Imperio Galactico, Hari Seldon me hizo viajar por cinco distritos antes de llevarme a otra puerta que me dejó en la media urbidad de Ventira, ciudad subterránea, resto ruin de lo que fuera el Imperio Panithánico, dominada por los mendacios de la Iltérida Monoversal; justo a la mitad de la Spyra-Sancta que se recorre para entrar en su templo principal, hay una puerta que sólo los entendidos sabemos abrir. Lo hice y luego me ví en una de las calles transparentes de Gyganthar. Desde ahí todo fue fácil.

Llevo mucho tiempo encerrado, lamiendo mis heridas. Debo regresar a San Manatí, mi biblioteca secreta peligra. La vida de los primeros doce mundos está comprometida por culpa de los volúmenes que me confiaron Irene Adler y Lucas Corso. Demonología pura.

Hablando de demonios, ya no tengo daemonium, desde la traición de Luna’la y la muy posible muerte de Lobo Zacppai en batalla frente a los soldados negros de Rosalío Pat Guerrero, estoy huérfano de mi propia mitad, las brujas dicen que no se puede vivir sin daemonium, que el mío, otro viejo o uno nuevo, debe estar cerca, aguardando a presentarse ante mi en el momento adecuado.

Pero nadie puede tener más de un daemonium se supone, eres tú mismo, no puedes cambiarlo. Por eso se me teme tanto entre los mundos, porque parezco media persona. En algunos mundos me llaman brujo nada más verme, no se a qué rango del espectro luminoso responden sus ojos casi transparentes, pero ellos me asustan más que el temor reverencial que muestran cuando deben tratar conmigo.

En esas trazas de pensamiento estaba cuando apareció ante mí lo que tomé por un hombre diminuto mirándome tímidamente entre una pila de libros. Le pedí que se acercara y me dijo:

– Salud y paz a ti, Istar. He venido observándote desde hace doce reinos y al fin creo seguro que conversar podamos. Soy Riddensugh de Branestagg.

Su voz me desengañó, no era un hombre sino una mujer. No era duende, ni elfo, ni hada. Por supuesto no pertenecía a la raza de las famas, ni de los chaneques o de los aluxes. De momento no supe a qué nación mágica pertenecía. Soltó su cabello y me dijo en seguida.

– Riddensugh de Branestagg, princesa Nacañú de la estirpe Norgloñesa.

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Foto: Adán Colín

Mi asombro no tuvo cuento ¿Princesa Nacañú? ¿Se escondía en mi librero una mujer de la realeza de una nación mágica que yo ni siquiera conocía? No era bruja, no era diablesa, no era ángel, ni ondina, ni nereida, ni sílfide. Su sonrisa delataba que mi desconcierto era evidente.

– Vaya, si los eruditos de otras tierras ni siquiera saben de nosotros. Así debe ser. Los Nacañú somos la nación secreta. No hay magia más potente ni gente más modesta que la nuestra, vivimos en las nubes. En ellas cruzamos por todos los mundos, pues comparten los fluidos básicos en pequeñas proporciones.

Me contó de sus palacios, de sus artesanías mineras, pues extraen minerales de su entorno, me habló de los tardígrados que domestican y aprovechan, de su neutralidad en todas las guerras, de sus célebres corazas de relámpago puro, y de cómo preparan las nubes para regar los mundos.

-Me han mandado a verte, podemos ofrecerte un lugar sonde esconder los libros malditos.

Me dijo que los Nacañú pueden moverse entre los humanos y los seres mágicos porque controlan su aspecto y su tamaño. Me dijo que me siguen desde la extraña traición de Luna’la y que han considerado intervenir por la supervivencia de los mundos. Le contesto:

– No creo que los libros estén a salvo en una nube.

– Las nubes forman un reino que esconde una tierra de bellos glaciares al norte de Svalbard, justo en uno de los mundos donde ni los fliedermousen, ni los panser’bjyrne habitan esas tierras; ni siquiera hay humanos, pero tenemos un par de puertas: a San Manatí, y al Svalbard de los humanos que llevan el daemonium dentro ¿vienes?

Pensé que no podía ser una trampa de Rosalío Pat, pues el tema de los mundos paralelos le es casi desconocido, así que accedí y seguí a la princesa hasta una puerta oculta en un callejón tumultuoso de Gyganthar cerca del espaciopuerto.

Todo está por verse. Lh

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