El pez en la burbuja

La mariposa azul en sus anillos

Andrea Ortíz Rodríguez

Era él un silencio asfixiante en el cuarto. Entre su aliento y el mío, cuando intentaba esfumarlo con mis dedos en sus piernas, con sus pechos sin las bragas, con mi pene y mi calor; ahí estaba él; en el ambiente ácido de su saliva, angustiando sus ojos con el chirriar de la cama, el recuerdo latente, los gemidos faltantes; la arritmia que causaba tratar de no copiar un ritmo, de no recordarle algún suceso, de que una vez no gritara su nombre antes de terminar. Era él un silencio asfixiante en el cuarto. Y yo no más que una…ella lo dijo… mariposa… (Ningún hombre quisiera ser una puta mariposa), con las alas llenas de escamas pero sin que nadie las vea, con mariposa-dark-azulla lengua versátil pero sin que ella la sienta, queriendo quedarme en el silencio que guarda; intentando ser el amor que duele, que se va, que nunca estuvo pero que sofoca; en las pestañas maquilladas de más para que vea sus ojos, en los párpados negros porque no ha funcionado; en las faldas cortas y largas, en las faldas rasgadas, en su desesperación de no saber cómo llamarme; queriendo ser el que la tiene y no quiere tenerla, el que está por ahí, quién sabe dónde, ¡no quiero saberlo!, lamiendo los muslos que no me interesan porque no son sus muslos, porque no tienen tierra, ni flor, ni raíces, porque cuando se abrieran no buscaría mariposas, pero sé que ahí está; para mí que entre escombros y pestes;  para mí que entre nada… y libertad. Lh

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