Y la nave va

Lena

José Antonio Aspe

Lena se acercó al río. La mañana era cálida, soleada. A lo lejos el canto de las cigarras lo enmarcaba todo, lo cubría de ruidos sordos, impalpables. Se quitó la falda, despacio, como si actuara en una película o encima de una tarima. Luego, con movimientos cadenciosos, se despojó de la blusa y del brassiere. En los alrededores nadie la miraba; los largos carrizos y la maleza salvaje cubrían su desnudez. Dentro del agua desenredó su trenza sin prisa, como quien desteje una fina madeja. Al sentir correr el agua entre sus piernas se sumergió, se dejó arrastrar unos metros por la tierna corriente; el cuerpo casi a la deriva, casi sin control, casi al garete. De reojo lo vio bajar por la ladera. Sintió una mirada severa sobre su frágil cuerpo. Con movimientos premeditados, Lena sacó del agua las nalgas, mostrándoselas con provocativo descaro. Él pareció no inmutarse. Ella abrió aún más el compás y le mostró el vello de en medio de las piernas; tupido, moviéndose como pez al ritmo del agua en un vaivén sereno y reposado. Giró el cuerpo intempestivamente y quedó con los senos al aire, con los pezones apuntando hacia él, haciendo pedazos su aparente desidia y su mal disimulada curiosidad. Majestuosa, salió del agua acariciándose el cuerpo con lascivia. Se recorría una y otra vez con las manos los senos, la cadera, el pubis y los torneados muslos. Se tocaba como si tocase otro cuerpo, unas líneas ajenas a sí misma. Se acercó a él amenazante y sin recato. Él no se movió. Lena sintió el calor de los cuerpos al juntarse. Con delicadeza tomó entre sus dedos suaves, largos y femeninos el pene descomunal. Él, azorado, acusó un movimiento torpe y dio medio paso hacia atrás. Ella lo retuvo con suaves caricias y se llevó el miembro a la boca; lo chupó de a poquito, sin codicia, con ligeros mordiscos, con los dientes apenas marcándole la piel. Luego las mordidas dulcemente violentas, la lengua corriendo con avidez, sin tregua. De pronto, desbocada, Lena lamió con desenfreno y el caballo se zafó; dio un estrepitoso relincho, tiró un reparo y después de dos coces al aire desapareció por la vertiente, entre el verdor de los árboles, los triángulos de sol en el agua y su trote cómplice, veloz. Lh

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