Nubesomnium

Dulces patrañas

Mishelle B. Badillo

Camino a casa como suelo hacerlo, las empedradas y arboladas calles quee recorro todas las tardes tienen encanto. Las hojas crujen bajo mis pies y delatan mi andar.

Ocasionalmente veo a una mujer sentada en un pequeño banco, a un lado de la que solía ser una fuente, ahí vende amuletos y un letrero recargado a un costado suyo dice “te digo tu destino”. Varias veces he querido romper su cartel, ¿quién se cree esa mujer para decirle a la gente cuál es su destino? Ignoro si cobra por lo que hace, pero me parece una charlatana.

Un día salí tarde de mi trabajo y el sol comenzaba a ocultarse, las calles tenían un aspecto frívolo, las hojas ya no crujían, parecían quejarse, el aire era frío y noté que había dejado mi suéter en la silla de mi escritorio. Cuando pasé al lado del improvisado puesto de amuletos la mujer me dijo:

– Se convertirá en una buena casualidad tu descuido.

Desconcertado sólo pude asentir con la cabeza y continúe mi andar. No entendí lo que significaba eso hasta el día siguiente, cuando al llegar a mi oficina, la bonita joven que ocupa el escritorio del rincón, se acercó a mí y dulcemente confesó:

– Tomé tu suéter prestado ayer, espero que no te moleste.

Me entregó la prenda y yo sólo respondí:

– Cuando gustes.

¿Cuando gustes? Qué frase anticuada es esa, carajo, ¿eso es todo lo que pude decirle? Sin embargo, pese a mi poca asertividad con la joven de ojos enternecedores, no dejaba de pensar en lo que la alocada mujer había dicho el día anterior. ¡Patrañas! Palabras al aire. Cinco días después volví a ver a la andrajosa mujer, caminé más despacio, y casi en un murmullo mencionó:

– Cuidado con el billete de tu bolsillo izquierdo.

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Silente observador, by Mish B. Badillo

Toqué mi pantalón y me percaté que ella no mentía, mi último billete estaba por caerse. Le agradecí y seguí mi camino. Sin embargo horas más tarde le di vueltas al efímero encuentro con la mujer y noté algo que había pasado por alto, ella apenas y había movido la cabeza hacia mí, en realidad parecía tener la mirada perdida debajo de sus enmarañados cabellos. ¡Qué rayos! Por qué le daba tanta importancia a esa embaucadora.

Descubrí cómo se llamaba la chica de mi oficina, Ofelia, qué nombre tan delicado, justo para ella. Y no pude evitar sentir una mayor curiosidad por saber alguna otra “casualidad” de aquella mujer. Pero no la pude encontrar en días, pregunté por ella en los establecimientos cercanos y nadie supo decirme nada de ella, pasa tantas horas por el lugar la mujer y ahora se había esfumado.

No me malinterpreten, no creía que lo que ella dijera podría modificar mi parecer, pude establecer un poco de contacto con Ofelia gracias a ese descuido mío. Pero ella dijo las palabras, “se convertirá”, y eso me inquietaba, como si el haberlas pronunciado hubiera modificado el futuro posible donde el clima hubiera sido un poco menos frío y Ofelia no necesitara de mi suéter. Qué tontería, lo sé.

Estaba por cruzar la avenida, era tarde y debía llegar a mi trabajo lo más rápido posible, esperaba a que el semáforo se tornara rojo cuando noté que la vieja de las suertes estaba del otro lado, quise aproximarme a ella pero el sonido de un claxon me hizo permanecer en la acera. Fue una espera insoportable, ansiaba por preguntarle a la señora el por qué me había dicho eso aquella tarde helada. Cuando por fin hubo luz verde, caminé hacia el otro lado, y entendí que pese a que uno conozca o ignore su destino, éste lo golpea por el lado izquierdo y nos deja tendidos en la acera. Lh

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