El pez en la burbuja

Expatriación

Andrea Ortíz Rodríguez

Yo sabía que era besarla. Sabía que era que sus labios de lima refrescaran tu tarde de abril, como esta. Le gustaba enseñar rutas nuevas para llegar a su lengua; y como todas las amantes nunca aprendías que antes de llegar ya se había ido. Sabía de sus roces de chilacayote, de su piel que endurecía entre más cerca te sentía y crujía al partirla, desgajaba y necesitaba ser lamida, succionada para encontrar lo líquido, adentro. Sabía de sus cristales de azúcar que se diluían en la boca tiempo después de haber estado, de sus palabras de oblea que te daba como el padre en la iglesia antes de la comunión, de sus frases cambiantes mientras sacabas la lengua y sin oír bien lo que dijera respondías amén, porque así debía ser, así querías que fuera, porque estaba ella y lo demás podías entenderlo más tarde, igual a los domingos de gloria en semana santa, yo sabía de su punta de pirulí, de los colores que tenía y exactamente dónde, de la forma correcta de comerla, porque a muchos nadie les enseña que debe lamerse, que se gira de a poco y así vas quedándote con el azúcar, que se hace el camino redondo hasta poder pasar toda la lengua, para lamer más rápido, para mover con tus manos el dulce de arriba abajo y sentir el azúcar pegándose a tu lengua, humectándola y volviéndola seca, porque el azúcar sólo da más sed, eso tampoco nadie te lo dice, pero ella me enseñó.

Yo sabía de sus cabellos sueltos en la noche, de mi boca gritando “niña, amada mía”, mientras su cadera cantaba el resto de nuestra canción casi levitando, casi sin tocarme; teniéndome en ella por completo. Era yo su potro silvestre, me acariciaba el cuerpo con dulzura pero siempre firme, terminando con una palmada en el punto exacto, con la huella imborrable y ardiente de acero, de dientes pendiendo de mi pelaje, maizales, terrenos fértiles listos para la cosecha y yo cabalgaba libre, se enredaban en mis crines sus hojas amarillas, zigzagueaba persiguiendo a un colibrí que volaba hacia el cielo y se dejaba caer, sentía el calor mezclarse entre sus alas, a veces incluso lo veía cerrar los ojos, destensar las patas y caer, volverse blanco, reluciente cimagen1asi a punto de tocar el piso y entonces menear las alas, rápido, rápido, deshojando la cosecha, dejando caer granos al suelo, solos pero muchos, uno tras otro, empapándose de tierra mojada, tierra madre, que te deja sentir sus golpeteos, que te aprieta, que te sabe su autor y se revela, y deja caer la noche y caen con ella los astros y el potro que era se echaba, sabía contarlos por la llovizna, el sereno que volvía mi crin un nido de diamantes; y el colibrí se posaba en mi lomo y dormía, y yo lo mantenía caliente con el vaho de mi nariz. Yo sabía de ver la noche convertir el sembradío en huerta, de cómo brotaban árboles de limas; de limas redondas y frescas, sabía de cómo el potro que era se levantaba, de cómo cogía una lima con los diente,  la exprimía y volvía a sus labios, los primeros. Yo, sabía, sabía que era besarla. Que sus labios de lima refrescaran una tarde de abril…

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