Y la nave va

Fuga en do menor

José Antonio Aspe

Le dijeron que pidiera una última voluntad. Dijo que morir tocando su piano. Lo fueron a traer hasta Cuautla. Entre tanto se chupó un cigarro. Cuando llegó el instrumento, se sentó frente a él con propiedad, aplomo e inusitada elegancia. Acarició femeninamente las teclas con sus rudas y toscas manos.

Las notas comenzaron a cabalgar delante del pelotón de fusilamiento y de los generales, embelesándolos. Los do, re, mi, fa, sol, la, si, pasaban como potrillos desbocados pero alegres. Por la memoria del Capitán Olvera, escenas de juventud y de soldaderas abiertas de piernas; por la mente de los generales y de los sargentos, novias lejanas y pañuelos de seda perfumados; por la de los cabos y soldados rasos: madres y hermanos ausentes, botellas de aguardiente y recuerdos de visiones y risas mariguanas compartidas dentro del cuartel.

imagen1A la hora de preparen, apunten… ya solo el banquito vacío, el piano en silencio y la mirada atónita de la tropa. José Navidad ya no estaba. Se marchó, ágil y raudo, sobre la montura de una de las briosas corcheas que con dulce complicidad y velado desacato brotaron del negro piano, quien como un noble y fiel animal, salvó la vida de su viejo amigo de correrías sin fin, sueños urdidos en largas tardes de deliciosa inspiración, de teclear amoroso y de sol por todos lados.

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