Otro mundo

Oves ferae

Juan Pablo Picazo

Y empezaron a domesticarme
recortándome el pelo, las uñas,
y las ganas de largarme a pie
a ninguna parte.

Me vacunaron
contra alguna enfermedad
inoculándome
una iglesia los domingos.

Y es que nací
ya con un ojo ciego,
crujientes los pulmones,
nariz que lloviznaba
y la boca siempre abierta.

Mi silente azoro
siempre fue diagnósticado
como enfermedad.

Me asaetearon
con diez mandamientos,
reglas ortográficas
y buenos modales.

Luego me llevaron
a pedir limosna por las calles,
a dormir en las banquetas,
a no comer durante días.

Se me mandó callar,
se me mandó pedir mandato
si algún mayor me hablaba,
se me mandó creer que todo
eran dádivas y por favor pedirlas.

Se me enseñó que nada merecía
y así dar gracias por todo, para siempre.

Sigo aquí,
peleando con ese Dios atávico
amarrado a mis circunstantes,
desterrando hirsutos comandantes
y bestias graduadas con honores.

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