Rayoneros

Un atisbo a la vida de mi padre

Gabriela Tapia Vega

  • Hoy el genio y la figura habrían celebrado un cumpleaños más; va este texto en su memoria

Hacer una semblanza sobre Álvaro Nicolás Tapia Flores, sobre “don Alvarito”, sobre mi padre, es casi una labor titánica, pues aventuras tuvo muchas, encuentros, desencuentros, caminos disímiles y hechos a su manera varios.

Así, lo que sigue, es sólo un atisbo, un parpadeo, una mirada efímera a esa intermitencia entre el 28 de febrero de 1930 al 18 de julio de 2010. Sí, 80 años iniciados, dice la mayoría de las voces cercanas, en Pachuca, Hidalgo; aunque a lo largo de su vida se encargó de que las versiones se contrapusieran, pues su lugar de origen podía cambiar según su gusto, su sentir, sus remembranzas, sus recuerdos o sus conveniencias. De este modo, en un momento podía ser de Pachuca, otro de Apan, en ciertas circunstancias incluso de Iguala, Cuernavaca o Cuautla; él se divertía siempre con este no pertenecerle a un solo territorio. Lo cierto es que desde ese vigésimo octavo día de febrero nació Álvaro, el hombre, el personaje. El hijo de don Nicolás Tapia y doña Faustina Flores y hermano mayor de Blanca Olga.

Desde muy joven se mostró inquieto y ávido de no pertenecer a una sola ciudad, a un solo estado, así, en su adolescencia, se traslada a Iguala a vivir con su tío (a quien atribuye la imagen paterna que nunca tuvo, pues su padre viajaba y murió cuando él aún era niño), y sus primos, con quienes crece como si fueran hermanos. El mayor de ellos, apodado “el Ché” lo acerca a su negocio: una cantina, en la que Álvaro gustoso, llegó a trabajar y donde aprende ya con 18 años, a tocar la guitarra.

Ese instrumento llamaría su atención al escucharla en manos de Salomón, un hombre invidente que era un asiduo visitador de aquel negocio. A partir de ahí, su amor incondicional por la música lo llevó a perfeccionar su técnica y buscar maestros de la talla de Juan Cabadilla, requinto de la afamada cantante puertorriqueña, Virginia López.

De la escucha de los grandes tríos de su época, como Los Tres Reyes (de quienes sobresale su asombro por la habilidad de Gilberto Puente), Los Panchos, Los Ases, entre otros, desarrolla una admiración que se convirtió en convicción y autodidactismo. “La práctica hace al maestro” y de ahí su vocación por formar tríos, cuartetos, solistas en guitarra y requinto. Sus clases recordadas y agradecidas por grandes y chicos, hicieron escuela, escuelas; el camino de gente que hoy se dedica de lleno a la música. Dio clases particulares en casa, en plazas, en gimnasios; jamás en instituciones rígidas que requirieran una formalidad limitadora de la libertad con la que gustaba dirigir su método.

Su labor por la recuperación de la música de los tríos a partir de una muy particular notación musical numérica, fue loable durante toda su experiencia artística.

Les inculcó el gusto por la música a sus hijos, heredando el quehacer en Poncho y Rick (como él les decía), el primero especializándose en las guitarras eléctrica y hawaiana, el segundo en la guitarra acústica y el requinto, superando en habilidad y técnica, con orgullo para Alvarito, a su buen maestro.

Tuvo cinco hijos en tres diferentes uniones sentimentales: Alfonso, del primer enlace; Maritza y Laura, del segundo y Ricardo y Gabriela del último, siendo los de esta tercera unión a quienes vio crecer hasta el último de sus días, sin desocuparse nunca de los demás, con quienes siempre intercambió cartas y conversaciones telefónicas, así como visitas esporádicas que lo dejaban con gratos sabores de boca.

Ya en sus últimos años de residencia en Cuautla, se le podía ver por las calles acompañado de su guitarra. Siempre amigo de todos, saludando a la gente en los comercios, quienes ya se habían acostumbrado a mirarlo caminar a paso veloz, para mantenerse en forma, hacia el zócalo o la antigua estación del tren, donde compartía sus conocimientos musicales con los alumnos que llegaban a él, por recomendaciones, que de boca en boca eran su mayor publicidad.

Su presencia era ya parte del paisaje urbano, con ese atuendo constantemente juvenil que retrataba su personalidad: tenis Nike de colores llamativos, pantalones de mezclilla o de cargo, playeras policromáticas, etc.

Don Álvaro Tapia, hombre poco convencional por su entusiasmo, autonomía y subversión a la rutina. Espiritual pero no religioso. Lector asiduo de literatura que implicara retos a las creencias tradicionales. Buscador incansable de palabras nuevas para agregar a sus charlas y a sus reservados escritos. Melómano y amante de la belleza e inteligencia femenil. Dicharachero y bromista. Directo, sincero, sin tapujos. Alegre e indiscreto. Todavía a sus ochenta, antes de su partida, seguía siendo un gran conversador y prácticamente confesor laico de cualquiera que tuviese la fortuna de atravesarse en su camino, de modo que conocía vida y obra de vecinos, amigos y de aquellos desconocidos que por azar compartían con él alguna sala de espera, transporte o circunstancia cualquiera.

Este es mi padre, mi amigo. Esta pequeña semblanza es apenas una minúscula parte de lo que es, de lo que fue, pues, parece misión imposible atrapar a “don Alvarito” en unas cuantas líneas, lo que además prueba la libertad que siempre dio a su espíritu generoso.

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