Gato encerrado

Ensayo sobre la moral: la buena voluntad en Kant

Gabriela Tapia Vega

El presente ensayo tiene como propósito el análisis del concepto de buena voluntad en Kant, de igual modo que se busca relacionar este tema con la práctica del mismo en la realidad y sus limitaciones. Para ello, es imperioso acercase al capítulo uno d su libro, Fundamentación de la metafísica de las costumbres, y estudiar su contenido hacia el objetivo en cuestión. Valdría entonces empezar con el estudio del texto.

“Ni en el mundo, ni, en general, tampoco fuera del mundo, es posible pensar nada que pueda considerarse como bueno sin restricción, a no ser tan sólo una buena voluntad1”, comienza Kant en la ya citada obra; es decir, que la buena voluntad es absolutamente buena, y en ninguna circunstancia puede ser mala, como lo pueden ser el dinero y la inteligencia, poderes o cualquier otra cualidad del carácter humano, que experimentan lo relativo en el mundo del hombre frente a lo absoluto de una buena voluntad. Cabe aclarar que cuando Kant utiliza el término “mundo” se refiere al mundo empírico con el cual trata cotidianamente el hombre; y cuando menciona la expresión “mundo” en la afirmación marcada al inicio del párrafo, tiene validez más allá del mundo empírico, o sea, en un mundo a priori. La buena voluntad está más allá del registro pasajero de lo empírico. Sin embargo, dice Kant, algunas cualidades pueden ser favorables para facilitar la buena voluntad, aunque ello no establece que puedan determinar el acto moral en sí.

El filósofo nos dirá en la misma obra que “la buena voluntad no es buena por lo que efectúe o realice, no es buena por su adecuación para alcanzar algún fin que nos hallamos propuesto; es buena sólo por el querer, es decir, es buena en sí misma2”.

Como ejemplo a lo antes mencionado valga voltear la mirada hacia un niño caminando solo en medio de una avenida altamente transitada, a punto de cruzar de una acera a otra. En un primer caso, alguien trata de detenerlo, pero no lo logra y el niño muere atropellado. En un segundo caso, otra persona por su intento logra parar al infante y lo salva de ser arrollado. Y en el último caso, alguien que caminaba distraído sobre la misma orilla tropieza y cae frente al niño y sin proponérselo voluntariamente, lo detuvo evitando las altas probabilidades de que el pequeño sucumbiera ante la velocidad de los vehículos que por ahí circulaban.

Aquí lo efectuado o realizado es el salvamento de quien estaba en altas posibilidades de perecer. En los ejemplos citados, esto se logra en el segundo y tercer caso. Pero si prestamos atención en el valor moral de estos dos actos debe afirmarse que el tercer caso carece de valor moral, a pesar de que se realizó el salvamento. Este caso es moralmente indiferente, o sea, ni bueno ni malo. Los otros dos actos, el primero, en el que se quiso salvar al niño pero no se pudo, y el segundo, en el que si se logró el objetivo, son actos de buena voluntad, o sea, moralmente buenos. En el primer caso se intentó pero no se logró el propósito, realizar la meta. Esto, en la ética de Kant, es que lograr el efecto exterior es indistinto a una calificación moral del acto. El primer y el segundo caso tienen el mismo valor moral; ya que el valor moral de un acto es independiente de lo realizado como producto o como efecto del acto. La buena voluntad no es buena porque la intención o propósito se realiza o no se realiza; sino que la buena voluntad es buena en sí misma. La buena voluntad es independiente de la consecución o no de un acto determinado; la intención, no como deseo, sino como el acopio de una serie de recursos para llevar a cabo determinada acción, es lo que cuenta para hablar de una buena voluntad pura, como un acto moral con pleno valor, aun cuando no se logre nada.

“La buena voluntad posee un valor absoluto con independencia de los resultados obtenidos”3.

Lo bueno en sí mismo descansa en el propósito de moverse a la acción despojado de una conciencia marcada por la intencionalidad humana predispuesta. Así, la buena voluntad es algo que se alcanza mediante el uso de la razón, sin experiencia empírica. “…El destino verdadero de la razón tiene que ser el de producir una voluntad buena, no en tal o cual respecto, como medio, sino buena en sí misma…”

Cabe en este rubro analizar la conducta o proceder de ciertas instituciones como el Estado, cuando utilizan palabras como “democracia” o “lucha contra el terrorismo” para justificar acciones y efectos a lograr. O las religiones cuando condicionan la “buena” actuación de sus adeptos a fines determinados. En ambos casos, no podemos hablar de actos morales, puesto que en primer lugar no están formuladas por la razón, y en segundo lugar los hechos sólo son para alcanzar algún fin determinado. Sólo son ideas y dogmas. Estos sistemas, por sus efectos en el estado de cosas del mundo, vulgarizan la moral e impiden que la población ascienda al análisis filosófico de la ética.

Una voluntad incondicionada es una voluntad buena, y su principio está en la razón. La razón manda leyes; el deber acompaña a las leyes. El deber en la razón debe ser voluntario. Cuando se imponen las cosas, cuando se condicionan no hay acto moral voluntario en la ética, por lo tanto no hay buena voluntad. El acto moral debe ser a priori. Para que un acto se realice por buena voluntad, no debe hacerse por inclinación sino por deber; ahí radica el valor moral de un acto. Luego, si una persona realiza el bien a sus amigos y familiares no está, de ninguna manera, realizando un acto moral, puesto que interviene en ello la inclinación afectiva, las pasiones; no así, si a pesar de no contar con una amistad o inclusive tener unas enemistad con alguien realiza un bien, hecho por deber, por las leyes que dicta la razón.

“Una acción realizada por deber tiene… que excluir por completo el influjo de la inclinación”4. Lo que determina la voluntad objetivamente es la ley, y subjetivamente el respeto puro a esa ley, y por lo tanto, la máxima de obedecer siempre a esa ley aún por encima de las inclinaciones. Para Kant, la buena voluntad representa el esfuerzo de los seres racionales por hacer lo que tienen que hacer, en lugar de actuar por inclinación o por interés propio.

Kant explica la relación entre la buena voluntad y el deber: buena voluntad es aquella que en todo busca cumplir con el deber. De hecho, las acciones humanas tienen valor propio solamente si se hacen por deber. Las acciones que resultan de la inclinación (sentimiento) o interés propio, pueden ser dignas de alabanza si sucede que, por cualquier razón, concuerdan con el deber, pero no tienen valor moral en sí. Sólo el respeto por el deber da a una acción valor moral intrínseco.

Con esto, Kant no quiere decir que cumplir con el deber es siempre, o casi siempre, desagradable. Pero también se debe tener claro que la razón no va en busca de lo agradable, sino del deber, que es independiente de las inclinaciones naturales del hombre.

La buena voluntad no es buena porque alcance buenos resultados. Aun cuando no fuera capaz de alcanzar los fines que persigue, sería un bien en sí misma, y tendría un valor más alto que las cosas superficiales alcanzadas por medio de acciones inmorales. (Entiéndase aquí por “inmoral” hecho por otro motivo distinto al deber.).

La experiencia muestra que la razón no es el mejor instrumento para conseguir la felicidad. Lo que se observa es que entre más cultiva la gente la razón, menos posibilidades tienen de alcanzar la felicidad. Y al respecto Kant concluye que la razón no está prevista para producir felicidad, sino para producir buena voluntad.

Las acciones altruistas que resultan de los sentimientos de sociabilidad merecen halago y estímulo, pero no puede decirse de ellas que posean valor moral en sentido estricto. Verbigracia, los programas de asistencia social televisivos como el TELETON o Movimiento Azteca, por mencionar algunos, en donde la gente ayuda, ya sea por caridad, beneficencia o compasión, o por una fuerte influencia de mercadotecnia que la mueve a realizar donativos, pero que finalmente son actos no nacidos de la razón, más que del sentimiento, las pasiones o la ignorancia.

Es por eso que valdría preguntar, si es posible llevar a la práctica la ética propuesta por Kant, o en qué medida se puede alcanzar el modelo que él propone.

Si se entiende al ser humano como un ser integrado por razón y emoción, no se puede concebir de ninguna manera el cumplimiento total de la proposición de Kant en cuanto a los actos morales. Cuando se sobrepone la razón a lo demás hacemos actos morales. Pero como el humano no es totalmente racional, sino que, se constituye también de pasiones, no puede ser totalmente moral. Y esta dualidad en la naturaleza del hombre lo hace estar en constante conflicto con la moral.

El deber en la pasión es una violencia, una coacción, un sufrimiento, una obligación. En cambio, el deber en la razón es una representación para imponerse, y es voluntario.

Por lo tanto, parece que actuar por deber es humanamente imposible, porque siempre intervienen las emociones y se va en busca de resultados. Entonces, las acciones de buena voluntad se ven limitadas por el nivel sensible.

Por ello, lo que Kant plantea como las acciones de buena voluntad pura, son a nivel de pensamiento, a nivel de razón. Pero a nivel práctico, no se pueden

llevar a cabo totalmente, lo que implica que sí se pueden ejercer de una forma parcial o en aproximado. A lo que dicho filósofo aspiraría, es a la aproximación más cercana a las leyes prácticas de la razón. Kant está en el constructo de un ideal regulativo. No exige el cumplimiento total de su ética.

Si el hombre sólo fuera razón, podría tener un acto moral verdadero. Ahora, la parte emocional no implica que las leyes morales no funcionen. El sistema regulativo de conducta del humano se compone de leyes, que son establecidas por la razón, y se conectan con la realidad.

Se pueden crear leyes morales universales de acuerdo a la razón. Lo que la ética kantiana sugeriría, es el intento de su práctica, para que en el mundo y fuera del mundo, el sistema de interrelación en los individuos, el sistema moral ético, se cumpliera de manera tal, que las debilidades del lado animal (que es el lado instintivo o pasional) del hombre, se vieran reducidas por la razón, de modo que la armonía entre las sociedades y los individuos se advirtiera despojada de intereses particulares aventajados, generando el bien, mediante la adecuada aplicación de una buena voluntad.

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