Onirosofía

Diurubyanza

Juan Pablo Picazo

Es curioso. En aquél momento lo que me inquietaba era que el fuego fuese verde. Rabiosas llamas esmeralda se alzaban y se retorcían sin clemencia, consumiendo mis manos sin causar dolor tanto como un lento pero indefctible entumeciminto cuya meta era calcinarlas hasta no dejar siquiera los huesos. Si, me preocupaba más su raro color que el daño causado a mis extremidades superiores. Lo más ridículo era la otra parte de la sentencia a muerte. El Gran Ytransedo, Nafder Fen Vristahl, supremo gobernante de Hjiugstanda, había dictado que debería ser decapitado con un cuchillo romo, de modo que hicieran falta miles de tajos para separar mi cabeza del tronco y de paso pudiese sufrir lo indecible para espectáculo y beneplácito de la nobleza.

Algo había en todo el proceso legal que me parecía ridículo, y eso me hacía sentir invulnerable. Error: Cada ejecución anterior de las que había sabido había terminado en la extinción final del condenado y sus cohortes, y la misma sentencia había sido pronuncioada en mi contra. Algo faltaba ahí, no los jueces, ni los abjurados, no los mendacios ni sus esposas sibilinas. Todo eso estaba en orden, al menos al estilo de Hjiugstanda. Se trataba de otra cosa. De hecho casi me sentía aburrido del misterio cuando apareció la marquesa Diurubyanza, y sus tres consortes quienes agitaron una suerte de bandera que arrojaron a las llamas.

Ya nadie me hizo caso. Diurubyanza se plantó al centro del salón mientras dos de sus consortes la ayudaban a desnudarse y a ponerse el yelmo y los guanteletes de cuchillas. El rey Htahormón hizo lo mismo. Sentí al tercer consorte de la marquesa cortar mis ligaduras y aplicar veneno de gytrabo en mis quemaduras. Entonces vino el dolor y él susurró: — Te curarás. El rey lanzaba cuchilladas con los dedos abiertos en un movimiento de remolino intentando alcanzar a la Marquesa, quien se limitaba a ejecutar una danza sexual muy atractiva.

Se me iba la respiración y perdía la conciencia intermitentemente. La marquesa abrazó la cabeza del rey con las piernas dejando que su sexo le tocase el rostro y antes de que reaccionara, clavó las diez uñas envenenadas en su cuerpo. Se oyó caer al rey, y su tercer consorte me dijo al ído, justo antes de perderme en la negrura: — Su majestad la reina te concederá su indulto, si sobrevives a la cura.

 

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