Gato encerrado

Las prótesis y disfraces: formas de proyección ante una realidad irreal

Gabriela Tapia Vega | Ilustraciones Juan Pablo Picazo

Los seres humanos, cualquiera que sea nuestro país de nacimiento, cualquiera la cultura y los estándares ideológicos que prevalezcan o padezcamos como formas de conciencia falsas, hemos adoptado ciertas características o actitudes, modas o costumbres del mundo globalizado, globalizante, del universo capitalista, del universo consumista, en el que nos sumergimos como devorados por un acariciante pantano invadido por la superficialidad , por la idiotización y estupidización de cerebros a través de aparatos mediáticos y políticos, que junto con nuestras arraigadas costumbres y tradiciones, según la historia que a cuestas arrastremos, nos sirven como prótesis, como disfraces que entremezclamos con los nuevos retos del desarrollo tecnológico, impactando en nuestras relaciones sociales, que nos evidencian nuevas problemáticas, mismas que nos incapacitan para comunicarnos con los otros, con nos-otros.

Las nuevas formas de relacionarnos a través de redes virtuales nos vuelven autómatas subyugados por quienes hemos permitido que ejerzan un poder ante y sobre nuestro, a quienes les conviene, por un lado, mantenernos entretenidos, distraídos, comunicando lo que tenemos a través de aparatos que nos avatarizan[1] por miedos engendrados en cada lugar por diferentes causas. Por ejemplo, Octavo Paz menciona, aunque sólo limitativo de una característica de los mexicanos (misma limitación con la que no estoy del todo de acuerdo en nuestras actuales realidades globales),  que éstos se distinguen del resto por “su aire furtivo e inquieto, de seres que se disfrazan, de seres que temen la mirada ajena, capaz de desnudarlos y dejarlos en cueros”.[2] Por otro lado, también les es útil a nuestros soberanos, para crear tendencia en nuestro imaginario colectivo, mediante Facebook, twitter, Instagram y demás redes “sociales” que nos insociabilizan para posteriormente sociabilizarnos en un habla sin contenido, repitiendo todo lo que “se dice”.

Al centro de miradas ausentes, indiferentes, panópticos que ven pero que no miran, hemos enarbolado nuestra personalidad, escondidos detrás de gadgets, de harapos de moda, de autos-caparazones, de poses, de clichés, que ocultan nuestro temor a estar solos, que nos velan a cada momento nuestro ser frágil e innecesario. Entonces somos iguales todos, usando máscaras, disfraces, prótesis que nos ayudan a mantenernos en pie, a mantenernos como los otros que son iguales; que nos ayudan a vernos como los demás quieren vernos, y normalizarnos. Y detrás de esas mascaradas parece no haber nada, parece aparecer el vacío, la soledad.

Todos queremos diferenciarnos, pero, llega un momento en que somos iguales, estamos normalizamos, al normalizarnos nos desubjetivizamos. Nuestra subjetividad se ve trastabillada, pisoteada, anulada. Ahora tratamos con máquinas. Estamos solos frente a las computadoras; tenemos un acercamiento amoroso con el celular, al extremo de preferirlo a él sobre cualquier persona con la cual directamente podamos convivir; usamos coches con el más sofisticado equipo estéreo, quizá para evitar el ruido de afuera, de los otros, o quizá para tratar de evadir el propio ruido interno; salimos a correr en compañía de aplicaciones musicales para nuestros dispositivos móviles; rechazamos invitaciones al café con los amigos, por una charla en el chat o un encuentro placentero por una hot-line.  La gente se aísla, pretendiendo obtener mayor acercamiento y comunicación con los otros. Es una forma de hacerse presentes ante un mundo material, materialista, objetivante, desubjetivante, que crea en ellos una falsa identidad.

Se quiere un celular para ser diferentes, y cuando se tiene, se es igual, se normaliza, se hace norma, una falsa norma. Hay que estar todos in, a la moda, y así será más fácil mantener el control. Así se tendrá un público cautivo cuya demanda no será mediante un discurso crítico, sino hacia un objeto aclamado con varias voces elevadas al unísono: “Quiero cambiar la computadora que compré hace una semana, porque acaba de salir un modelo nuevo”, que habrá pasado de moda en otras dos semanas (obsolescencia programada). “Quiero el nuevo modelo de celular porque mi vecino acaba de comprarse uno”. Lo que menos importa es cómo se obtenga: robando, sacrificando los ahorros, la educación de los hijos, una cierta libertad al someterse a créditos sin fin, etc., lo importante es ser igual o mejor que el otro con un objeto transicional que nos ayude a soportar la penosa situación de nuestra soledad. Hay una dependencia cruel, esclavizante hacia la tecnología. La televisión se vuelve la nana electrónica de los niños. Además, produce modelos de identificación, produce una realidad. El correo electrónico, el mensajero, redes sociales como Facebook, Instagram, Snapchat, WhatsApp y otras similares, los sitios web como YouTube, se vuelven los nuevos panópticos, que al ser virtuales y estar de moda, se nos vuelven tolerables y hasta amigables aun cuando no nos gusta, fuera de este contexto, ser observados por otros. Se vuelven las herramientas perfectas para resguardarnos de la escasa habilidad que tenemos para relacionarnos de manera directa con otras personas. Es más relajante hablar con una máquina. 

Todo esto ha modificado las dinámicas en la familia, el trabajo, la inserción de la mujer al campo laboral. Con el Internet aparecen nuevas formas de lectura y escritura. El chat se convierte en una pantalla, para proyecciones del inconsciente. La persona con quien se mantiene una charla, el sujeto real, es diferente al sujeto imaginado en la pantalla. Se entra disfrazado.

Estamos completamente solos, completamente desubjetivados, y al estarlo surge la angustia, el estrés, la depresión, y un sin fin de enfermedades también creadas para el consumo. Consumimos no sólo productos, sino también ideas, discursos, enfermedades. Se crea un círculo vicioso del cual es difícil salir, un círculo de consumo en el cual se vende, se compra, se crean estereotipos y modas que generan ansiedad, frustración, que desencadenan en una sintomatología que es tratable y “curable”, mediante el consumo de nuevos medicamentos, para dormir, para relajarse, para rendir física y mentalmente más, para tolerar los embates que las nuevas circunstancias y el acelerado ritmo de vida nos otorgan.

Así es como la brujería o la magia, la religión, o en casos más sofisticados, la psiquiatría, ganan terreno. De lo que se trata es de vender un servicio o producto “quitasíntomas”, efectivo para erradicar los problemas derivados del acelerado ritmo de vida en las ciudades capitalistas, consumistas.

Al no ser crédulos, sino creyentes, al ser fanáticos de las soluciones fáciles y rápidas pero poco efectivas a nuestros problemas, al sentirnos solos y tristes, desganados o decepcionados, con-fundidos (fundido con los otros y por lo tanto indiferenciados), dolientes y angustiados, nos será más fácil recurrir a un hechizo (que además prometerá ser rápido y eficaz) o esperar un milagro al rezar en la iglesia y tras habernos confesado y arrepentirnos de nuestros pecados, que mirar a fondo nuestras faltas. Por otro lado, ante un mundo capitalista, es mejor crear enfermedades que puedan ser controladas con medicamentos que crearán personas consumistas, a tratarlas, y ayudarlas a no depender de pastillas, objetos, situaciones o personas, motivo por el cual es mejor ir al psiquiatra para disminuir con rapidez nuestras dolencias físicas o emocionales, perdiendo nuestra capacidad crítica ante las vicisitudes de este mundo hospitalario, en el que terminamos subsumidos tanto campesinos como universitarios, niños y ancianos, mujeres y hombres, en los encantos “necesarios” de este nuevo orden de gobierno: la tecnocracia.


[1] Válgame el neologismo para expresar la acción de disfraz que representa el uso de un avatar para contactarnos con los otros.

[2] Paz, Octavio, El laberinto de la soledad, Fondo de Cultura Económico, México, 2005, p. 15.

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