Arena negra

Una cruz contra el olvido

Andrés Uribe Carvajal

Cada semana hago recuento de las cosas bellas y terroríficas que me sucedieron, sólo para asegurarme de que estoy viviendo la vida, un poco más allá de la frivolidad, o del tedio.

La primera y quizás la más trascendental fue que iba caminando sobre Ávila Camacho y vi a un señor grande, agachado, cortando la hierba que había crecido sobre la pared, no lo había notado, pero la hierba cubría una cruz, de aquellas que indican que alguien había muerto ahí, de una manera inesperada y poco pacífica. Un accidente, de esos horribles. 


Después, se quedó ahí agachado rezando un poco, en medio de todo el tráfico, y de las labores corrientes, en medio de ese mar sin sentido. Estaba ahí ese hombre, devolviéndole un poco de dignidad y honor al que fue quizás su hermano, amigo, o padre.

Después, se levantó y siguió con el andar cotidiano.

Quizás sea un gesto mecánico, pero para mí tiene que ver con no olvidar, porque olvidar es la única forma de muerte.

Nunca había pensado en esas cruces, y no imaginaba que alguien apuntara en su calendario, “Hoy: cortar la hierba, visitar a mi hermano”. Pero así era.

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