Gato encerrado

¿Psicoanálisis hoy?

Gabriela Tapia Vega

El estrés, la depresión, parecen ser los signos de nuestro tiempo, los síntomas de moda que nos caracterizan.

El sujeto está sujetado, moldeado para sobrevivir a un mundo en donde imperan la excesiva gama de información por diversos medios electrónicos, los discursos masivos, el consumo, la demanda de capacitación y certificación de habilidades y la apresurada actualización en las destrezas de las nuevas herramientas para la integración a una comunidad “avanzada” y moderna. En todo este proceso adaptativo, formativo, moldeador, es notable un claro alejamiento con el otro, una ausencia del otro, pues ahora la gente se relaciona con máquinas y se aleja de lo humano.

Todo este ritmo de vida cambiante y acelerado, puede provocarnos un agotamiento mental provocado por exigencias altísimas en nuestro desempeño social y laboral, tristeza, melancolía, baja autoestima, o cualquier otra cantidad de síntomas que aparecen como consecuencia de una subjetividad constituida por una historia inestable, como el contexto en el que transcurre, por archivos que se guardan en la memoria del olvido y que emergen muy a pesar y además de este mundo “civilizado” y “progresista” que se presenta con sus avances científicos y tecnológicos como protector, proveedor y salvador ante cualquier emergencia que la gente presente. Aparentemente, la ciencia, la tecnología, se vuelven instrumentos que satisfacen todas las necesidades de la gente, incluso, los aspectos de índole más humano, y logran observar y tratar la angustia, la soledad, las diversas manifestaciones de la subjetividad.

Vamos acumulando deseos, frustraciones, represiones…pero el costo psíquico del carácter acumulativo es muy caro.

El rigor de las teorías cientificistas, pretende mostrar o demostrar un discurso que tiende a generalizar los padecimientos para ser tratados de manera unívoca, y quitar (como si fueran objetos movibles o desechables) los síntomas en un sujeto.

La práctica psicoanalítica, entonces, aparece debilitada frente a la psicología y la psiquiatría, pues ambas han de acortar el tiempo de la cura, reduciéndolo al tiempo en que desaparezca el síntoma (al menos en apariencia), acto que le resulta cómodo al analizado y realmente consolador, aunque ineficaz.

La psicología conductista (que parece no haber pasado de moda, pues otro tipo de prácticas psicológicas también recurren constantemente a sus herramientas), lo hace, mediante el “análisis experimental del comportamiento”; se trata de modificar la conducta, una especie de condicionamiento clásico, que limita la voluntad a ciertos modos de actuar. Como en la Indefensión Aprendida, una condición en el comportamiento, que consiste en enseñar al sujeto a no actuar, a recibir pasivo las situaciones que lo conflictúan. Algunas otras prácticas psicológicas, (o al menos que dicen serlo), entienden al paciente, como aquel que va a escuchar consejos del “experto”, quien mediante opiniones nacidas de su propia subjetividad o a través de test que “miden”, desde la inteligencia, hasta las enfermedades psíquicas y padecimientos de sus pacientes, diagnostican, tratan y “curan” a los mismos.

La ciencia médica por su parte, a través de la psiquiatría, la neurobiología o la neurología, pretenden, por ejemplo, curar padecimientos como la angustia, arguyendo que ésta es una anomalía en la actividad de las funciones nerviosas. Si eso fuera así con un medicamento se curaría. Y así lo creen, medican y medican hasta “controlar” brotes de “locura” manteniendo “indefenso” y “autómata” al que va a consulta por una dolencia emocional. En psiquiatría la farmacología es sólo un momento, pero es limitado. No resuelve, sino que disuelve el síntoma.

El psicoanálisis, en cambio, tiende a ver a cada sujeto como único, diferente, diferenciado, y bajo esta perspectiva, cada uno es una historia, un archivo distinto, que ha llegado a análisis aquejado por un síntoma que ha de ser leído de manera particular, mediante un proceso de tratamiento mucho más prolongado, doloroso y poco consolador, pero más duradero. El analista no desaparece el síntoma; lo trabaja, lo interpreta, lo lee, lo pone sobre la mesa y se lo muestra al analizado, no para que lo tire por la borda, sino para que lo resignifique. El psicoanalista ve lo que aparece como oculto; que se ha ocultado porque duele, porque a veces es insoportable. No se trata de hacer “como sí” ya no existiera el síntoma, de esconder nuevamente lo que parece haber surgido sin motivo alguno; se trata de verlo y re-conocerlo, re-acomodarlo, de re-significarlo. La verdad no está en la manifestación como tal: “En la experiencia analítica la verdad aparece siempre donde no se le espera”.[1] Se manifiesta de diversas formas y se lee diferente en cada caso. Y la verdad es síntoma. El síntoma es “una verdad que escapa a la conciencia, una que irrumpe y molesta y que por eso produce la imperiosa necesidad de deshacerse de ella”.[2] Es por ello que se le quiere quitar, arrancar de raíz. El síntoma es un recuerdo de lo olvidado que queda desfigurado, que paga el precio de la violencia del acontecimiento. Es un enigma que hay que descifrar; un texto que hay que leer. Es una realización figurativa, simbólica, jeroglífica, un texto cifrado. Es esa marca que ha quedado de un discurso olvidado; como un tatuaje que no se puede disfrazar con cosméticos, ni se le puede borrar con técnicas de remoción como el rayo láser, pues siempre quedarán a la vista cicatrices.  Por ello no se trata de borrar la huella, sino de aprender a vivir con ella. Ese dolor contenido se libera sin disimular o hacer como si nunca hubiera existido. Es releer la historia bajo una lente que muestra una posibilidad distinta de ser. Pero este leer el texto, es una lectura entre líneas, una lectura que no aísla el contexto, el marco bajo el cual aparecen esas palabras entrelazadas en el orden y momento de su aparición. La verdad se muestra, no como el psicoanalista querría interpretarla desde su posición como sujeto, sino como le es significada al analizado. La verdad no está en lo dicho como tal; no está en lo evidente, es una cadena de significaciones a descifrar. El discurso del analizado, es una cadena de significantes al cual, el analista no tiene que agregar nada de sí; pues “el peligro se hace grande si le abandona…su lenguaje en beneficio de lenguajes ya instituidos y respecto de los cuales conoce mal las compensaciones que ofrecen a la ignorancia”,[3] su atención no debe ser focalizada; la escucha atenta del analista no debe someterse a las leyes de una narración con tonalidades previas. Ahora, el psicoanalista no va a trabajar con la realidad circundante sino con la psíquica, con la otra realidad, con una realidad otra, con la realidad de cómo se vive el sujeto, una realidad donde “el mundo y el otro no se encuentran fuera…sino en un “adentroafuera””[4] , como el la famosa Banda de Möbius.

Es por ello que el autoanálisis no funciona, no sirve porque no permite el descubrimiento del inconsciente. Es un engaño. En la práctica psicoanalítica el otro permite el inconsciente. El otro es garante de la verdad.

El inconsciente es la memoria del olvido. Es un saber que no se sabe, cuya materialidad es el lenguaje, está estructurado como un lenguaje. Un lenguaje como una cadena de significantes.

“La significación no se da entre las cosas y las palabras, sino entre los elementos lenguajeros de la significación. Un discurso no es de un objeto, en el discurso no se habla de un objeto, sino de un mensaje situado en el campo mismo del lenguaje. En el discurso se habla de otros discursos; un mensaje se relaciona siempre con otros mensajes. Todo mensaje tiene como origen la retransmisión de otro mensaje”[5]

El inconsciente es el discurso del otro, del otro como el lenguaje que ubica y donde el sujeto aparece. El lenguaje le precede. En análisis el sujeto se observa y analiza a sí mismo frente a otro que es el analista. Al hablar con el otro se redefine; se cura al hablar. El sujeto se analiza porque quiere ser, quiere ser algo al reconocer su propia finitud, la falta produce el deseo de querer llegar a ser lo que se es. Pues uno es, como un ser histórico en tiempo y espacio.

Se vive en el mundo del lenguaje, de las palabras; en una ficción del lenguaje. El hombre “normal” vive alienado en esa ficción, en un mundo simbólico e imaginario, que le permite contener la angustia. Hay una tranquilidad. Mantiene un orden en el que vive. Vive en un mundo hospitalario. El loco es el que se da cuenta de que el orden no lo es todo. El loco se asomó a lo que los demás no percibían. De este modo, se observa multitud de gente con grandes y diversos disfraces por el mundo. Disfraces que fungen como mediadores entre el salvajismo de ese demandante mundo y su adaptación a esa realidad, para tolerar tan severos cambios a los que conducen la percepción de tantas referencias. El síntoma es el disfraz.

 

En la medicina, los síntomas son manifestaciones de algún malestar en el cuerpo, que hay que tratar para curar. Si se eliminan los síntomas se cura la enfermedad. Sin embargo, para la medicina escapan por completo, otros síntomas que no tienen que ver con desórdenes en el funcionamiento del cuerpo, y que sí se localizan como dolores en alguna de sus partes. Por el cuerpo se habla lo que no se dice; el cuerpo está lleno de cicatrices; son las marcas de los trazos de las enfermedades. Hay que escuchar al cuerpo dentro del campo del lenguaje; hay que escuchar los significantes en el encuentro con el otro. La historia amordazada se manifiesta en el cuerpo. Pero no todo en el cuerpo es significable. El cuerpo no dice todo.

Por otro lado, el trabajo del psicoanalista no es consolador, es decir, no es de empatía y comprensión bondadosa hacia el analizado; por el contrario, la tarea del analista es golpear el narcisismo, es escindir al sujeto. El sujeto está dividido. “Sólo alguien que ha conducido su análisis hasta el fin, hasta el paso de la impotencia a la imposibilidad –y por ello es un analista-, puede permitir al analizante el reconocimiento de los propios límites”.[6] Al hacerle ver al analizado sus propios límites, al descifrar su síntoma, se le libera. Libera al síntoma de donde estaba oculto y lo deja ver; se asoma y se retrae. En análisis la verdad aparece y desaparece. En el discurso, en su discurso, el analizado rompe las barreras del inconsciente y las vuelve a bloquear, y lo que sale, los fragmentos que salen, son como piezas de un rompecabezas que hay que armar, juntar las piezas, reacomodar.

Ahora, la verdad de la que se habla en psicoanálisis no es una verdad aristotélica, no es concebida como la adecuación entre el pensamiento y la cosa, sino una verdad psíquica. Una verdad no “adecuada”; una verdad que aparece en narraciones coherentes o incoherente, como sueños, fantasías, realidades… es una verdad que libera.

Para concluir, ante este panorama, preguntar sobre la importancia del psicoanálisis en nuestros días debería ser un pleonasmo. En un mundo tan lleno de carencias, tan lleno de superficialidades, tan banal, tan angustiante, tan manipulador; dentro de un sistema diseñado para controlar, para que la gente no piense ni decida libremente, para que la gente consuma productos, servicios, ideas y sea falsamente feliz, siguiendo cánones, fórmulas mágicas o milagrosas para sentirse integrado en un mundo proveedor de falsa aceptación, un mundo que nos cosifica, nos objetiviza, nos desubjetiviza, ante esta realidad, el humano debería gritar de frente al escondite, caminar por sí solo, hablar y transformar, no vociferando, sino edificando discursos reconstituidos, resanados, rediseñados.

 

 

 

 

 

 

 

 

[1] Tamayo, Luis, Del síntoma al acto, reflexiones sobre los fundamentos del psicoanálisis, Universidad Autónoma de Querétaro, Serie Psicología, México, 2001, p. III.

[2] Íbidem, p. 1.

[3] Lacan, Jacques, “Función y campo de la palabra y del lenguaje en psicoanálisis” en Escritos 1, tr. Tomás Segovia, 20ª. Edición, Siglo veintiuno editores, México, 1998, p. 233.

[4] Tamayo, Luis, Op. Cit., p. IV.

[5] Morales, Helí, Sujeto y estructura, Ediciones de la noche, México, D.F. 2008, p. 152.

 

[6] Tamayo, Luis, Op. Cit, p.p. 10-11.

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