Y la nave va

Fabiola a las seis

José Antonio Aspe

Pink Floyd en el autoestéreo, un cigarrillo entre los dedos y un vaso entre las piernas. El Volkswagen y la mañana deslizándose dóciles sobre la carretera. La botella de Bacardí en el asiento de al lado, como fiel copiloto de una carrera perdida de antemano.

Se dirige a la cabaña, a una cabaña ocupada por el polvo flotante de la ausencia, por papeles, muebles, cuadros y promesas arrumbadas, por un perfume que se ha escapado de allí.

Mete tercera, un gato atropellado, cuarta, el gato visible por el retrovisor, quinta y recuerda, recuerda aquella vez que fueron al museo Frida Kahlo en un Coyoacán recorrido hasta el cansancio. Él notó la casa de Diego Rivera deshabitada, con un orden acartonado y tan perfecto que los espíritus de Diego y de Frida ya no estaban allí: los corrieron de aquí, mencionó Fabiola, no creo que ellos hayan vivido así… un artista no es tan ordenado.

Gabriel coincidió con su comentario y amó aún más a una niña que hoy no está con él a pesar de que un día mencionó que, teacher, tienes un lugar aseguradísimo en mi corazón. El amor no viene con sello de garantía, se repite Gabriel dando un trago largo, sentido. A su lado los pinos y los ahuehuetes, los puestos de quesadillas y los valles y llanuras amplias, hartas de espacio y oxígeno. | La hormega.

 

 

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