Yo lector

Los viajeros de ojos afilados*

¿Cuánta sombra brillará
antes de entender los días futuros?
Alma Karla Sandoval

Juan Pablo Picazo | @Picazojp

Los poetas somos viajeros confundidos, de tantas ciertisimas revelaciones recibidas se van agostando nuestros ojos de leche hasta que caen y salen unos nuevos, esféricos por costumbre, pero afilados hasta decir duele. Esos ojos que miran a trasmano, que nos llevan en vilo hasta lugares vedados para todos los demás, como el traspatio de lo que verdad llaman para que podamos ver cómo ha sido montada, y como nos engañan. Tal vez por eso tenemos la certeza de que

Escribimos mensajes,
miramos la luz filosa en cada nube,
pero anochece y confesamos
lo que nadie entenderá.

Y no, no podemos hacer nada contra esos ojos, succionan por instinto hasta mostrar la realidad exangüe, o las cruentas fantasías que nos cuentan la violencia cotidiana y sus secuaces, benditos por leyes y legisladores a modo, o tétricas linduras del mismo estilo, por eso a veces no queremos ser, o queremos ser otros que mutan irremediablemente, como Alma Karla escribe en este libro que presentamos hoy y que desnuda al lector en sintonía:

Queremos la fuga, un país distinto,
un cuerpo que deje de ser el que nos toma.

Los poetas somos viajeros mutantes, inconformes, nuestras visiones nos transforman, ora desgarrándonos, ora reconstruyéndonos con los fragmentos de los otros. Algunos dicen que es la maldición con la que burlones dioses nos han provisto de una videncia hirsuta que no cabe en palabras; otros alegan que no, que es un toque divino, un alumbramiento constante de descubrimientos cuyo fin es crear una conciencia universal que puedan los ciegos calzarse en esos ojos de leche que tienen para siempre.

Somos iguales que Tiresias, de su misma estirpe, a veces nos cruzamos con seres auténticos, aunque no sean videntes, otras veces, se nos atraviesan seres que usan hechizas gafas para ver como nosotros, y llevan látigos por dedos para obligar a las palabras a trabajos forzados al final inocuos, cenizos y sin eco.

Cuando uno menos lo espera sin embargo, se dialoga con otro, con otra poeta, y alcanzamos a ver ese palimpsesto de realidades adherido a su mirada, las muchas otras personas que se gestan en sus venas latiendo en el calor del cuello, o las trece húmedas lenguas que se mueven dentro de su boca tratando de poetizarlo todo al unísono y sin freno.

Y entonces uno, como ella, trata de explicarlo así: “Quería poder hablar / para leerte un poema anaranjado, / lo urgente, empero, es la resurrección.” Porque esto de escribir poesía requiere de bajar a los infiernos, hurgar en los escombros, arrancarse la piel, ser acribillado por fantasmas que aullan con agudas obsidianas en la voz, y se corre el riesgo de no regresar entero, o se regresa bajo el signo de la locura, o peor aún: en el mutismo y la sequía.

En Hay un después, ella ha mostrado de qué está hecha. Siempre que se abre un libro de Alma Karla Sandoval es menester prepararse para una inmersión en dimensiones paralelas que suceden sincrónicas y sin pedir permiso. Ha de leerse con cuidado el verso bifurcándose, la voz untuosa como sombra, potente y sin concesiones, con la que muestra el filo de de sus vocablos definitivos, de sus ojos disruptivos, esos que hunde afilados lo mismo en el polvo de la acera, en el armario, en la carne malherida del vecino que ha perdido todo en un sismo que nos eligió, mientras se ve cercado por una circundante corrupción que hoy por hoy se prolonga más que ese deseo transitorio de ayudar que también afloró en unos seres de otro planeta que parecen haberse marchado ya del nuestro.

En sus poemas lo personal y lo público se imbrican suave, indefectiblemente, como en el caso de Antígona e Ismene, cuyas reacciones ante la muerte de sus hermanos y la orden del tirano dieron a una la gloria de los tiempos y a otra el olvido, cuando ha sido la segunda quien dio acicate definitivo a la primera, y ha sido doblemente víctima, antes que la afamada heroína rebelde, y eso demuestra una verdad inamovible, semejante en nuestro diario infierno, una verdad sentenciada por la autora sin anestesias ni cortesías cuando escribe:

Ninguna herida cierra pronto.

Más aún, anda la muerte desnuda por las primaverales calles haciéndose invisible, pero no a los ojos de quienes la escriben, hablan, oyen, reconocen, y se torturan diario en verso:

pero la muerte es el blanco del cielo,
ni una nube que nos hable,
ni una gota que proteste igual
que el amor cuando no es una camisa.

Al final, la peor herida se llama indiferencia.

— Ya pasó, ya pasó. Así consuelan los padres los golpes de sus hijos; y en efecto, a poco los niños dejan ir el daño, lo olvidan, viven en presente. Los poetas son niños y niñas heridos por presentes que no pasan, que se acumulan, y que apenas alivian escribiendo versos en sus cráneos, en sus cuadernos, soltándolos al mundo en libros.

A este lector particular, el primer poema y el primer verso sobresaltan: “Te leo.” dice la autora y claro, el yo racional frena el sobresalto explicando la metáfora, el lenguaje figurado, que hay un mundo poético desenredándose en el que uno no está ciertamente.

Pero el artífice que uno es responde a ese lenguaje poético, y resulta imposible desasirse del asalto. “Te leo.” y uno siente ya la mirada que escruta, el juicio que demuele; observa uno las propias comas y los sustantivos y los adverbios sometidos a un lector omniscio, exigente. Uno se pregunta ¿no estaba leyendo yo? Pero no, en su lectura, uno también es leído, traspasado, abierto, trasvasado, avasallado. Leído pues, y entonces se revela una suerte de justicia poética, el lector debe ser leído, o ha sido leído ya, de ahí las palabras de la poeta:

Dirías que la vida abre en los caminos,
que hay un después al reverso,
en las coordenadas frías
o calientes de este mundo.


*Texto leído en el Café La fauna, el 8 de diciembre de 2017 como presentación del poemario Hay un después de Alma Karla Sandoval, editado por Astrolabio.

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