Y la nave va…

El rey desempleado

José Antonio Aspe

El Tsuru con Nirvana. La cabaña a lo lejos… ahora con los perros tristes, ahora sin la sorpresa de encontrar a Fabiola allí dentro, colocando algún adorno traído del de efe, alguno de esos sus pequeños detalles que le regresaban a Gabriel la fe de que era posible volver a reír a toda velocidad: caballo flemático que cierra en la punta.

Y es que llegaste cuando ya no esperaba nada, cuando todas mis cartas estaban echadas sobre la mesa, medita Gabriel, diciéndose las cosas como si se las dijera a un espejo en el que ya no se refleja, en el que aparece la imagen de otros dos que ya no son ellos.

La puerta de madera cede con facilidad y entra; toma posesión de un castillo sin reina, se sienta en el trono de un rey desempleado, se coloca la corona de hojalata, se viste con una capa hecha trizas. Le da coraje encontrar rastros, huellas de Fabiola y de él mismo: leños casi hechos ceniza en la chimenea, colillas de cigarros fumados en otras tardes que no son ésta, alguna playera y dos pulseritas, hojas sueltas con recados de fui a la tienda y de ahorita vengo.

La cabaña en medio de un silencio más aplastante y ensordecedor que el de la música de los discos que ya no suenan, las fotos absurdamente distantes y encerrados en sus marcos de madera; silencio y luz más ligeramente densos que óleos de los amigos, que los póster de exposiciones y películas.

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