Noctívago

El aprendiz de Sísifo

Juan Pablo Picazo

Érase un casi fariseo
cuyo veleidoso dios
le hablaba diario
desde todos los espejos.

Y se le ordenaba ser rey,
y sacerdote de sí mismo,
porque toda palabra suya
era ley pero también ofensa.

Y se jactaba
de serlo todo
y todo saberlo
como hijo amado
de Zellig,
el camaleón profeta.

Pero ay de aquel
que no adorara su palabra
con prístina paciencia,
pues en llanto y cólera rompía
enumerando
sus soñadas virtudes
y demandaba suicidio
en sus altares.

Pagaba corifeos
y ditirámbicos fantasmas
y dictaba su anatema,
su expulsión, y su diatriba.

Luego no dormía,
se gormaba insomne
a sí mismo
y despachaba mensajes
para ser oído y adorado.

Llegaba el sol
y en el espejo,
su dios
volvía a encomendar
la misión que ya tenía:
empujar la misma piedra
cuesta arriba.

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