Yo lector

El silencio elocuente

Juan Pablo Picazo

Cualquiera dirá, desde el entendimiento simple, que el silencio es lo opuesto a la expresión; y para esas mentes simples bastará. La vida, el arte y los acontecimientos diarios, no obstante, nos han dado muestra más de una vez que no es así. El silencio es de suyo una serie de posibilidades como lienzo, fondo, pauta, renglón, cimiento y causa, y más allá, el silencio es cuchillo, llaga, bofetón universal inequívoco; y es también adhesión, asentimiento, declaración de amor o el inicio de la guerra. Todo depende de los actores, todo depende de los escenarios, todo de la temporalidad e intemporalidad en que hace su humilde acto de presencia.

No hace mucho yo me lo encontré en un libro, en el título del libro, valdría decir: El silencio del bosque. Y el silencio también estaba en la reputación del autor: Ángel Cuevas, poeta. Miembro del Taller de poesía y silencio y escritor que trabaja sin ruido ni aspavientos. El silencio, ese que me había encontrado, denotaba ya un carácter fundacional, original, grávido, apuntaba a la meditación, al basamento para enraizar la creación y hacerle prodigar los frutos en la lectura, la imaginación, los ojos el entendimiento sorprendido de un lector desprevenido como el que soy.

El autor es un hombre silencioso, que no callado. Pero parece regodearse en silencios muy similares a los de Emilio Adolfo Westphalen, el llamado poeta de los largos silencios, joya del Perú hermano. Anda por el mundo en una paz nacida de múltiples certezas de las que puede dudarse a pleno gusto. El volumen del que aquí hablo es breve, blanco como el silencio cromático, y para mayores señas, un sello editorial que evoca ese mismo silencio: Ediciones sin nombre.

Publicado hacia 2010, este sencillo pero intenso volumen te rapta, hurta tu cotidiano espacio y de golpe te pone a hervir humildemente como parte de un caldo primigenio de la selva, del bosque, de la vida misma, de la secreta putrefacción de la que la vida –toda vida– nace. Mis ojos fueron tomados por sorpresa por estos versos agudos y brillantes, por las imágenes sobrias, sombrías y reptantes, y por una historia que al final asciende del cieno a las luminosas copas de los árboles, gigantes centinelas.

El agua oscura comienza a removerse. Del
blanco al negro y al violeta, la espuma hierve.

Y el primer cuadro ya está. A su alrededor hay otras palabras que son momento, contexto, fuerza. Estos dos versos son la génesis,la agitación original, el despertar de una cadena viva que lo abarca todo, mis ojos y mis huesos incluidos, entrados a la lectura, no puedo evitarlo, soy la lechuza, la hoja, la serpiente la flecha y la luz, el viento y los rituales más antiguos y sagrados que todos desconocen.

El poeta José María Espinasa, escribió en la cuarta de forros: “El silencio del bosque de Ángel Cuevas es uno de esos libros que aparecen muy de vez en cuando, con una concentración total en aquello que se quiere decir, sin dejar entrar la menor interferencia del ruido ambiente…” Concentración total, dice el también editor. Esa concentración posible solo en el punto en que una gran explosión primigenia, una suerte de big bang, está por producirse.

El poeta, quien durante el viaje además recupera os significados de su infancia que se expresaba en dibujos antaño incomprensibles, deja de ser protagonista para sumarse al concierto naciente de la vida, y sin dejar de ser también un cronista del milagro, cambia la pluma por un élitro que agita en consonancia con el flamear de las frondas y el canto de los gallos, escucha con la humildad de cosa entre las cosas, de vida pequeña entre los grandes monumentos vivos. Nos entrega, calor, frío, miedo, sorpresa, dolor, algarabía, deseo, temor reverencial a lo desconocido, cantos, chapoteos y refriega en un solo volumen.

Los versos no terminan todo el tiempo, todos ellos o casi, aparecen encabalgados, forman una luenga música discorde con las humanas costumbres, como recreando la música de la naturaleza que a veces es irregular y al oído profano puede parecer fruto de enmarañadas distonías. Pero no. El poeta cambia los ritmos académicos por los que se escuchan en el amanecer, por los del crepitar, el chapoteo y la llamada iniciática del bosque que sólo parece callado, pero que habla en silencios plenos.

Acaso el epígrafe del poeta griego Yorgos Seferis elegido por el autor como prólogo para su obra apenas y nos dé un indicio de hacia donde vamos: “Y caía en el sueño a medida que del sueño yo salía”, nada menos que aquel estado de ensoñación propio de los grandes poetas del que Gastón Bachelard habla con tanta exactitud. Los versos se presentan sin pedir permiso, dicen lo suyo dejan su aroma ineludible en el lector, quien no puede menos que dejar el asombro en el momento mismo en que el asombro comienza a poseerlo:

Dos surcos cristalinos. Después de la lluvia,
entre la espesura, hay verdes plata y verdes oro.
Los seguimos.

Allí construiremos una casa. Ya no hay sol en las
hojas. Una casa de piedra. Una cabeza a ras del
suelo que abra los ojos y mire al cielo.

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