Onirosofía

El duende zapatero

Para Alex y Sam, mis hijos amados.

Juan Pablo Picazo

Es un zapatero como cualquier otro. Las mismas herramientas cuelgan caprichosamente en la pared de su taller: cuchillas, patrones, martillos, escoplos, escarificadores, ruedas dentadas, agujas, pegamentos, hilos y demás porque, bien visto, los pies y los zapatos de los duendes no son muy diferentes de los pies y los zapatos humanos. Las diferencias entre una y otra especie no están ahí, sino en su magia.

Su nombre es Ganimel sec Imlardez, aunque en realidad todos lo conocen como el duende zapatero. Regresó hace mucho tiempo a Grannayr porque quería descansar de todo lo que sus ojos vieron, sus oídos escucharon y su razón soportó durante los muchos años en que sirvió a la gente de su pueblo como rey.

Porque el duende zapatero una vez fue rey. Fue conocido como el Rey duende de la suerte. En todas las naciones mágicas los reyes que dejan alguna vez sus tareas para dar paso a nuevos gobernantes,  se retiran a hacer lo que más les gusta, lo que siempre soñaron con ser, antes de cumplir con su obligación de servir a su país, que todos asumen al menos una vez en la vida. Y el sueño de Ganimel sec Imlardez siempre había sido el de convertirse en el mejor zapatero de su pueblo.

Lo de contar historias vino mucho tiempo después, cuando sus zapatos ya se habían hecho tan famosos que incluso le eran solicitados desde otras naciones mágicas como Granpartún, donde vivían los gigantes; Nacañone, capital de los Nacañú, esa gente en verdad pequeña a la que los mismos duendes miraban con ternura; también le habían llegado pedidos desde Irdayana Kly, orgullosa capital del imperio élfico.

Cierto es que no eran grandes pedidos y que no llegaban diario, pero así son es todo en las naciones mágicas; las cosas duran mucho y sirven casi todo el tiempo, así que hacer zapatos, comprarlos y regalarlos es cosa que sobre todo por fomento a la expresión artística se lleva a cabo. Por ejemplo, un par de sus mejores zapatos tiene un lugar de exhibición permanente en el Museo de Artes Cotidianas de Jadazahr, la ciudad más grande de las hadas dulces, junto a las airosas cortinas del artista andárico Brijed Gryntol.

Comenzó a contar historias por accidente. Alguna vez el hijo de un cliente se puso a hurgar entre las herramientas tratando de hacer algo con ellas; visto como era que podía lastimarse, el duende zapatero le pidió que las dejara a cambio de contarle una excelente historia, y si hay algo que un duende aprecie tanto como el sol, la buena comida y el arte, son las buenas historias, así que el muchacho se sentó muy cerca y orientó las orejas hacia él.

A partir de entonces, ese niño y todos sus amigos del pueblo acudían hasta su casa para escuchar historias, llenaban todas las sillas del viejo, traían las suyas y algunos más optaban por tumbarse en el suelo. Cualquier sitio era excelente para escucharle.

Acudían solos o con sus padres, pero siempre lo hacían en heptares, el primero de los tres días de descanso marcados en su semana decimal; algunos niños coleccionaban las historias en libros parlantes, y otros las reescribían como ejercicio de iniciación a sus carreras de bardo, rápsoda o cronista, lo que halagaba sobremanera al viejo duende zapatero.

Yo lo escuché en el primer año de mi extravío, ya luego debí dejarlo por servir a la nación duende como embajador en otras tierras, hasta que se me liberó de mis obligaciones y fui devuelto al humano mundo por la magia vaporosa de los Nacañú.

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