Onirosofía

Las palabras de las paredes

Juan Pablo Picazo

Las paredes cantan desde siempre. A veces sus voces destrozan cualquier silencio y cualquier ruido, poco o mucho. A veces salmodian apenas. A veces cantos guturales profundos y antiguamente remecidos. Yo jamás pude escucharlas, ni lo quería. Pero ese viejo me abrió los oídos de tal forma, que ahora son como micrófonos abiertos a todo tipo de cosas que no oyen las gentes normales, si alguna lo es.

Y es que la canción de las paredes es lo de menos, también llenan el aire los violentos debates de las nubes, las largas e ininteligibles charlas de las montañas, los cotilleos de las briznas, las flores, las conversaciones ordenadas de los bosques, y por supuesto, las alertas, los llamados los cortejos y cantos de guerra de los animales diurnos y nocturnos, así como ciertos coros y solistas cuyas voces no puedo asociar a cosa natural o construida de humana mano sobre la tierra.

Y pensar que el viejo, bien entendida mi discapacidad, mi debilidad visual y mi ceguera nocturna, también quiso abrir mis ojos, y mi tacto, pues decía que a mis letras les faltaba un asombro auténtico, prístino, pues mi trabajo literario era más bien translúcido, lo que denunciaba mi media videncia, no como otros cuyo trabajo era más bien opaco. Pero lo que ya oía me asustó y no quise ver ni sentir las muchas cosas sobre las que me hablaba.

Como los demás, al principio yo lo consideraba loco. Simulaba comerse y masticar el aire, bebía sólo agua de lluvia, jugo de flores, guardaba frascos con rayos de sol y luz de luna para aderezar su pan o remezclar con esos tés rarísimos que siempre tomaba. Se quedaba pasmado escuchando la nada, y a veces reía a carcajadas por algún chiste que dijo la pared de enfrente, y hablaba de perfumes nacidos en puertas y ventanas, o de las varianzas de color en las ráfagas de viento además de muchas otras cosas.

A la larga mis oídos se han acostumbrado a todas esas voces. He logrado oírlas sólo a voluntad, las únicas que no he podido acallar son las de las paredes, que no dejan de cantar nunca, incluso mientras muchas de ellas callan antes de empezar un nuevo discurso. Lo que me ayuda mucho es que desconozco la mayoría de esos lenguajes, aunque poco a poco van aclarándose en mi mente. Pero las paredes hablan en lenguajes humanos conocidos y eso es a veces grotesco, aterrador, ridículo o devastador.

Quiero dejar de oírlas. He notado que esas voces me llegan a veces como si supieran que escucho y me dedicaran sus palabras. Al principio comencé a escribir sus historias y sus pensamientos, luego fui más selectivo y ahora me niego a hacerlo, pero no me alcanzarían mil vidas humanas para escribir lo que oigo en una semana o menos.

Ahora sólo puedo dormir si me desconecto bebiendo esos venenos fermentados. El viejo me dijo que había una manera de cerrar nuevamente los oídos, pero como no le creía, no recuerdo lo que debe hacerse y él hace tiempo que murió y ya no puedo preguntarle nada.

La gente piensa que estoy loco porque peleo a gritos con mi casa, y recorro la ciudad sin ya cuidarme de mi aspecto o eso que llaman vida, hablo con todas las paredes, algunas me han dicho que saben como volverme humanamente sordo otra vez, pero les gusta poder hablarle a un humano, así que no me dicen, y siguen hablando sobre la importancia de recoger ordenadamente sus palabras. Y yo ya no puedo escribir una línea más.

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