La vida en el envés

Ecce sto

Saulo tertius

Escribir. Escribir siempre. Llenar de letras la pantalla como si con eso se alejaran para no volver jamás los fantasmas que te llenan. Abrir puertas de habitaciones vacías con viejas fórmulas, antes verdaderas cuando las caligrafiabas en papel. Escribir como quien de verdad camina, como quien de verdad puede llegar al mundo que ha soñado.

Y el mundo afuera insistiendo en la perversa rotación suya que lo repite todo: los días y las noches, las frases y los gestos, las acciones, los nombres, las masacres, los mitos, las muertes y el eterno retorno irracional. Y tú en medio, huyendo de las máscaras, cambiando de antifaz, soportando las miserias de los poderosos, así su poder se ejerza en menos de dos metros cuadrados.

Y sin poder salir de aquí, porque quizá cualquier otro mundo sea peor, mucho peor que este. O porque no has encontrado la puerta adecuada a pesar de que conoces docenas de ellas, en todas las cuales pasa algo, pierdes algo, te cobran algo o te asesinan como requisito para cruzar.

Escribir como el antídoto, escribir como si fuera un superpoder, como si no hubiera mañana y cada letra engrosara un blindaje infalible. Poner una junto a otra esas letras que aprendiste desde muy pequeño como ensalmos, como invocaciones. Tejer frases enteras, largas urdimbres, complejas tramas destinadas a encontrar o a desnudar la verdad, a corregir el nombre de las cosas, la vanidad de las hadas, el odio de los demoníacos muchos que gustan de matarse a pierna suelta sin importar los colaterales lastimados.

La obra, la llamas a veces. Mi obra. ¿Es obra en realidad? ¿Es tuya? ¿Te pertenece? Te detienes. Ya no escribes, pero la mente sigue dictándote, los dedos quieren seguir pulsando teclas. Te niegas, te embriagas con lo diario, dejas que las pupilas se ensucien con todo, que las orejas ensordezcan con el bullicio, saturas tu gusto con venenos deliciosos, arrastras las manos por las paredes de tus calles, aspiras la mugre de tu ciudad, los hastiados hedores que se emanan de los cuerpos cansados, las aceras putrefactas, las rancias oficinas de los acedos hacedores de política.

Vas y vienes con los ojos ensombrecidos, cabizbajos, desenfocados, interferidos, donde se te emplastan los colores si hay mucha luz, donde todo es pardo si el sol comienza a marcharse, los ojos ciegos o casi en las horas noctámbulas.

¿Importa siquiera lo que escribes? ¿Qué dice tu ciudad si nunca te ha querido? ¿Y sus buenas, adoloridas gentes que trabajan embrutecidas de foco a foco por unos cuantos mendrugos habrán de leer esa obra? ¿lo harán los haraganes que viven parasitando el país? ¿Será que lo hagan tus pares, quienes ni siquiera creen que seas uno de ellos?

No importa nada de eso. Escribir si. Escribir cuenta, por eso no he sucumbido a mi trasiego por los otros mundos, los de las puertas ya exploradas. Importa seguir juntando letras, golpeando por ver si hallamos verdad, belleza y futuro. Por si nos encontramos en medio de tanta negación, de tanta simulación cartesiana.

Aquí sigo. Debo decirlo. Justo es decirlo, aunque me hubieren acallado hasta hace poco; pero por hoy basta, ya habrá modo de que lo dicho en verso o prosa cuente lo que ha de ser contado. Y que quien tenga ojos para leer que lea, porque no todos los que ven, saben leer las voces de las cosas, y ponerlas en estas líneas para lo que haya menester. He dicho.

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