El pez en la burbuja

De tormentas y raíces

Andrea Ortíz Rodríguez

No ha faltado la breva, Iván. Es la verdad y lo sabes. Ni el desvío o la insuficiencia. No ha faltado en este lapso el óbito, la dolencia, el arrebato. Todas las noches, a las nueve, siguen pasando las noticias en el canal al que tanto le huimos y parece que hay más estrellas en el piso que allá donde mando mis ojos cuando no andas cerca. Se ha visto atacado el resuello en afán de que olvide su rumbo y en la noche, con los grillos, a veces escucho también el gimoteo del tiempo, llamando. No ha faltado. No ha.

Pero tus ojos tampoco. Y sí, si entiendo que los uso como barcas cuando viene la borrasca; y sí, si acepto que tu homónimo tenía razón cuando afirmaba que el amor es una de las respuestas que el hombre ha inventado para mirar de frente a la muerte. No ha faltado tu boca de holán, mi amor, a la que le sigo creyendo el beso que sana las caídas y lleva las lágrimas al mar para que no se quede sin gotas. No han faltado tus manos que guardan en puño el secreto y en palma resguardan mi libertad. No has faltado. Te he sentido cada día jugando en mis pestañas para que me levante. Para que deje de soñar y haga; para que viva. Te he sentido en lo que mueve mi pecho cuando pinto, en lo que quiere mi oído al cantar. Te he sentido en mi más profundo imaginario y me has vuelto nuestra en cada detalle. Y saberme nuestra es lo que necesito a diario, para que aunque no falte la breva, el desvío, la insuficiencia; el óbito, la dolencia, el arrebato; tome tu mano, su fuerza, y me desviva en el saber que lo importante, es que tú, no faltas.

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El pez en la burbuja

Té de luna

Andrea Ortíz Rodríguez

Té de luna
Té de luna para el desencanto,
para los amantes que se alejan,
que enseñan a espasmos que te mintieron,
que no fueron la mano que cobija,
los ojos que comprenden, la luz.

Té de luna para limpiar la lengua,
los mapas que dejó el último beso,
la ruta que todavía le pertenece,
los escombros.

 

Té de luna; para ahogarse en las mañanas,
andar desnudo diez minutos los domingos,
encontrar sus ojos en las hierbas,
acercar la boca, poder besarlo,
pedir de nuevo que no mienta, tomarte la mirada, saborearle la pupila,
dejar de extrañar a un hombre que no sabes si existe, todavía.

Té,
en las noches para matar sus sueños, en los días para aplacar su ausencia,
a sorbos desmedidos, sin receta,
añorando que lo lleve entre sus fases a sabiendas de no habrá día que se vaya,
tratando de fingir que buscas alejarlo, que es el té tu medicina,
mintiendo a quién no sabe que cuando él hierve sabe a té, a té de luna. 1

El pez en la burbuja

Sólo es la ciudad

Andrea Ortíz Rodríguez

En la oscuridad escucho las sirenas. No es el canto del agua que anhela la muerte de los marinos. No es el grito del hombre que intenta escapar de las sombras. Sólo es la ciudad. Alguien seguro anda perdido y van por él. Su cometido no es encontrarlo. Que siga perdido pero en la cárcel, que siga perdido pero en el PIB, que siga perdido.

imagen1Y mientras yo, busco abrirme los ojos para no perderme de la vida, busco que no se me adhiera el camuflaje, que no me coma, que no me absorba. Sólo es la ciudad. Los que te quieren te muestran los trucos del laberinto. Te enseñan las trampas, te admiten las mañas y tú no quieres. No quieres ponerte la máscara con la que otros ganaron. No quieres tomar las armas y admitirte en guerra. No le ves sentido. Para qué fingir que se te acabó la sonrisa, que ya no entiendes el llanto, que no te asombran sus ojos. Para qué ocultar (como si fuera cuidarse) que dejaste el cigarro en la ventana buscando soñar que llega a encenderlo, que todavía esperas te pida perdón por haberte hecho llorar y no haber llorado contigo, que aún le crees cuando te mira y dice que te ama.

Para qué, si sólo es la ciudad. Un montón de asfalto de hombres para cuidarse de hombres, cuatro paredes para poder encerrarse y que nadie mire cuando se abren el pecho, cuando se dan cuenta que la fragilidad se lleva en la pupila, cuando después de años vendiéndose fuertes despiertan un día musitando “ojalá me compren por mis defectos”. Para qué. Quieres ser el que grita “no te vayas”, el que cree como si no pesara el todo, el que admite que le importa el logro de besar sus manos duras en las noches, de encontrar barcazas en sus duelos, de contarle las pestañas.

“El tonto”, “el sublime”, “el inocente”, porque “así es la ciudad”. Sólo apuesta el que sabe que gana, sólo da el que tiene sobrado, sólo ama al que no le han abierto los ojos… ¡no es cierto!. A mí sus noches en vela me destrozaron el cuerpo y la pupila. A mí los juegos de niños me alzaron los párpados como se alza el día en ciudades desiertas y no necesité la cuidad. Llegué con su risa en la maleta y una etiqueta en la frente “sí, todavía”. Que me digan tonto, que me entiendan inocente. Que crean que saben de ojos abiertos y de verdades, que no sufran, que se salven. Que se vayan de la vida sin haber entregado su último aliento, que duerman acurrucados por el canto del agua que anhela la muerte de los marinos. Que no escuchen mi grito que intenta escapar de las sombras. Yo no. Sólo es la ciudad. 1

El pez en la burbuja

Mujer al borde de la plancha

Andrea Ortíz Rodríguez

Piensa en mí como la mujer que perdiste hace mucho tiempo. La carga se disminuye si se le aumentan los años. Encorva mi sonrisa, endurece mis manos, encréspame el cabello, vuelve aguileña mi nariz. No abultes mi vientre o podrías confundirte, pensar en mi ombligo como pivote de globo, soñar malamente con pies pequeños dentro de mí. Recuerda mis gritos en las veces que no los entendías. Otro momento no servirá para el cometido. En el recuerdo al fin entrarías a mis ojos a entender mi dolor.

Te imagino juntando las palmas desesperado. Gritando que calme la lluvia mientras intentas salvar el buque. Desterrando el agua con el hueco cóncavo que tengas. Tratando de tapar los hoyos con caricias. Gritando que no estoy siendo de ayuda. Olvidando por un momento que no puedes cargar al mar como una maleta. Golpeando el oleaje. Mojándote la piel. Sobando la marea. Llorando para ver, si las gotas que se fueron y las gotas que le entregas son intercambiables. No lo hagas. La ruptura de un corazón puede causar el deshielo de un polo. Podría al fin llegar nuestro barco a esos lares, pero ya no veríamos la aurora.

saaEvitaré un tiempo las rutas que conserven tu calor. Probablemente el cambio de clima ayude a que nazcan nuevos corales. Sé que no funcionará intentar templar los sitios con la estela de mi bote, pero la primavera promete la temperatura suficiente para confundirme. Hasta entonces dedícate a construir. Podrías contar historias de horror a los nuevos tripulantes. Serviría también colgar avisos con una buena recompensa. “Por robo de sueños” querrías titularle. No olvides pintarme sin color ni chiste. No olvides ganar, sacarme de ti. Empéñate.

Pero si no te impacienta haberme perdido; si estás decidido a ganarme, si no te apaciguan los años; si al amar era justo cuando encorvaba mi risa, si mis manos duras algún día te salvaron, si el cabello crespo te recuerda el momento en que escapamos, si la nariz aguileña fue con tu ojo morado el símbolo de ganar un nuevo barco, si los gritos, el llanto, el estruendo, el camino, los errores que tuve en aquella tormenta, las faltas de luz no logran desplomarnos… da la orden, capitán, vuelvo al barco. 1

El pez en la burbuja

Expatriación

Andrea Ortíz Rodríguez

Yo sabía que era besarla. Sabía que era que sus labios de lima refrescaran tu tarde de abril, como esta. Le gustaba enseñar rutas nuevas para llegar a su lengua; y como todas las amantes nunca aprendías que antes de llegar ya se había ido. Sabía de sus roces de chilacayote, de su piel que endurecía entre más cerca te sentía y crujía al partirla, desgajaba y necesitaba ser lamida, succionada para encontrar lo líquido, adentro. Sabía de sus cristales de azúcar que se diluían en la boca tiempo después de haber estado, de sus palabras de oblea que te daba como el padre en la iglesia antes de la comunión, de sus frases cambiantes mientras sacabas la lengua y sin oír bien lo que dijera respondías amén, porque así debía ser, así querías que fuera, porque estaba ella y lo demás podías entenderlo más tarde, igual a los domingos de gloria en semana santa, yo sabía de su punta de pirulí, de los colores que tenía y exactamente dónde, de la forma correcta de comerla, porque a muchos nadie les enseña que debe lamerse, que se gira de a poco y así vas quedándote con el azúcar, que se hace el camino redondo hasta poder pasar toda la lengua, para lamer más rápido, para mover con tus manos el dulce de arriba abajo y sentir el azúcar pegándose a tu lengua, humectándola y volviéndola seca, porque el azúcar sólo da más sed, eso tampoco nadie te lo dice, pero ella me enseñó.

Yo sabía de sus cabellos sueltos en la noche, de mi boca gritando “niña, amada mía”, mientras su cadera cantaba el resto de nuestra canción casi levitando, casi sin tocarme; teniéndome en ella por completo. Era yo su potro silvestre, me acariciaba el cuerpo con dulzura pero siempre firme, terminando con una palmada en el punto exacto, con la huella imborrable y ardiente de acero, de dientes pendiendo de mi pelaje, maizales, terrenos fértiles listos para la cosecha y yo cabalgaba libre, se enredaban en mis crines sus hojas amarillas, zigzagueaba persiguiendo a un colibrí que volaba hacia el cielo y se dejaba caer, sentía el calor mezclarse entre sus alas, a veces incluso lo veía cerrar los ojos, destensar las patas y caer, volverse blanco, reluciente cimagen1asi a punto de tocar el piso y entonces menear las alas, rápido, rápido, deshojando la cosecha, dejando caer granos al suelo, solos pero muchos, uno tras otro, empapándose de tierra mojada, tierra madre, que te deja sentir sus golpeteos, que te aprieta, que te sabe su autor y se revela, y deja caer la noche y caen con ella los astros y el potro que era se echaba, sabía contarlos por la llovizna, el sereno que volvía mi crin un nido de diamantes; y el colibrí se posaba en mi lomo y dormía, y yo lo mantenía caliente con el vaho de mi nariz. Yo sabía de ver la noche convertir el sembradío en huerta, de cómo brotaban árboles de limas; de limas redondas y frescas, sabía de cómo el potro que era se levantaba, de cómo cogía una lima con los diente,  la exprimía y volvía a sus labios, los primeros. Yo, sabía, sabía que era besarla. Que sus labios de lima refrescaran una tarde de abril…