Nubesomnium

Memento

Mishelle B. Badillo

Desperté con un cosquilleo en el corazón, pensé que podría tratarse de algo temporal, pero han pasado dos días y lo que inició como algo apenas perceptible, es ahora un malestar que se ha extendido a mis pulmones.

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Foto: Luis Morales Vences

Me encuentro en la sala de espera, veré a mi doctor, espero que no sea grave. No sé si sea por algún motivo de salubridad pero los hospitales tienen un aspecto frío, sus paredes y luces blancas me exasperan, y me hace sentir enfermo el olor a alcohol y medicamentos.

– Tendrá que esperar 30 minutos más, el doctor tomará su almuerzo y demorará media hora.

¡Excelente! No es cosa urgente lo que quiero saber, sólo quiero que el galeno descarte que voy a morir. Camino un poco por el cada vez más insoportable nosocomio y descubro una terraza con sillas y vista a un pequeño parque, que carece de palomas y niños que usen los tristes juegos oxidados.

En una silla cercana a la mía una mujer llora, vaya panorama el mío, quisiera acercarle un pañuelo pero dejé de cargar el que tenía porque mis amigos solían decir que parecía pretencioso y “hipster”.

Sólo han pasado diez minutos pero regreso a las incómodas sillas azules afuera del consultorio, nunca he sabido qué decirle a alguien que llora, si le pregunto lo que le sucede, temo que se ahogue en llanto, o que me mande al demonio. Me siento y cruzo la pierna, noto que en la suela de mi zapato derecho hay un chicle endurecido; negro, lleno de pelusas, y una que otra piedrecita. Me pregunto cómo llegó ahí, cuánto tiempo lleva bajo mi zapato.

Estoy seguro que la enfermera me dijo 30 minutos por decir, dudo que el doctor verdaderamente coma en ese tiempo, menos si charla con alguien mientras lo hace, o si recibe una llamada en ese momento. ¡Pero qué rayos!, han pasado cinco minutos y comienzo a desesperarme. Mejor me voy, qué más da, regresaré otro día, un día que no tenga tantos torbellinos en mi mente.

Aún no comenzaba mi marcha a la salida cuando comencé a toser y algo salió expulsado de mi garganta, temí que fuera grave, no había sangre pero regresé a mi asiento azulado y esperé a que me atendieran. Sobre la palma de mi mano izquierda estaba lo que había salido de mi boca minutos antes, desdoblé lo que parecía una pluma de ave color gris. La enfermera mencionó mi nombre y me puse de pie por inercia, no dejaba de ver mi mano.

Mientras caminaba al consultorio pensé que era una locura haber tosido una pluma, en la terraza no había palomas, no podía haber aspirado tal cosa. El doctor hace las preguntas de rutina, toma mi presión, su estetoscopio helado toca mi pecho y mi espalda. Le menciono la pluma, se la muestro y enmudece un momento.

– ¿Ha dormido bien últimamente? ¿Toma algún antidepresivo?

Niego con la cabeza y otro silencio se gesta entre ambos.

– En mis años de estudio alguna vez encontré un texto que me pareció absurdo pero es lo primero que me vino a la mente en cuanto usted me mostró esto. Hablaba sobre las plumas que pueden alojarse en los órganos, se les llama así por ser semejantes a ellas, pero son una especie de células endurecidas que se forman en los niños cuando duermen, éstas peculiares formas se disuelven con el paso del tiempo y no causan mayor daño. Pero por lo que usted me dice, podrían no haberse ido de su organismo. Necesitaría realizarle estudios para confirmar o desechar este primer diagnóstico.

– ¿Quiere decir que tengo una pluma en mi corazón?

– Y en sus pulmones, varias de ellas, su respiración no es óptima.

– No entiendo nada, pero me realizaré los estudios que hagan falta.

– Bien, entréguele esto a la enfermera y lo veo en una semana.

Me resulta increíble, me genero tantas preguntas pero no supe formularlas en su momento. Camino a casa y un mareo me obliga a detenerme un momento. No quiero convertirme en pollo, codorniz o paloma. Desconozco si es grave, si podré cantar o emitiré graznidos molestos como los de un pato. O peor aún, si podré volar, si tendré que emigrar a países cálidos en invierno. Nada parece tener sentido, y la comezón en mi espalda me está matando. 1

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Dulces patrañas

Mishelle B. Badillo

Camino a casa como suelo hacerlo, las empedradas y arboladas calles quee recorro todas las tardes tienen encanto. Las hojas crujen bajo mis pies y delatan mi andar.

Ocasionalmente veo a una mujer sentada en un pequeño banco, a un lado de la que solía ser una fuente, ahí vende amuletos y un letrero recargado a un costado suyo dice “te digo tu destino”. Varias veces he querido romper su cartel, ¿quién se cree esa mujer para decirle a la gente cuál es su destino? Ignoro si cobra por lo que hace, pero me parece una charlatana.

Un día salí tarde de mi trabajo y el sol comenzaba a ocultarse, las calles tenían un aspecto frívolo, las hojas ya no crujían, parecían quejarse, el aire era frío y noté que había dejado mi suéter en la silla de mi escritorio. Cuando pasé al lado del improvisado puesto de amuletos la mujer me dijo:

– Se convertirá en una buena casualidad tu descuido.

Desconcertado sólo pude asentir con la cabeza y continúe mi andar. No entendí lo que significaba eso hasta el día siguiente, cuando al llegar a mi oficina, la bonita joven que ocupa el escritorio del rincón, se acercó a mí y dulcemente confesó:

– Tomé tu suéter prestado ayer, espero que no te moleste.

Me entregó la prenda y yo sólo respondí:

– Cuando gustes.

¿Cuando gustes? Qué frase anticuada es esa, carajo, ¿eso es todo lo que pude decirle? Sin embargo, pese a mi poca asertividad con la joven de ojos enternecedores, no dejaba de pensar en lo que la alocada mujer había dicho el día anterior. ¡Patrañas! Palabras al aire. Cinco días después volví a ver a la andrajosa mujer, caminé más despacio, y casi en un murmullo mencionó:

– Cuidado con el billete de tu bolsillo izquierdo.

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Silente observador, by Mish B. Badillo

Toqué mi pantalón y me percaté que ella no mentía, mi último billete estaba por caerse. Le agradecí y seguí mi camino. Sin embargo horas más tarde le di vueltas al efímero encuentro con la mujer y noté algo que había pasado por alto, ella apenas y había movido la cabeza hacia mí, en realidad parecía tener la mirada perdida debajo de sus enmarañados cabellos. ¡Qué rayos! Por qué le daba tanta importancia a esa embaucadora.

Descubrí cómo se llamaba la chica de mi oficina, Ofelia, qué nombre tan delicado, justo para ella. Y no pude evitar sentir una mayor curiosidad por saber alguna otra “casualidad” de aquella mujer. Pero no la pude encontrar en días, pregunté por ella en los establecimientos cercanos y nadie supo decirme nada de ella, pasa tantas horas por el lugar la mujer y ahora se había esfumado.

No me malinterpreten, no creía que lo que ella dijera podría modificar mi parecer, pude establecer un poco de contacto con Ofelia gracias a ese descuido mío. Pero ella dijo las palabras, “se convertirá”, y eso me inquietaba, como si el haberlas pronunciado hubiera modificado el futuro posible donde el clima hubiera sido un poco menos frío y Ofelia no necesitara de mi suéter. Qué tontería, lo sé.

Estaba por cruzar la avenida, era tarde y debía llegar a mi trabajo lo más rápido posible, esperaba a que el semáforo se tornara rojo cuando noté que la vieja de las suertes estaba del otro lado, quise aproximarme a ella pero el sonido de un claxon me hizo permanecer en la acera. Fue una espera insoportable, ansiaba por preguntarle a la señora el por qué me había dicho eso aquella tarde helada. Cuando por fin hubo luz verde, caminé hacia el otro lado, y entendí que pese a que uno conozca o ignore su destino, éste lo golpea por el lado izquierdo y nos deja tendidos en la acera. Lh

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Historias enmohecidas

Mishelle B. Badillo

Suena una alarma al fondo.

¡Vaya! son las 6.00 a.m. Ésta mujer tan desocupada, sin trabajo, sin compromisos por cumplir y siempre tan mañanera, a excepción por aquella vez que un problema respiratorio le imposibilitó levantarse una mañana como cualquier otra. Que aburrida huésped, mis paredes la resguardan del frío, sin embargo, eso no basta ya que al parecer tiene una helada tajante en el corazón.

Tiene una rutina que me parece tediosa, y desearía que se mudara pronto, o que muriera a causa de su problema respiratorio, lo cual me parece más posible debido a su avanzada edad. Podrían pasar días y los vecinos no notarían que ha dejado de existir vida bajo mi techo.

imagen1Extraño esos días en los que habitaba en mí un “amorío ocasional”, no hacían falta muebles cuando solamente bastaba un colchón y unas horas de mí para esos dos jóvenes atolondrados. Gemidos retumbaban entre mis paredes algunos días a la semana, lo fascinante de éstos encuentros dentro mío, no era precisamente lo pasional y efímero de sus actos, sino la manera en cómo dentro de mis puertas éste par se podía convertir en todo, en una sola piel, amantes, aventureros, o simplemente dos solitarios que se refugiaban en el calor de un cuerpo. Sin embargo dejaron de brindarle calor a mis habitaciones cuando la rutina los alcanzó, y fulminante, le dio fin a esos encuentros pasionales.

Han pasado dos días desde que se llevaron el cuerpo de la anciana, y tal como lo predije… tuvo que transcurrir una semana para que notaran que el corazón helado de aquella mujer dejó de latir.

Hoy todo es tranquilo, callado, me siento hueca.

Un ruido extraño parece aproximarse, no sé, hoy no me interesa nada. Para mi sorpresa es una maquina demoledora, aunque no me preocupo porque no tengo tantos años para que se considere mi destrucción.

— ¿Por qué venimos?, creí que sería un vejestorio o algún peligro para otros.

—Será removida porque la casa está llena de humedad, tiene esporas o algo así me dijeron, se murió una viejita por eso.

— Ah bueno, pues me apuro porque ya tengo hambre.

Se enciende la maquinaria.

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Resiliencia

Mishelle B. Badillo

Hay algo en los objetos en llamas que me fascina, a veces me enloquezco por los sonidos que producen cuando hacen combustión, hay materiales que despiden olores embriagantes, y tengo un gusto especial por el espectáculo visual que me da la piel cuando el fuego la abraza, se inflama, pierde agua y comienza a deformarse, es maravilloso.

Por años estuve puliendo mi obsesión por estos cambios químicos y físicos que produce el calor.

Cuando era pequeña descubrí que el fuego seducía mis sentidos, en una fiesta familiar dejé de jugar con mis primos anonadada por la carne que mi padre asaba en carbón, observaba el vapor, aspiraba hondamente el olor de la comida, y no quitaba la vista de la lumbre que modificaba la forma y tamaño del asado.

fuegoPero no fue hasta mi adolescencia que pude entender de manera más amplia los efectos de la combustión, tenía buenas notas en ciencias y establecí amistad con mis profesores para que me dejaran utilizar los laboratorios después de clases, esto para observar y analizar con pruebas controladas, el impacto del fuego en diversos materiales. Posteriormente dejé de quemar objetos.

En una ocasión encontré un pájaro muerto en mi camino a casa, y después de cavilar la situación, saqué un pañuelo de mi bolso y envolví el cuerpo del ave en el pedazo de tela, para llevarlo a casa sin que nadie lo notara.

Apenas y comí lo que mi madre preparó de cenar por la ansiedad de ver el cuerpo emplumado en llamas; me puse en pie y traté de no correr hacia mi habitación, pero mis pasos acelerados me condujeron al ave en cuestión; la tomé entre mis manos y subí a la azotea de mi casa. Una vez que me aseguré de que nadie pudiera interrumpir mi esperada contemplación, deposité el pequeño cuerpo alado en un plato de cerámica, lo rocié con un poco de alcohol y el olor del fósforo al encenderse, fue la primicia de lo que se convirtió en un espectáculo sensorial para mí.

Permanecí de pie frente a las llamas hasta que quedaron unos cuantos huesos y el pico; la liviana estructura ósea del animal expuesta entre cenizas, fue el primer ardiente gozo que tuve.

No crean que buscaba la ocasión de prenderle fuego a algo, es sólo que conforme pasaba el tiempo, sentía la creciente necesidad de percibir el calor abrasando, abrazando y carbonizando un animal u objeto.

Nunca he considerado mi amor por la ignición como algo malo, pero me alarmó el día que por casualidad o causalidad, encontré en internet un vídeo sobre la inmolación de un hombre entregado al abrazo mortal del fuego. Lamenté que los sonidos de gritos, cantos e instrumentos musicales no me permitieran escuchar la carne humana reaccionando al fuego, y me enfureció que el acto haya sido grabado por un dispositivo de baja resolución, ya que me impedía ver con detalle cómo el cuerpo adoptaba la denominada posición de “el boxeador”.

Pese al desconcierto que me causó la idea de un cuerpo humano en una hoguera, comencé a obsesionarme con ello. Algunas noches soñé que pertenecía a la Inquisición, era un humilde siervo que prendía candela a los desdichados herejes.

Despertaba extasiada en medio de jadeos y sudor, me levantaba para ahuyentar la tentación de sacar una de mis cajas de cerillas.

Un buen día entendí el sentido de mi vida, comprendí que durante los últimos años me había preparado y formando para un propósito. Todas mis lecturas; las fotografías obtenidas; mis fósforos cómo cómplices, tenían un fin.

Busqué el sitio indicado, la fecha adecuada, y el sitio perfecto para culminar el sentido de mi pasión.

Acudí a diferentes sitios para conseguir la leña perfecta, compré un vestido de manta con flores bordadas y marqué en el calendario el día que culminaría mis más arraigadas fantasías.

Tres de noviembre, desperté temprano, y salí de casa a las ocho de la mañana sin que mis padres lo notaran, recogí el automóvil que renté semanas antes; me dirigí a la carretera que conducía a la ciudad; tomé un camino de terracería y pasé las pocas casas que ahí se encontraban hasta llegar a un pequeño cerro.

Tuve que subir y bajar a la cima cuatro veces para poder llevar toda la leña, me puse mi hermoso vestido, apilé la madera, después vertí el combustible y casi perdía el aliento al ver materializados mis sueños medievales.

Me coloqué en medio de la hoguera, no hubo ataduras de por medio, ya que tendría que vencer mi sentido de supervivencia, si deseaba cumplir mi cometido.

Estaba extasiada, sabía que una vez que ardiera mi cuerpo, mi corazón estallaría en mi interior, qué belleza.

Encendí temblorosamente una cerilla y la dejé caer de mi mano. Iluminé mi hermoso final.

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Introducción al caos

Mishelle B. Badillo

– ¿Te despediste de ella?

– No, no pude.

Alcanzó a responder antes de que sus ojos se humedecieran y el nudo en su garganta se lo impidiera.

– Se fue, es ahora paloma, pez o el brillo de una

estrella.

– ¿Qué barbaridades dices? Cómo se te ocurre decir semejante cosa, cuando el organismo deja de funcionar, simple y sencillamente muere, no hay nada de magia, el cuerpo se reincorpora a la naturaleza como alimento de otro ser vivo y se acabó.

Espetó el exasperado hombre ante la afirmación de la encorvada mujer.

– No puedo creer tanta frialdad en ti Hugo.

Mencionó la desdichada mujer, que buscaba un consuelo y recibía un regaño.

– No es frialdad Javiera, es que no puedes afirmar que uno muere y se transfi

Foto: Luis Morales Vences.

Foto: Luis Morales Vences.

ere a otro ser vivo, es irracional, absurdo e inclusive irresponsable.

– Pero debes admitir que no crees del todo eso que dices, ¿no te da curiosidad saber si es cierta la reencarnación?

Mencionó con un dejo de ilusión y esperanza que se alcanzó a ver por un destello en sus ojos.

– La curiosidad es una capacidad inherente del ser humano, valiosa para la obtención de conocimiento, pero no existe algo factible para creer o afirmar que exista posibilidad alguna de regresar en otro ser vivo. Aunque ahora que lo mencionas, es cierto, yo sé que si mañana muero, en un mes estaré siendo carcomido por una mosca, después mi carne será excremento, posteriormente se desintegrará y se hará el polvo que acompañará al polen en el viento, el cual convertirá a la flor en un fruto y si éste madura, será devorado por un murciélago, o hasta una persona. En ése punto se podría decir que regresé a otro cuerpo humano, ahí está tu dichosa reencarnación.
Se puso de pie el hombre, e ignoró el dolor en sus rodillas para asumir una postura que reafirmara la seguridad de sus palabras.

– ¿Entonces quieres decir que la reencarnación es real?

– No, me refiero a que somos materia que no deja de transformarse mujer.

– ¡Pues yo prefiero creer que mi Cleta es una mariposa, una rana saltarina o un pequeño bebé que llora estridentemente en un hospital!

El foco que colgaba de un cable en medio de la habitación parpadeó rápidamente tres veces, y los dos ancianos prefirieron guardar silencio. Lh