Fragmentos, recital poético musical en puerta

Fragmentos, de Gabriela Tapia Vega | La hormega | Juan Pablo Picazo

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José Antonio Cedrón | La hormega | Portada de libro

Locutorio

Una entrevista con José Antonio Cedrón

La realidad miente más

Si quieres escuchar la versión radiofónica de esta entrevista, sigue este enlace.

Juan Pablo Picazo

— Me parece que de un tiempo a esta parte la poesía se ha llenado de palabras, y se ha vaciado de mundo.

Así me responde la primera pregunta José Antonio Cedrón. Nuestro encuentro en el café, me ha dejado una primera impresión de generosidad, sencillez y entrega, Takes son su sonrisa, el apretón de manos, la franca cordialidad con que me presenta a su compañera, poeta también, Elena Garritani, con quien realiza este viaje de visita a México, a propósito de un homenaje que se le ha dado en la ciudad de Puebla.

Poesía e involución

José Antonio Cedrón, poesía, La hormegaEsa respuesta ha disminuido un poco su sonrisa y le ha hecho juntar las cejas un instante. y añade a lo que ha dicho; “…y es que hay incluso un exceso de publicaciones, y siento que todo esto es muy efímero. Hay, me parece, lo percibo, un problema con la audición, se escucha menos…”

José Antonio Cedrón es un poeta nacido en Buenos Aires cuya vida ha sido una suerte de periplo solar que inició con su partida de una argentina sacudida por el autoritarismo, en una época en que casi todo el Cono sur estaba infectado también por acerbas dictaduras  militares.

Su viaje incluye lugares como Venezuela, Colombia, Costa Rica, Nicaragua, y México, en los que trabajó como periodista, editor, y catedrático; su obra se compone entre otros, de libros como: La tierra sin segundos, De este lado y del otro, Actas, El negocio de la fe, y Vidario.

En el estado de Morelos, desde donde escribo esto y en cuya ciudad capital nos encontramos para esta charla, el poeta trabajó como docente e investigador en el inicipiente entonces Centro Morelense de las Artes, donde trabajó incluso, con las expresiones de  teatro campesino, que existen desde la época colonial y que los pueblos se han pasado de generación en generación.

Bien vista, esta observación de José Antonio Cedrón en torno a la poesía de nuestro tiempo, es un síntoma de un problema más grande, dice, pues ocurre que se se escucha menos, y se respira una generalizada crisis de valores, una colectiva pérdida del asombro, y una simplificación del pensamiento a niveles muy bajos de exigencia.

Añade el autor: “Todo esto tiene que ver con el hecho de que en los últimos tiempos han perdido prestigio la docencia, la literatura, la música… pienso que cuando baja el nivel, baja parejo, y lo podemos ver incluso en el deporte,en las profesiones, en infinidad de actividades como en los oficios…”

Y abundamos en ello. No sólo se escucha menos, se lee menos, se entiende menos. Y además, nadie se cuida o se duele, o se preocupa demasiado por ello. El poeta habla del asunto con una angustia real, con verdadera preocupación sobre nuestros contemporáneos y las generaciones venideras, que por fuerza habrán de crecer bajo la sombra de dicha mediocridad.

Los referentes perdidos

Para José Antonio Cedrón existe una necesidad real de comprender este fenómeno generalizado; si bien ha desarrollado ya algunos apuntes para trabajar el tema, confiesa que no ha logrado llegar aún más allá. Explica: — De lo cual tengo, te diría sinceramente, sólo borradores, porque no alcanzo a entender lo que ocurre, tal ves, siento, porque nos quedamos sin referentes.”

El autor ahonda en esa idea explicando que la pérdida de referentes no se refiere a esos inmediatos que cada cultura posee, como los referentes de los mexicanos o los referentes argentinos; sino esos otros grandes referentes universales como los filósofos que las generaciones solían leer y cuestionar o leer y circunscribir.

— Esos referentes que estaban fuera de nuestras fronteras como los filósofos que hemos leído, los escritores que nos dieron tantas cosas a crecer, ese tipo de referentes cro que nos faltan… y hoy, todo es muy ligero.

Ignorancia criminal

José Antonio CedrónCuando José Antonio Cedrón dice “creo que nos faltan”, refiere a la circunstancia de nuestro presente, ese que impulsan las nuevas generaciones, pues en su discurso está claro que su generación no estuvo ayuna de ellos.

Esa pérdida de referentes representa de alguna manera, una involución de las nuevas generaciones, que si bien están construyendo su propia obra, lo hacen a partir de fundamentos mucho más endebles que aquellos usados por generaciones precedentes.

Lo anterior, explica José Antonio Cedrón, abre la puerta al disparate, al contrasentido como signo de una generación que ha perdido algo más que la capacidad de asombro: ha perdido su propio rumbo, entrando en un estado peligroso de ignorancia. Así lo expresa el autor:

— Como por ejemplo, expresiones que tienen que ver con el poder: gente que aparece en la televisión de mi país, como asesores de gobierno que se presentan como filósofos, y dicen por ejemplo, cosas como esta: “Este gobierno, es Batman”. Entonces uno se imagina que hace 20 años nadie podía llegar a decir eso.

Explicó otro caso, el de la gobernadora de la provincia de Buenos Aires, que a la sazón es una de las más influyentes de la política nacional argentina, pues cuenta con aproximadamente 10 millones de electores, una mujer de la nueva camada de políticos, quien declara públicamente: “¿Para qué vamos a hacer nuevas universidades? Ese es un gasto inútil, ya está comprobado que los pobres no llegan a la universidad.

— Entonces, dice el poeta y periodista, estamos ante este universo que es ignorante y a la vez es cruel. Y la suya es una ignorancia criminal.

El incierto futuro

Al final, todo se traduce en esta pérdida que es necesario remontar la gran pregunta es ¿Cómo hacerlo? para el poeta viajero, no hay muchas esperanzas en lo personal, pues cuando ocurran, piensa, él ya se habrá marchado, aunque aún tiene un refugio: los amigos, los amores familiares, cómplices todos de su tiempo, de su visión del mundo. Respecto a una mejora del panorama antes descrito, nos dice:

— No tengo expectativas, quisiera sí, tenerlas.

Le interrogo acerca de sus andanzas de héroe solar por la América nuestra, de la transformación que ha tenido su mirada de poeta, el transmutación de sus versos y explica que la transformación es inevitable y no le desagrada, ocurre diario, ocurre siempre, de algún modo de eso trata estar vivo.

José Antonio CedrónLe inquiero sobre los proyectos en puerta, se va a la reflexión: “Estoy hablando desde el tiempo que me toca. Desde la edad que me toca. Desde las miradas que tengo. desde la confrontación que tengo con lo que uno mismo ha vivido. Todo desde esta suerte de final de vida, porque… —Ríe mirando hacia una lejanía que se le muestra sin obstar las paredes de la vieja casa que alberga el Café Bon’s— no me puedo engañar… y a veces con cierta ligereza, te dicen: ¿cómo ves? ¿qué vas a hacer en el futuro? Y uno piensa: Y bueno, no sé si el futuro ya fue o es ahora…”

José Antonio Cedrón sabe que el futuro es el presente que se va cumpliendo y explica la plenitud con que lo vive: — Y no sé, yo hago cosas, trato de que estas cosas cercanas, estas que uno tiene: sus amores, sus amigos, su compañera y la familia… y después, sin muchísimas más expectativas por el futuro, uno lo va ejerciendo conforme llega.

La realidad miente más

Por eso mi poesía —sigue diciendo el autor— en eso siempre se expresa, en las cosas cercanas, cotidianas, procurando el asombro porque a veces se mira sin ver.

Hay “un librito” dice con cariño en el que sigue trabajando desde hace muchos años. Piensa en él como en un trabajo de carácter misceláneo, en que fdará cabida a muchos materiales de investigación, trabajos periodísticos, cosas que ha ido publicando desde hace mucho. Dicho libro lleva por título La realidad miente más, y es una recopilación que busca dejar constancia de su sorpresa permanente ante los cambios.

Entre los temas que contiene, muchos de los cuales publicados a su paso por el periódico Unomásuno, se trata sobre los refugiados en Chiapas, trabajos sobre género, el teatro campesino de Temoac, Morelos, sus entrevistas a Eliseo diego en La Habana y México, textos para presentaciones de libros, algún ensayo sobre los procesos culturales de la Nicaragua sandinista, y otros de igual o mayor importancia, como esas pequeñas memorias a las que llamó Siglo XXI, reflexiones sobre el ethos del argentino.

La inseguridad, la violencia, la poesía, el periodismo, el amor, el pensamiento, muchos temas más desfilan entre nosotros en apenas una hora; detalles, expresiones, la vocación literaria de los jóvenes, la sinrazón y el disparate en que se expresa la realidad más a menudo de lo que pensamos.

No puedo más por ahora, es la hora de las brujas mientras estas teclas caen, y debo dejar otras cosas de nuestra charla en el tintero.

Locutorio

Jasmín, una novela y un poemario

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Juan Pablo Picazo

— El riesgo de perder el asombro es la incapacidad para reconocer al otro, caminar sin voz y sin alma, sin algo por decir. Así responde Jasmín Cacheux mi última pregunta de la noche, luego de presentar su libro Creaturas cotidianas en la Sala Gabriel Figueroa del Cine Morelos, en Cuernavaca.

Antes ha dicho que, de entrada, el riesgo es sumergirnos en la monotonía, en la ensimismidad, y convertirnos en los hombres grises de los que habló Michael Ende, y que la prisa omnipresente de nuestro tiempo así nos condena. Por ello se escribe, dice, para conservar nuestro sentido del asombro, ahí donde los demás se miran devorados por la rutina; para ayudar a los otros a conservarlo y que no se consuman en una vida vacía, en una mirada carente de estímulos y significados.

Ha ganado el Premio Nacional Dolores Castro 2018, un premio dedicado a la literatura escrita por mujeres. Habrá de recibirlo el próximo 22 de octubre en una ceremonia, según me comentó días después. La cita es en Aguascalientes, el dicho premio en su modalidad de narrativa, le fue concedido luego de que su obra Martha, una carta, fue escogida entre un total de 41 trabajos presentados.

Puestos a indagar sobre su relación personal con los géneros literarios, para ella tan importantes en el “urgente” afán de convertirse en una escritora completa, nos cuenta:

– Primero vino la palabra; pero cuando me encontré la sonoridad, me acerqué a la poesía. Pero sin lugar a dudas de lo que yo he estado llena siempre, es de historias. Por eso mi broma permanente de “con urgencia de ser novelista”, porque había historias que quería contar. Pero había tanta sonoridad con la poesía, que de pronto no sabía cómo acercarme a esa narrativa. La novela es lo primero que siempre quise escribir.

Martha, una carta, nos cuenta, es una conversación epistolar entre una madre y su hija, quienes han dejado de verse durante muchos años, y que así reanudan su comunicación. En esas cartas –abunda– aparece el personaje paterno cuya presencia en el diálogo, sirve para acercar a dos mujeres. “Es una novela amorosa desde el punto de vista de la filialidad y la sororidad”, define.

Es veracruzana de nacimiento, morelense por elección, dice. Contó en aquella presentación incluso, que la sala donde presentó Creaturas cotidianas un sábado de agosto, fue uno de los primeros recintos culturales de su nueva ciudad que visitó recién llegada a Cuernavaca. A la mesa esa noche le acompañaron Itzel A. Sosa, poeta, traductora literaria y científica social. Denisse Buendía, poeta y también ganadora del Dolores Castro. Daniel Zetina, su editor, quien es también escritor. José Luis Pescador, artista visual y conocedor de su obra.

Cada uno lee o improvisa una reflexión sobre la obra de la autora. Cada cual lee su poema favorito de la colección. La presentación transcurre en un diálogo que fluye natural, y es coronado con la lectura en propia voz de la escritora galardonada, de algunos de sus poemas más amados en la edición. Luego vendrá la firma de libros, la sesión de fotod con los asitentes y un desfile inacabable de parabienes, sonrisas, abrazos y cómo no, más, muchos más aplausos.

Este libro de poesía reunida, Creaturas cotidianas, se publica bajo el sello de Ediciones Zetina es, en opinión de Itzel A. Sosa, el cumplimiento de un sueño que juntas concibieron hace muchos años cuando tallereaban muchos de esos poemas en el colectivo Siete Cuervos. Agregó que además celebra la versatilidad y el oficio de una autora a la que conoce desde siempre

Creaturas cotidianas, nos dice la autora, no guarda relación alguna con la novela premiada, pero que su próximo libro de poesía, Treinta y seis apuntes sobre mi piel, comparte con ella esta exploración profunda sobre el ser y el hacer femenino, una suerte de reconocimiento personal.

Para llegar a donde está, la novela Martha, una carta, debió atravesar diversas dificultades propias del trabajo creativo que hicieron para Cacheux el trabajo más interesante; confiesa que en principio se desviaba del objetiva sin apenas darse cuenta, y que en algún momento comprendió que “la magia ocurre con los personajes, aunque quizá las historias puedan ser las mismas.” Más aún, dice Cacheux, Martha, una carta es fruto de una casualidad, y que así comenzó “como comienzan las cosas que vale la pena contar.”

El silencio del bosque, poemario de Ángel Cuevas, Yo lector, Juan Pablo Picazo, La hormega

Yo lector

El silencio elocuente

Juan Pablo Picazo

Cualquiera dirá, desde el entendimiento simple, que el silencio es lo opuesto a la expresión; y para esas mentes simples bastará. La vida, el arte y los acontecimientos diarios, no obstante, nos han dado muestra más de una vez que no es así. El silencio es de suyo una serie de posibilidades como lienzo, fondo, pauta, renglón, cimiento y causa, y más allá, el silencio es cuchillo, llaga, bofetón universal inequívoco; y es también adhesión, asentimiento, declaración de amor o el inicio de la guerra. Todo depende de los actores, todo depende de los escenarios, todo de la temporalidad e intemporalidad en que hace su humilde acto de presencia.

No hace mucho yo me lo encontré en un libro, en el título del libro, valdría decir: El silencio del bosque. Y el silencio también estaba en la reputación del autor: Ángel Cuevas, poeta. Miembro del Taller de poesía y silencio y escritor que trabaja sin ruido ni aspavientos. El silencio, ese que me había encontrado, denotaba ya un carácter fundacional, original, grávido, apuntaba a la meditación, al basamento para enraizar la creación y hacerle prodigar los frutos en la lectura, la imaginación, los ojos el entendimiento sorprendido de un lector desprevenido como el que soy.

El autor es un hombre silencioso, que no callado. Pero parece regodearse en silencios muy similares a los de Emilio Adolfo Westphalen, el llamado poeta de los largos silencios, joya del Perú hermano. Anda por el mundo en una paz nacida de múltiples certezas de las que puede dudarse a pleno gusto. El volumen del que aquí hablo es breve, blanco como el silencio cromático, y para mayores señas, un sello editorial que evoca ese mismo silencio: Ediciones sin nombre.

Publicado hacia 2010, este sencillo pero intenso volumen te rapta, hurta tu cotidiano espacio y de golpe te pone a hervir humildemente como parte de un caldo primigenio de la selva, del bosque, de la vida misma, de la secreta putrefacción de la que la vida –toda vida– nace. Mis ojos fueron tomados por sorpresa por estos versos agudos y brillantes, por las imágenes sobrias, sombrías y reptantes, y por una historia que al final asciende del cieno a las luminosas copas de los árboles, gigantes centinelas.

El agua oscura comienza a removerse. Del
blanco al negro y al violeta, la espuma hierve.

Y el primer cuadro ya está. A su alrededor hay otras palabras que son momento, contexto, fuerza. Estos dos versos son la génesis,la agitación original, el despertar de una cadena viva que lo abarca todo, mis ojos y mis huesos incluidos, entrados a la lectura, no puedo evitarlo, soy la lechuza, la hoja, la serpiente la flecha y la luz, el viento y los rituales más antiguos y sagrados que todos desconocen.

El poeta José María Espinasa, escribió en la cuarta de forros: “El silencio del bosque de Ángel Cuevas es uno de esos libros que aparecen muy de vez en cuando, con una concentración total en aquello que se quiere decir, sin dejar entrar la menor interferencia del ruido ambiente…” Concentración total, dice el también editor. Esa concentración posible solo en el punto en que una gran explosión primigenia, una suerte de big bang, está por producirse.

El poeta, quien durante el viaje además recupera os significados de su infancia que se expresaba en dibujos antaño incomprensibles, deja de ser protagonista para sumarse al concierto naciente de la vida, y sin dejar de ser también un cronista del milagro, cambia la pluma por un élitro que agita en consonancia con el flamear de las frondas y el canto de los gallos, escucha con la humildad de cosa entre las cosas, de vida pequeña entre los grandes monumentos vivos. Nos entrega, calor, frío, miedo, sorpresa, dolor, algarabía, deseo, temor reverencial a lo desconocido, cantos, chapoteos y refriega en un solo volumen.

Los versos no terminan todo el tiempo, todos ellos o casi, aparecen encabalgados, forman una luenga música discorde con las humanas costumbres, como recreando la música de la naturaleza que a veces es irregular y al oído profano puede parecer fruto de enmarañadas distonías. Pero no. El poeta cambia los ritmos académicos por los que se escuchan en el amanecer, por los del crepitar, el chapoteo y la llamada iniciática del bosque que sólo parece callado, pero que habla en silencios plenos.

Acaso el epígrafe del poeta griego Yorgos Seferis elegido por el autor como prólogo para su obra apenas y nos dé un indicio de hacia donde vamos: “Y caía en el sueño a medida que del sueño yo salía”, nada menos que aquel estado de ensoñación propio de los grandes poetas del que Gastón Bachelard habla con tanta exactitud. Los versos se presentan sin pedir permiso, dicen lo suyo dejan su aroma ineludible en el lector, quien no puede menos que dejar el asombro en el momento mismo en que el asombro comienza a poseerlo:

Dos surcos cristalinos. Después de la lluvia,
entre la espesura, hay verdes plata y verdes oro.
Los seguimos.

Allí construiremos una casa. Ya no hay sol en las
hojas. Una casa de piedra. Una cabeza a ras del
suelo que abra los ojos y mire al cielo.

Por si gustan…