Jordi Prats, Boceto

Sonetos, sonsonetes y otros versos de la calle

Paupertas

Juan Pablo Picazo

Las microdulces lágrimas de Estela,
la cobjija estragada de Gerardo,
la felina obsesión de la Pamela
y el miedo aderezado de Ricardo,

asuntos calle son que no de Estado
pues vagabundos no les duelen serios,
y sueño bajo puente atestado
importa nada ya, ni su misterio.

Otros en tanto gánanse las calles
poblando nuestras noches de suspiros,
cuerpos en aceras, sonoros ayes.

Reciben la limosna, sobras, tiros,
y se extienden en ácidos los valles
acomodándose a cualquiera giros. 

Por si gustan…

Sonetos, sonsonetes y otros versos de la calle

Vagabundus magister

Juan Pablo Picazo

Prueba la ciencia que es ciega la ciencia
y las lentejas dulces se fermentan
ahí donde basura, fe y consciencia
ensalada suman, y te atormentan.

Si no de amor, los desperdicias versos
cuando fogata enciendes con palacios,
diatriba si les hurgas los anversos,
ditirambo si los reputas lacios.

Por eso pluma, lengua y escalpelo
te dan cerebro roto calle tuya,
si ofende la autoestima terciopelo

cuando la verdad ni es alguna puya
como alabardas escribirlas suelo
palabras que ninguna es cierto tuya.

Sonetos, sonsonetes y otros versos de la calle

El donador de versos

Juan Pablo Picazo

Ningún poema puede cambiar el mundo,
pero en cada mundo el poema cambia
y este poeta escribiendo es un mundo
cuya estridencia falaz intercambia.

Todo en el mundo me ha postergado,
lo mismo la estrella, el salario ruin,
debiera hollar ya otro mundo al cayado
viejo profeta de muy crecida crin.

Pero duermo bajo el peso del hambre,
colectando fugaces bilimbiques
como milagros de seda y alambre.

Masticado así por tiernos caciques,
se mira cual marioneta de estambre,
el donador destos pa’que trafiques.

Sonetos, sonsonetes y otros versos de la calle

Aterradores

Juan Pablo Picazo

No hay magia que salvar pueda mi casa
donde los libros murmuran silentes,
se cumple la hora, miedo atenaza,
y así llegan ángeles penitentes.

Degluten paredes, gorman su fuego,
y agitan índices acusadores
y a veces los otros entran al juego
ahítos de sombra, merodeadores.

Les lanzo conjuros, mis versos, café,
y no se disipan, tercos guerreros,
armados de muerte y extraña su fe.

Día por medio, más aterradores,
regresan cuando ya al mundo ensalmé
con los viejos cantos restauradores. La taza de café más grande de Nueva York. (Foto de internet)