El rey desempleado, José Antonio Aspe, La hormega

Y la nave va…

El rey desempleado

José Antonio Aspe

El Tsuru con Nirvana. La cabaña a lo lejos… ahora con los perros tristes, ahora sin la sorpresa de encontrar a Fabiola allí dentro, colocando algún adorno traído del de efe, alguno de esos sus pequeños detalles que le regresaban a Gabriel la fe de que era posible volver a reír a toda velocidad: caballo flemático que cierra en la punta.

Y es que llegaste cuando ya no esperaba nada, cuando todas mis cartas estaban echadas sobre la mesa, medita Gabriel, diciéndose las cosas como si se las dijera a un espejo en el que ya no se refleja, en el que aparece la imagen de otros dos que ya no son ellos.

La puerta de madera cede con facilidad y entra; toma posesión de un castillo sin reina, se sienta en el trono de un rey desempleado, se coloca la corona de hojalata, se viste con una capa hecha trizas. Le da coraje encontrar rastros, huellas de Fabiola y de él mismo: leños casi hechos ceniza en la chimenea, colillas de cigarros fumados en otras tardes que no son ésta, alguna playera y dos pulseritas, hojas sueltas con recados de fui a la tienda y de ahorita vengo.

La cabaña en medio de un silencio más aplastante y ensordecedor que el de la música de los discos que ya no suenan, las fotos absurdamente distantes y encerrados en sus marcos de madera; silencio y luz más ligeramente densos que óleos de los amigos, que los póster de exposiciones y películas.

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La hormega, José Antonio Aspe, Fabiola a las seis

Y la nave va

Fabiola a las seis

José Antonio Aspe

Pink Floyd en el autoestéreo, un cigarrillo entre los dedos y un vaso entre las piernas. El Volkswagen y la mañana deslizándose dóciles sobre la carretera. La botella de Bacardí en el asiento de al lado, como fiel copiloto de una carrera perdida de antemano.

Se dirige a la cabaña, a una cabaña ocupada por el polvo flotante de la ausencia, por papeles, muebles, cuadros y promesas arrumbadas, por un perfume que se ha escapado de allí.

Mete tercera, un gato atropellado, cuarta, el gato visible por el retrovisor, quinta y recuerda, recuerda aquella vez que fueron al museo Frida Kahlo en un Coyoacán recorrido hasta el cansancio. Él notó la casa de Diego Rivera deshabitada, con un orden acartonado y tan perfecto que los espíritus de Diego y de Frida ya no estaban allí: los corrieron de aquí, mencionó Fabiola, no creo que ellos hayan vivido así… un artista no es tan ordenado.

Gabriel coincidió con su comentario y amó aún más a una niña que hoy no está con él a pesar de que un día mencionó que, teacher, tienes un lugar aseguradísimo en mi corazón. El amor no viene con sello de garantía, se repite Gabriel dando un trago largo, sentido. A su lado los pinos y los ahuehuetes, los puestos de quesadillas y los valles y llanuras amplias, hartas de espacio y oxígeno. | La hormega.

 

 

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Terremoto en Cuernavaca

José Antonio Aspe

Checas la hora: 1:12 de la tarde. Lorena ya debe estar por llegar al café en el centro de la ciudad. La recuerdas, es una de tus alumnas más brillantes, con un talento envidiable, mismo que le está permitiendo desarrollar una novela que desentraña el difícil mundo del abandono. Sigues caminando, estás cerca de Famsa, solo pagas la letra de tu pantalla y te vas a darle el taller. Avanzas sobre la calle Morelos, debajo de la torre Latinoamericana. Cuántos recuerdos de ese lugar, sitio en el que viviste un romance a sangre y fuego con Bárbara, la italiana.

1:13. Te detienes, saludas a un viejo amigo, charlan, se ríen y desentierran recuerdos antiguos, almacenados en el baúl de los años. Se despiden y enfilas rumbo a tu destino.

1:14. Estás en la esquina de Morelos y Degollado, aún debajo de la Latino. Solo esperas a que el semáforo te permita atravesar. Mucha gente, muchos estudiantes de la Colón y madres que van por sus hijos al Santa Inés y a la Pestalozzi. De pronto se mueve la tierra en una oscilación que interrumpe tu andar y te obliga a detener la marcha. Es muy fuerte el sismo, todo brinca y se desacomoda. Te sientes muy mareado. No sabes qué hacer y optas por tirarte al pavimento. Has cruzado la calle, pero no mucho, casi nada, nada mejor dicho. El tráfico se estrangula, se detiene; los coches se atoran, llantas que se adhieren al asfalto como temiendo desmoronarse. La Latino está a diez metros de tu espalda, de tus brazos, de las huellas invisibles que vas dejando en la alfombra de cemento; sí, la Latino a diez metros de tu atemorizado ser.

Padrenuestroqueestàsenelcielosantifi… ¿Cómo era? DiostesalveMarìallaeresdegra… ¿Voy bien? Esto no para, piensas alarmado, al tiempo que ves, incrédulo, cómo se desploma el edificio de cinco pisos. Primero el ruido: colosal, inenarrable, inaudito; un rugido virgen para tus oídos: cristalería, asbesto, herrería, tubería, ductos, personas, muebles y enseres domésticos juntos haciéndose pomada en un segundo. Luego el polvo, no ves nada, una nube de ceniza y tierra entrándote por la nariz, por la garganta y por los ojos. Toces, toces mucho… y luego el olor a gas.

El polvo se disipa un poco y logras ver: cinco pisos del edificio reposando mansos y yermos sobre la calle Degollado; es como si siempre hubieran estado allí, como si hubiesen sido construidos a propósito así, sobre las banquetas. Te sacudes, pareces polvorón. Por fin logras ver bien las cosas, aunque te arden terriblemente los ojos. Estás en shock, no te mueves. Después de unos segundos los primeros heridos… luego los gritos desaforados de gente que yace atrapada entre los escombros. Estás aturdido, no te mueves. Los gritos siguen. Después las ambulancias. En ese momento se le va el sonido a todo y solo ves pero no escuchas., solo ves cómo se dibujan las palabras en los labios de la gente, cómo salen de las bocas y se esparcen en el aire. Una mujer es sujetada por otras, pareciera que sus ojos se le hubiesen botado de las cuencas; clama por una hija enterrada allí. No escuchas nada, solo ves… luego escuchas pero no ves nada, gritos, sirenas, gente que grita y pide apoyo… luego no ves ni escuchas nada. Intentas dar un paso pero no puedes, estás atornillado al piso.

1: 20. por fin reaccionas y comienzas a darte cuenta de que Cuernavaca ya no es ni será la misma; bueno eso es lo que crees en ese momento, en ese momento en que los de la camilla le cierran los ojos a una señora y la cubren. Eso es todo: la tragedia se ha enseñoreado una vez más, ahora en la ciudad de la eterna primavera, en esta ciudad que tanto amas y que no quiso que murieras allí, bajo sus ruinas mudas, sepulcrales, tajantes, definitivas.

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Escribir y el amor

José Antonio Aspe

Escribir una historia de amor es como escribir una novela: hay que dejar que vaya fluyendo en forma natural, que se vaya desarrollando y creciendo sin forzar nada. Hay que ir entendiendo por dónde va caminando, en dónde se divide cada capítulo. Escribir una novela es abrir y abrir al principio; el arte consiste en entender cómo ir atando todos esos cabos para darle sentido. Así es el amor, así es… parce qu’ainsi c’est l’amour!!!!!

Escribir una autobiografía es la confesión más honesta de las almas desgarradas por la vida, de aquellas que no pueden guardar más tiempo el dolor de haber vivido. La de Neruda se llama “Confieso que he vivido”. La autobiografía es una acto total y absolutamente desprovisto de soberbia… es un acto de extrema humildad.

Y la nave va

Fuga en do menor

José Antonio Aspe

Le dijeron que pidiera una última voluntad. Dijo que morir tocando su piano. Lo fueron a traer hasta Cuautla. Entre tanto se chupó un cigarro. Cuando llegó el instrumento, se sentó frente a él con propiedad, aplomo e inusitada elegancia. Acarició femeninamente las teclas con sus rudas y toscas manos.

Las notas comenzaron a cabalgar delante del pelotón de fusilamiento y de los generales, embelesándolos. Los do, re, mi, fa, sol, la, si, pasaban como potrillos desbocados pero alegres. Por la memoria del Capitán Olvera, escenas de juventud y de soldaderas abiertas de piernas; por la mente de los generales y de los sargentos, novias lejanas y pañuelos de seda perfumados; por la de los cabos y soldados rasos: madres y hermanos ausentes, botellas de aguardiente y recuerdos de visiones y risas mariguanas compartidas dentro del cuartel.

imagen1A la hora de preparen, apunten… ya solo el banquito vacío, el piano en silencio y la mirada atónita de la tropa. José Navidad ya no estaba. Se marchó, ágil y raudo, sobre la montura de una de las briosas corcheas que con dulce complicidad y velado desacato brotaron del negro piano, quien como un noble y fiel animal, salvó la vida de su viejo amigo de correrías sin fin, sueños urdidos en largas tardes de deliciosa inspiración, de teclear amoroso y de sol por todos lados.