Un camino iluminado, cortesía de Pixabay | La hormega

Yo lector

Teresa de Jesús, reflexión a partir de una segunda lectura

1.

Teresa hermana, Teresa maestra, Teresa sierva de otro. Teresa espejo invertido en el que enfrento lo que no soy, ni he buscado nunca. Teresa madre de voces cuyos versos no te emulan, pero tratan de continuarte desde la laicicidad, desde el engaño de la realización moderna, y su cansancio devastador que no reinicia los deseos, causa eficiente de nuestra respiración feliz, sino que la agota, la quema irremediablemente.

Aquí mis letras de tu lectura, aquí las letras de la re-lectura del opúsculo Del delirio al amor. Teresa de Jesús (1515-1582), de Alejandra Atala  presentado al público por Editorial Quadrivium, aquí mi asombro continuado, aderezado en la invitación de Alejandra, quien te ha leído con mayor fruición y entendimiento y a quien conozco desde hogaño en una cuenta de los días que ya me pasma y me causa regocijo; y quien nuevamente me ha convocado para versar sobre un libro con la exquisita factura de Quadrivium editores con ecos inmensos, me pierdo en tus lumbres iluminadoras que partiendo del mandato divino, tocan lo que estos seres de herido barro intuimos y no queremos reconocer, no queremos poner en palabras pese a la advertencia de tantoscomo son el mundo y la raza de señores que lo gobierna, y no son sino un engaño.

Teresa voz, Teresa deslumbrante, Teresa templo, Teresa temple. Teresa ejemplo, Teresa que por bien querida de unos, vilipendiada has sido, olvidada y silenciada detrás, debajo de las modas y los modos de una así llamada sociedad que se ha olvidado de una verdad que de tanto en tanto, los profetas y los poetas, los filósofos y las más decantadas sensibilidades y potencias del espíritu nos recuerdan de tanto en tanto: todo, absolutamente todo, lo llevamos dentro. El engaño, desde hace mucho tiempo, ha sido hacernos creer que debemos buscarnos allá fuera.

Así que yectos, Heidegger dixit, arrojados en un mundo desolado, estamos. Buscando nuestro ser auténtico creyendo haberlo encontrado dentro de nosotros mismos. Pero ¿que no está bien si entendimos ya que todo lo llevamos dentro?

Si. No. No siempre, no así.

2.

Teresa mística, Teresa sierva insospechada mía, Teresa fuerte, Teresa ardiente, Teresa rebelde y fugitiva, Teresa verdadera, Furtiva Teresa. Ahí está tu voz trascendiendo siglos hasta el hoy de los descreídos que no pecan por descreídos, sino por vacuos. Por evasivos, por seguir las modas y los modos de esta raza de señores que nos han expulsado del paraíso de los ricos, que nos han desterrado del paraíso de los entendidos yq ue en suma y en masa, nos han expoliado de nuestro pensamiento, nuestra meta, imponiéndonos una estética perversa, una febril actividad embrutecedora, una alienación en la que autoexplotarnos es acercarse al paraíso.

Al retratarte, puede sin embargo, que Alejandra Atala como tú, pese a llevarlo todo dentro, sucumba al instinto de buscarlo fuera –más allá de ese engaño que de todas formas no disculpamos porque malhabido y malhadado es–, el instinto de buscarlo fuera, decía, no sea tan erróneo, pues nuestra concepción del mundo es la caverna de la que Platón hablaba ya, y estamos a ella tan habituados, que se ha convertido en la verdad y podemos asfixiarnos en ella suponiendo que ese sofoco constante es nuestra respiración en su máximo esplendor.

Expandirse más allá de uno mismo, abandonar la ínsula extraña que se es, por decirlo con Juan de Yepes, permite descubrir muchas cosas: la primera es que en los demás existen hondas, sacras verdades tan absolutas e irrevocables como la nuestra y que es maravilloso ver a otros abandonar sus propias cavernas mentales y espirituales, como quien dolorosamente rompe un cascarón para encontrarse que uno no es sus propios huesos ni su propia piel, y que los límites de uno mismo, la piel, las personales convicciones pensadas como frontera por ejemplo, no son más que ilusiones, y que mi cuerpo se extiende en las paredes, en las raíces de los árboles; mi pensamiento en los ojos de los animales y en la cabeza de otras personas, y que mi piel no se acaba en la punta de mis dedos, sino que continúa tersamente en los brazos, las piernas de cada uno de quienes aquí y allá respiran, ustedes mismos, por ejemplo.

Muchas gracias


Texto leído por Juan Pablo Picazo durante la presentación del libro de Alejandra Atala Del delirio al amor. Teresa de Jesús (1515-1582), de Editorial Quadrivium, el pasado domingo 21 de julio en La Universal, Feria del libro independiente del estado de Morelos, desarrollado en el Centro Morelense de las Artes en Cuernavaca.

Yo, lector

La todopoderosa
fragilidad de las palabras

…las palabras son el cuerpo de Dios,
el cielo es su lenguaje
y las nubes, sus versos.
Ethel Krauze
De El ojo del silencio

Juan Pablo Picazo

I. El escalpelo y la mirada

Las palabras, como la vida, poseen esa fragilidad que se nos olvida, que consideramos todopoderosa a veces, y eterna siempre en el modo descuidado con el que vamos por ahí un día sí, y otro también, creyendo ser el centro del universo, al menos del nuestro, perdiendo de vista que ante la magnitud del cosmos, nÁngeles Manzano Añorveuestra importancia es la misma que la de cualquier otra humilde criatura del universo.

Este ha sido el primer pensamiento que me ha pasado por la mente cuando por invitación de Ángeles Manzano, me he internado en la obra de Ethel Krauze montado en el agudo pero gentil escalpelo que utiliza para moverse en los intersticios de esas palabras sólidas, lúcidas, y fuertes, en sus significaciones y alcances, pero ejercidas puntualmente con esa misma humilde fragilidad que la vida tiene.

Los ensayos que componen la obra de Ángeles Manzano constituyen a un tiempo, una guía de acceso a una obra que ofrece múltiples lecturas, y un análisis que parte del universo personal de Ethel Krauze pero que se catapulta a la reflexión en torno al acto creativo per se, a la reflexión de género, a los problemas de nuestra sociedad convulsa, y por supuesto, al necesario contagio que una voz poética imprime entre quienes disfrutan su lectura.

Y no por gentil, el escalpelo analítico del que ya les hablaba, es menos preciso. Hay un trabajo detallado y sistemático que trasciende lo que T.S. Elliot denominaba “crítica impresionista”, y tomando las herramientas que ofrece la academia, entrega tres ensayos de los que pueden abrevar con plena confianza y buen entendimiento, lo mismo el especialista, que el lector promedio cuyo cometido sea lograr un acercamiento de mayor profundidad a la obra de Ethel Krauze.

II. Mirada de mujer a fondo

Hay más sin embargo, este abordaje de la obra de Ethel Krauze, nos devela estilos, progresiones, manejo de géneros, y nos acerca a sus motivaciones, sus técnicas y sobre todo al retrato hablado en voz de la propia autora analizada, que es a su vez, revelador de las necesidades estéticas de Ángeles Manzano, de sus búsquedas literarias, de su identificación como profesional de la academia y de la palabra, y revela también algunos otros detalles que quizá no a fondo, pero la perfilan.

No digo que siempre, no digo que sea ley general o natural, pero yo, que he sido criado por mujeres, he observado que casi en cualquier ámbito donde dos de ellas que no se conocen se encuentran de manera efímera, se hacen una rápida evaluación, una suerte de escaneo con la mirada, que les basta para saber mucho de la otra, o al menos eso parece cuando uno escucha luego el comentario que resume un pensamiento acaso más complejo.

Más allá de ello, la mirada de una mujer a fondo sobre la obra de otra, es siempre interesante; y en este caso lo es mucho más porque intervienen ingredientes varios como los marcos teóricos y la complicidad del oficio, el rigor metodológico y la admiración, y un abordaje académico aderezado por las virtudes del olfato periodístico que la autora muestra.

III. El diálogo transaccional

El trabajo de Ángeles Manzano Añorve, aunque expresado mediante el vasto, dúctil y versátil género del ensayo, proviene de una forma de sabiduría que se cuenta entre las más antiguas de nuestra cultura: el diálogo, la mayéutica, pues las entrevistas también presentes en el libro, son un lujo desbordante en términos del descubrimiento de la artista cuya obra se analiza; son si bien materiales de base, también lo son de consulta y reflexión en torno a Ethel Krauze y su vasto trabajo literario, por cuanto abonan a la comprensión de su personalísima visión en torno al oficio de escribir.

De tal obra, tal análisis, podríamos decir. Hay libros que sólo dicen lo que se lee y no puede se puede bucear más a fondo en ellos, ni escalar, ni ahondar en laberintos. Este no es el caso, y la escritora-académica nos lo muestra al llamar nuestra atención en el aspecto atávico, telúrico casi, de la obra de Ethel Krauze mediante cuya voz se celebra a sí misma como lo hacía Whitman, atestigua su mundo, a la usanza del realismo, y trasciende lo inmediato con hilos tan antiguos que van desde los albores del mundo, hasta más allá de nuestra personal fecha de caducidad, ahí la muestra, entre los textos escogidos a propósito de otros tópicos:

Quiero recuperar a la loba que habita en mí:
afilar mis garras,
lamerme la pelambre,
desenrollar la cola
que ha permanecido guardada tanto tiempo

De acuerdo con la teoría transaccional de Louise Marie Rosenblatt, el lector aporta a la obra su propia experiencia y subjetividad al apropiársela mediante la comprensión, y pergeñándola de sí, para después entregarla a los demás mediante su glosa, si nuestra percepción es limitada, la obra leída no dará todas sus luces, o seremos ciegos a ellas; sin embargo, si sabemos caminar en el corpus de una obra como quien tiene años de vivir en ella, o posee sus mapas, entraremos en todas sus estancias.

Así, en esta exégesis hay un summum de diálogos: el que se da entre una lectora experimentada y la autora de la obra, entre la académica y la escritora, y entre tallerista y talleranda. Todos ellos —acaso muchos más en ellos contenidos— se yuxtaponen para formar un mosaico armónico que mapea temas, géneros, fuerzas, contextos, biografía, obra, y demás, sin imponernos una sola lectura, pues el resultado es un andamiaje donde satisfacer nuestra sed de asombro, sin encorsetarnos en una sola mirada posible, sino mostrándonos en cambio, un prisma en el cual podemos solazarnos a pleno gusto.

Creaturas cotidianas | La hormega

Yo lector

La poesía, esa creatura cotidiana

Juan Pablo Picazo

Uno en los libros, uno es los libros

Leer es un oficio necesario. Uno suele creer que la lectura es el desciframiento de códigos representados por letras en un papel, y ya. No. Mentira. Para leer es necesario saber que la poesía lo habita todo. Hay que extraerla de ahí, traducirla a los lenguajes humanos, y entregarla a las personas para que a su vez la lean con mayor facilidad, y mantener así la salud del mundo; que en verdad es muy precaria en estos días que nos ha tocado vivir.

Y sin embargo, a veces pienso que sería más fácil si nos enseñaran a leerla directamente de las cosas; pero me doy cuenta de que en verdad es así, que todos, ustedes y yo, leemos la poesía contenida en cada cosa cada día, y lo hacemos sin saberlo. Así pues, leemos las manos, los pasos que resuenan, el aire y su humedad, los posos del café, los ojos amados, los gestos, las nubes, los sabores, la piel ajena, los perfumes, los adoquines y la terracería. Leemos también la lluvia, los autos, los astros, los grillos, nuestros sueños y nuestras ensoñaciones.

Todo, diariamente lo leemos todo, y en correspondencia, cada uno de nosotros somos leídos por todos los demás. Pero hay de lectores a lectores. Y también hay leedores, así como existen los no-lectores de muchos tipos.

Así como dicen que todos los hombres son iguales y yo me veo siempre en la penosa necesidad de aclarar que existimos algunos hombres más iguales que otros, así más o menos somos los lectores. Un libro nos gusta, o lo odiamos. Un libro nos llega hasta las papilas gustativas, o lo evitamos lo mejor posible hasta que alguien o algo lo hurta de nuestra atención devolviéndolo a la nada que hemos decidido no abarcar.

Hay libros sin embargo, que nos recuerdan la más cruel de las verdades: todos los libros tratan de uno mismo, de su persona. Si leyendo te das cuenta que no hay nada de ti en esas líneas, (miedo, asombro, odio, familiaridad, extrañeza, sombras, luces, cansancio, deseo, dolor, alegría, muerte o vida, entre otras cosillas como esas) entonces no trata de nada, ha dejado de ser libro, aunque lo sea para otros.

Pero no hay nada con encontrarse en un libro famoso o bien llamado a serlo, versos que suenan a uno mismo; como si majaderamente el autor o autora que leemos, se hubiere adelantado un par de siglos a vivir, sólo con la malsana intención de ganarnos la partida.

Las creaturas de Jasmín son mis creaturas

¿Cómo es esto? En tanto lectores, somos los intérpretes, la resonancia y hasta la co creación de la obra, dependiendo de qué teoría acerca de la comprensión lectora siga cada quién. Lo cierto es que nuestra interpretación transforma la obra, la resignifica, le añade valores, vasos comunicantes con otras voces y otras estéticas que naturalmente amamos, eso es la apropiación de la obra.

Una de las gracias que me han atado a Creaturas cotidianas, libro de Jasmín Cacheux, es que primero algunos versos, luego algunos poemas, me han parecido como cosa mía; y eso que de los veinte años que la autora lleva viviendo en Morelos, la he conocido hasta hace poco, muy poco ciertamente.

Y es que nada más en abrir las hojas, cual prístino lector inocente, uno es arrebatado y trasuntado, por no decir víctima de una auténtica metempsicosis, lo juro. Y lo pruebo con un par de estrofas:

Díganle que la he querido
que estoy entera, dolorosa,
inexacta, nítida,
que sigo siendo,
que estoy, no duermo.

Díganle que he sido sustancial,
incorpórea,
y que en su cuerpo desgranado
se quedó conmigo
la necia costumbre de ahogarme.

Y es que esa misma necia costumbre de ahogarme la tengo, y no sólo en el sentido figurado, sino en el real, a saber: se trata de algunos ataques que al contarse, parecen cosa de risa, pero no lo son porque se enfrenta uno de tal manera con la juguetona muerte, que queda incorpóreo y sustancial, convertido casi en prueba viva de la transmigración de las almas, que se mueven enteras, adoloridas, e inexactas en medio de los que se dicen vivos.

Confío queridos y queridas mías hoy presentes, que habrán de perdonarme esa personalísima licencia, pero la culpa es de Jasmín Cacheux, que como buena poeta, seguro practica algún tipo de voyeurismo cósmico que le permite, con mirada de escalpelo, identificar una por una, las finísimas capas de la realidad, y nos inocula con sus versos universales con la inocencia de quien cándidamente nos confía los retales marchitos o felices de sus propios días.

Así es como Vuelta en U, se adelanta a escribir unos versos que yo pude haber escrito:

No vuelvas tú.
No te filtres por mis ventanas,
No te resbales por mi verano.
No te confundas en mi espalda.
Quédate ahí, endulzándoles la lengua
a las hormigas,

Con tus sueños,
tu semblanza,
y tu piano.

Y es que nuestra memoria es un martillo insistente, cuanta mayor es nuestra voluntad de olvidar mayores son las indeseadas vueltas, y eso lastra nuestra carrera perpetua hacia el futuro. ¡Qué más da! Habría que añadir, si lo que no puede la poderosa voluntad de estos versos mántricos, nos lo regala más tarde el Alzheimer, muy a nuestro pesar.

Pero no, aquí me detengo en tres versos: No vuelvas tú. || Quédate ahí, endulzándoles la lengua || a las hormigas, la elegancia críptica de estas palabras toca fondos que reverberan audaces, guerreros y minerales, como nuestros propios huesos.

No hay pierde, este volumen de poesía reunida, merece más de una lectura. Es un logro completo, pues la misma autora ha confesado haber hecho su selección y luego depurarla, para después perfeccionar sus criterios y reducirla, hasta que afortunadamente decidió que no más, entregó el original y lo hizo libro.

En su obra, El principio poético, Edgar Allan Poe establece que la poesía, como ejercicio de escritura, es la creación rítmica de la belleza; que sus relaciones con el intelecto y la conciencia son colaterales, pero aclara, “A menos que, incidentalmente, no tenga nada que ver con el deber o la verdad.”

Así que, lectores como somos de la poesía que lo habita todo, lectores de los versos con poesía bellamente decantada, es nuestro deber, incitar a que todos traduzcan la poesía que viven y que habitan, a los versos pues me parece una sociedad utópica y muy deseable.

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Texto leído durante la presentación del libro Creaturas cotidianas, de Jasmín Cacheux, el pasado viernes 4 de octubre en el Teatro Narciso Mendoza de Cuautla.
Manos llenas de sol | Yo lector | Juan Pablo Picazo | José Antonio Aspe

Yo lector

Sol y sombra a manos llenas

Juan Pablo Picazo

Dicen las viejas costumbres que como todo, cada lectura es un viaje, como lo es cada vida; y si hablamos de una vida contada y escrita, y en su oportunidad leída, el viaje se ramifica, se transforma, se convierte en muchos viajes: el de quien ha vivido, el de quien le escucha contar esa vida, el de quien escribe esa vida, el de los muchos que habrán de leerla. José Antonio Aspe lo escribió así: “…es sabido que los viajes son, finalmente, una correría en donde el desenlace no está escrito. Así es la aventura, así es la vida.”

En su novela Manos llenas de sol, Aspe nos cuenta la vida de don Daniel Bustamante Beltrán; le recrea, le deja andar a su aire por los caminos que le tocaron, como se dice en nuestros profundos pueblos, y le acompaña en todo tiempo como un testigo que estuvo ahí sin siquiera adivinar que estaba, que estaría y que su tarea sería la de prestar testimonio de cada paso, cada misterio, cada pena.

Es la vida de un hombre común, una vida universal que en su transcurso retrata al detalle un México que era y dejó de ser, uno que se venía gestando y también pasó, uno que se acaba mientras conversamos con estas letras y que recién dejó don Daniel, en 2014. José Antonio Aspe le acompaña en las frescas estancias de la casa de su tía Felipa, donde se crió allá en el viejo Teloloapan, y se va con él a los ranchos y caseríos del campo a visitar a su familia, a contemplar la obra de Dios, a presenciar las violencias atávicas de los guerrerenses y los morelenses, que bien pudieron ser aqueos, persas, casi no importa.

Como todos, don Daniel fue un hombre dividido. A él lo partieron el amor, el desasosiego, la ignorancia y la avaricia de quienes le rodearon en su infancia, y debió reunificarse solo a fuerza de abandono, hambre y miedo. Una de las experiencias que le templaron el corazón fue la noche en que su madre salió en la oscuridad de la sierra a buscar una partera acompañada por el resto de sus hijos. La negrura, los dolores, los gritos contenidos, los ruidos de los predadores y el peligro de los barrancos entre muchas otras circunstancias, le hicieron remontar años en una sola noche.

Los personajes que le rodean son intensos: El padre, silencioso, fuerte, resentido, imponente, cariñoso y brutal; la madre arquetípica de otros tiempos: dueña de sí, resignada, sumisa, incansable; las hermanas, muy distintas, pero trabajadoras y decididas, compañeras de uno u otro modo; y el hermano menor más silencioso que el padre, atrapado en un mundo alterno en el que no deja entrar a nadie y del que nunca sale, ni en las circunstancias más apremiantes.

Y en cada página, en cada palabra y cada letra, la vida que se afana con hacer todas las suyas, lanzando todos sus anzuelos, desplegando todas sus trampas, haciéndose perpetuar y repetirse, renovarse y reinventarse. Una demostración de cómo cada decisión tomada cancela los otros posibles destinos para siempre, de cómo errores y aciertos son lo mismo apenas, y sirven al propósito del ciclo en el que las gentes, a pesar de sus odios y vergüenzas, de sus pecados y desvergüenzas, danzan el mismo baile desde la noche de los tiempos, cumpliendo con los instintos y reprimiéndose con las hechizas leyes humanas que les atan.

Vida, amor, muerte, odio, prosperidad, pobreza, dualidad, brujería, tradición, lealtad, crimen, terror, vicios, y más se agregan y disuelven en el conjunto para condimentar la vida de un hombre que en su momento confesó haberlo visto todo; que en su momento tuvo el valor de contar cada mal paso, cada bajeza cometida, cada lección aprendida, cada salvación lograda y cada esperanza fundada, sostenida y revelada como su legado.

José Antonio Aspe alcanza indudablemente una de sus cumbres con este trabajo novelístico: la prosa se afina y adquiere versatilidad al disolverse en la voz de otro hombre; el estilo se desliza natural bajo los hechos, sin contaminar la escena, hay momentos de enorme lucidez que recuerdan los destellos sentenciosos y sapienciales de trabajos como el Silas Marner de George Elliott, por ejemplo.

Pero dejemos el comentario hasta aquí que lo importante es la lectura de la obra, lo merece. De este mismo autor son también los libros: Navíos y naufragios, Constanza, Tentación de decir, y Cuernavaca, recuentos y reencuentros, y además, vale decirlo, es uno de nuestros colaboradores.

El silencio del bosque, poemario de Ángel Cuevas, Yo lector, Juan Pablo Picazo, La hormega

Yo lector

El silencio elocuente

Juan Pablo Picazo

Cualquiera dirá, desde el entendimiento simple, que el silencio es lo opuesto a la expresión; y para esas mentes simples bastará. La vida, el arte y los acontecimientos diarios, no obstante, nos han dado muestra más de una vez que no es así. El silencio es de suyo una serie de posibilidades como lienzo, fondo, pauta, renglón, cimiento y causa, y más allá, el silencio es cuchillo, llaga, bofetón universal inequívoco; y es también adhesión, asentimiento, declaración de amor o el inicio de la guerra. Todo depende de los actores, todo depende de los escenarios, todo de la temporalidad e intemporalidad en que hace su humilde acto de presencia.

No hace mucho yo me lo encontré en un libro, en el título del libro, valdría decir: El silencio del bosque. Y el silencio también estaba en la reputación del autor: Ángel Cuevas, poeta. Miembro del Taller de poesía y silencio y escritor que trabaja sin ruido ni aspavientos. El silencio, ese que me había encontrado, denotaba ya un carácter fundacional, original, grávido, apuntaba a la meditación, al basamento para enraizar la creación y hacerle prodigar los frutos en la lectura, la imaginación, los ojos el entendimiento sorprendido de un lector desprevenido como el que soy.

El autor es un hombre silencioso, que no callado. Pero parece regodearse en silencios muy similares a los de Emilio Adolfo Westphalen, el llamado poeta de los largos silencios, joya del Perú hermano. Anda por el mundo en una paz nacida de múltiples certezas de las que puede dudarse a pleno gusto. El volumen del que aquí hablo es breve, blanco como el silencio cromático, y para mayores señas, un sello editorial que evoca ese mismo silencio: Ediciones sin nombre.

Publicado hacia 2010, este sencillo pero intenso volumen te rapta, hurta tu cotidiano espacio y de golpe te pone a hervir humildemente como parte de un caldo primigenio de la selva, del bosque, de la vida misma, de la secreta putrefacción de la que la vida –toda vida– nace. Mis ojos fueron tomados por sorpresa por estos versos agudos y brillantes, por las imágenes sobrias, sombrías y reptantes, y por una historia que al final asciende del cieno a las luminosas copas de los árboles, gigantes centinelas.

El agua oscura comienza a removerse. Del
blanco al negro y al violeta, la espuma hierve.

Y el primer cuadro ya está. A su alrededor hay otras palabras que son momento, contexto, fuerza. Estos dos versos son la génesis,la agitación original, el despertar de una cadena viva que lo abarca todo, mis ojos y mis huesos incluidos, entrados a la lectura, no puedo evitarlo, soy la lechuza, la hoja, la serpiente la flecha y la luz, el viento y los rituales más antiguos y sagrados que todos desconocen.

El poeta José María Espinasa, escribió en la cuarta de forros: “El silencio del bosque de Ángel Cuevas es uno de esos libros que aparecen muy de vez en cuando, con una concentración total en aquello que se quiere decir, sin dejar entrar la menor interferencia del ruido ambiente…” Concentración total, dice el también editor. Esa concentración posible solo en el punto en que una gran explosión primigenia, una suerte de big bang, está por producirse.

El poeta, quien durante el viaje además recupera os significados de su infancia que se expresaba en dibujos antaño incomprensibles, deja de ser protagonista para sumarse al concierto naciente de la vida, y sin dejar de ser también un cronista del milagro, cambia la pluma por un élitro que agita en consonancia con el flamear de las frondas y el canto de los gallos, escucha con la humildad de cosa entre las cosas, de vida pequeña entre los grandes monumentos vivos. Nos entrega, calor, frío, miedo, sorpresa, dolor, algarabía, deseo, temor reverencial a lo desconocido, cantos, chapoteos y refriega en un solo volumen.

Los versos no terminan todo el tiempo, todos ellos o casi, aparecen encabalgados, forman una luenga música discorde con las humanas costumbres, como recreando la música de la naturaleza que a veces es irregular y al oído profano puede parecer fruto de enmarañadas distonías. Pero no. El poeta cambia los ritmos académicos por los que se escuchan en el amanecer, por los del crepitar, el chapoteo y la llamada iniciática del bosque que sólo parece callado, pero que habla en silencios plenos.

Acaso el epígrafe del poeta griego Yorgos Seferis elegido por el autor como prólogo para su obra apenas y nos dé un indicio de hacia donde vamos: “Y caía en el sueño a medida que del sueño yo salía”, nada menos que aquel estado de ensoñación propio de los grandes poetas del que Gastón Bachelard habla con tanta exactitud. Los versos se presentan sin pedir permiso, dicen lo suyo dejan su aroma ineludible en el lector, quien no puede menos que dejar el asombro en el momento mismo en que el asombro comienza a poseerlo:

Dos surcos cristalinos. Después de la lluvia,
entre la espesura, hay verdes plata y verdes oro.
Los seguimos.

Allí construiremos una casa. Ya no hay sol en las
hojas. Una casa de piedra. Una cabeza a ras del
suelo que abra los ojos y mire al cielo.