Creaturas cotidianas | La hormega

Yo lector

La poesía, esa creatura cotidiana

Juan Pablo Picazo

Uno en los libros, uno es los libros

Leer es un oficio necesario. Uno suele creer que la lectura es el desciframiento de códigos representados por letras en un papel, y ya. No. Mentira. Para leer es necesario saber que la poesía lo habita todo. Hay que extraerla de ahí, traducirla a los lenguajes humanos, y entregarla a las personas para que a su vez la lean con mayor facilidad, y mantener así la salud del mundo; que en verdad es muy precaria en estos días que nos ha tocado vivir.

Y sin embargo, a veces pienso que sería más fácil si nos enseñaran a leerla directamente de las cosas; pero me doy cuenta de que en verdad es así, que todos, ustedes y yo, leemos la poesía contenida en cada cosa cada día, y lo hacemos sin saberlo. Así pues, leemos las manos, los pasos que resuenan, el aire y su humedad, los posos del café, los ojos amados, los gestos, las nubes, los sabores, la piel ajena, los perfumes, los adoquines y la terracería. Leemos también la lluvia, los autos, los astros, los grillos, nuestros sueños y nuestras ensoñaciones.

Todo, diariamente lo leemos todo, y en correspondencia, cada uno de nosotros somos leídos por todos los demás. Pero hay de lectores a lectores. Y también hay leedores, así como existen los no-lectores de muchos tipos.

Así como dicen que todos los hombres son iguales y yo me veo siempre en la penosa necesidad de aclarar que existimos algunos hombres más iguales que otros, así más o menos somos los lectores. Un libro nos gusta, o lo odiamos. Un libro nos llega hasta las papilas gustativas, o lo evitamos lo mejor posible hasta que alguien o algo lo hurta de nuestra atención devolviéndolo a la nada que hemos decidido no abarcar.

Hay libros sin embargo, que nos recuerdan la más cruel de las verdades: todos los libros tratan de uno mismo, de su persona. Si leyendo te das cuenta que no hay nada de ti en esas líneas, (miedo, asombro, odio, familiaridad, extrañeza, sombras, luces, cansancio, deseo, dolor, alegría, muerte o vida, entre otras cosillas como esas) entonces no trata de nada, ha dejado de ser libro, aunque lo sea para otros.

Pero no hay nada con encontrarse en un libro famoso o bien llamado a serlo, versos que suenan a uno mismo; como si majaderamente el autor o autora que leemos, se hubiere adelantado un par de siglos a vivir, sólo con la malsana intención de ganarnos la partida.

Las creaturas de Jasmín son mis creaturas

¿Cómo es esto? En tanto lectores, somos los intérpretes, la resonancia y hasta la co creación de la obra, dependiendo de qué teoría acerca de la comprensión lectora siga cada quién. Lo cierto es que nuestra interpretación transforma la obra, la resignifica, le añade valores, vasos comunicantes con otras voces y otras estéticas que naturalmente amamos, eso es la apropiación de la obra.

Una de las gracias que me han atado a Creaturas cotidianas, libro de Jasmín Cacheux, es que primero algunos versos, luego algunos poemas, me han parecido como cosa mía; y eso que de los veinte años que la autora lleva viviendo en Morelos, la he conocido hasta hace poco, muy poco ciertamente.

Y es que nada más en abrir las hojas, cual prístino lector inocente, uno es arrebatado y trasuntado, por no decir víctima de una auténtica metempsicosis, lo juro. Y lo pruebo con un par de estrofas:

Díganle que la he querido
que estoy entera, dolorosa,
inexacta, nítida,
que sigo siendo,
que estoy, no duermo.

Díganle que he sido sustancial,
incorpórea,
y que en su cuerpo desgranado
se quedó conmigo
la necia costumbre de ahogarme.

Y es que esa misma necia costumbre de ahogarme la tengo, y no sólo en el sentido figurado, sino en el real, a saber: se trata de algunos ataques que al contarse, parecen cosa de risa, pero no lo son porque se enfrenta uno de tal manera con la juguetona muerte, que queda incorpóreo y sustancial, convertido casi en prueba viva de la transmigración de las almas, que se mueven enteras, adoloridas, e inexactas en medio de los que se dicen vivos.

Confío queridos y queridas mías hoy presentes, que habrán de perdonarme esa personalísima licencia, pero la culpa es de Jasmín Cacheux, que como buena poeta, seguro practica algún tipo de voyeurismo cósmico que le permite, con mirada de escalpelo, identificar una por una, las finísimas capas de la realidad, y nos inocula con sus versos universales con la inocencia de quien cándidamente nos confía los retales marchitos o felices de sus propios días.

Así es como Vuelta en U, se adelanta a escribir unos versos que yo pude haber escrito:

No vuelvas tú.
No te filtres por mis ventanas,
No te resbales por mi verano.
No te confundas en mi espalda.
Quédate ahí, endulzándoles la lengua
a las hormigas,

Con tus sueños,
tu semblanza,
y tu piano.

Y es que nuestra memoria es un martillo insistente, cuanta mayor es nuestra voluntad de olvidar mayores son las indeseadas vueltas, y eso lastra nuestra carrera perpetua hacia el futuro. ¡Qué más da! Habría que añadir, si lo que no puede la poderosa voluntad de estos versos mántricos, nos lo regala más tarde el Alzheimer, muy a nuestro pesar.

Pero no, aquí me detengo en tres versos: No vuelvas tú. || Quédate ahí, endulzándoles la lengua || a las hormigas, la elegancia críptica de estas palabras toca fondos que reverberan audaces, guerreros y minerales, como nuestros propios huesos.

No hay pierde, este volumen de poesía reunida, merece más de una lectura. Es un logro completo, pues la misma autora ha confesado haber hecho su selección y luego depurarla, para después perfeccionar sus criterios y reducirla, hasta que afortunadamente decidió que no más, entregó el original y lo hizo libro.

En su obra, El principio poético, Edgar Allan Poe establece que la poesía, como ejercicio de escritura, es la creación rítmica de la belleza; que sus relaciones con el intelecto y la conciencia son colaterales, pero aclara, “A menos que, incidentalmente, no tenga nada que ver con el deber o la verdad.”

Así que, lectores como somos de la poesía que lo habita todo, lectores de los versos con poesía bellamente decantada, es nuestro deber, incitar a que todos traduzcan la poesía que viven y que habitan, a los versos pues me parece una sociedad utópica y muy deseable.

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Texto leído durante la presentación del libro Creaturas cotidianas, de Jasmín Cacheux, el pasado viernes 4 de octubre en el Teatro Narciso Mendoza de Cuautla.
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Locutorio

Jasmín, una novela y un poemario

Si quieres escuchar la versión radiofónica de esta entrevista, sigue este enlace.

Juan Pablo Picazo

— El riesgo de perder el asombro es la incapacidad para reconocer al otro, caminar sin voz y sin alma, sin algo por decir. Así responde Jasmín Cacheux mi última pregunta de la noche, luego de presentar su libro Creaturas cotidianas en la Sala Gabriel Figueroa del Cine Morelos, en Cuernavaca.

Antes ha dicho que, de entrada, el riesgo es sumergirnos en la monotonía, en la ensimismidad, y convertirnos en los hombres grises de los que habló Michael Ende, y que la prisa omnipresente de nuestro tiempo así nos condena. Por ello se escribe, dice, para conservar nuestro sentido del asombro, ahí donde los demás se miran devorados por la rutina; para ayudar a los otros a conservarlo y que no se consuman en una vida vacía, en una mirada carente de estímulos y significados.

Ha ganado el Premio Nacional Dolores Castro 2018, un premio dedicado a la literatura escrita por mujeres. Habrá de recibirlo el próximo 22 de octubre en una ceremonia, según me comentó días después. La cita es en Aguascalientes, el dicho premio en su modalidad de narrativa, le fue concedido luego de que su obra Martha, una carta, fue escogida entre un total de 41 trabajos presentados.

Puestos a indagar sobre su relación personal con los géneros literarios, para ella tan importantes en el “urgente” afán de convertirse en una escritora completa, nos cuenta:

– Primero vino la palabra; pero cuando me encontré la sonoridad, me acerqué a la poesía. Pero sin lugar a dudas de lo que yo he estado llena siempre, es de historias. Por eso mi broma permanente de “con urgencia de ser novelista”, porque había historias que quería contar. Pero había tanta sonoridad con la poesía, que de pronto no sabía cómo acercarme a esa narrativa. La novela es lo primero que siempre quise escribir.

Martha, una carta, nos cuenta, es una conversación epistolar entre una madre y su hija, quienes han dejado de verse durante muchos años, y que así reanudan su comunicación. En esas cartas –abunda– aparece el personaje paterno cuya presencia en el diálogo, sirve para acercar a dos mujeres. “Es una novela amorosa desde el punto de vista de la filialidad y la sororidad”, define.

Es veracruzana de nacimiento, morelense por elección, dice. Contó en aquella presentación incluso, que la sala donde presentó Creaturas cotidianas un sábado de agosto, fue uno de los primeros recintos culturales de su nueva ciudad que visitó recién llegada a Cuernavaca. A la mesa esa noche le acompañaron Itzel A. Sosa, poeta, traductora literaria y científica social. Denisse Buendía, poeta y también ganadora del Dolores Castro. Daniel Zetina, su editor, quien es también escritor. José Luis Pescador, artista visual y conocedor de su obra.

Cada uno lee o improvisa una reflexión sobre la obra de la autora. Cada cual lee su poema favorito de la colección. La presentación transcurre en un diálogo que fluye natural, y es coronado con la lectura en propia voz de la escritora galardonada, de algunos de sus poemas más amados en la edición. Luego vendrá la firma de libros, la sesión de fotod con los asitentes y un desfile inacabable de parabienes, sonrisas, abrazos y cómo no, más, muchos más aplausos.

Este libro de poesía reunida, Creaturas cotidianas, se publica bajo el sello de Ediciones Zetina es, en opinión de Itzel A. Sosa, el cumplimiento de un sueño que juntas concibieron hace muchos años cuando tallereaban muchos de esos poemas en el colectivo Siete Cuervos. Agregó que además celebra la versatilidad y el oficio de una autora a la que conoce desde siempre

Creaturas cotidianas, nos dice la autora, no guarda relación alguna con la novela premiada, pero que su próximo libro de poesía, Treinta y seis apuntes sobre mi piel, comparte con ella esta exploración profunda sobre el ser y el hacer femenino, una suerte de reconocimiento personal.

Para llegar a donde está, la novela Martha, una carta, debió atravesar diversas dificultades propias del trabajo creativo que hicieron para Cacheux el trabajo más interesante; confiesa que en principio se desviaba del objetiva sin apenas darse cuenta, y que en algún momento comprendió que “la magia ocurre con los personajes, aunque quizá las historias puedan ser las mismas.” Más aún, dice Cacheux, Martha, una carta es fruto de una casualidad, y que así comenzó “como comienzan las cosas que vale la pena contar.”