Incierta certeza

Vértigo

Por Luis Ernesto González

Imposible, improbable.
Aquello de cuántas contra una de nacer,
aquello de encontrarnos en el tiempo,
aquello de darnos, entre ruinas,
una oportunidad.

¿Has mirado la noche
y te has sentido ella?

Vértigo da,
mi amor,
y en mí
inevitablemente
florece lo que tanto yo quisiera
poder llamar sagrado.
Se levantan mis ojos a lo alto
en agradecimiento.

Y si es casualidad,
que ella –ella,
la casualidad,
la hija del sinsentido– mire mis ojos:
no podrá no compartir el vértigo
si mis ojos se rompen al mirarla.
Un instante
será tan suficiente
para que invente –el azar, que lo invente el azar–,
para que invente un dios
–o lo descubra–.

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Volver al viento

Cantigas a la Cábala (nueva versión)

Por Alejandro Chao Barona

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Y aunque hoy por hoy nada seas en su presencia,
los dioses empequeñecerán ante tu grandeza, en
cuanto la alquimia transmute tu ceniza en gloria
—escribe insondable el querúbico Ángel Silesius…

Tendido en el mínimo peralte de un alto risco,
Prometeo contempla pávido revolotear al águila…

¡Honra con tu sangre a la gran Atenea Fiera,
ofrécele en sacrificio la esencia de tu vida y
serás un búho de plata en el hombro de la diosa!
—canta el poeta…

Divago, pero estoy atento a la apertura
de ese diálogo escandido que permita
aclarar la hondura mítica del Espíritu…

Avidez, afán, asedio, requiebro, cortejo:
hasta derribar sus Límites Perfectos…

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Yo lector

Errante dualidad de arena

Por Juan Pablo Picazo

Cuando Bárbara me regaló ese libro, lo hacía poseída aún por la emoción que le causó su lectura. En ella toda residía el asombro. En la dedicatoria escribió: “Para Juancho –sólo recuerdo que dos personas me hayan llamado así en la vida-, por todos los libros que no te regalé y que quizá ni te regale. Ojala este sea un buen justificante y lo disfrutes tanto como yo.” Eso fue un octubre. Concluí su lectura en abril. Siete meses me llevó no por desidia ni por falta de gusto, sino por lo contrario: leer en él me traspasaba como una charla con la muerte acerca de todas mis certezas; como un examen de todas mis incertidumbres. Curiosamente se requiere franquear siete extrañas puertas que sólo pueden abrirse cuando uno encuentra las siete llaves que las abren. No fue mera coincidencia.

El niño de arena (Joaquín Mortiz, México, 1996, traducción de Una Pérez-Ruiz), es una obra mayúscula venida a luz desde Tahar Ben Jelloun, escritor nacido en Marruecos hacia 1944, cuya vasta obra se encuentra lo mismo en el ensayo que en la novela, en la poesía que en el drama y por supuesto, en la narrativa corta y tiene, entre otros títulos, La noche sagrada, Día de silencio en Tánger y El hombre quebrado.

Espíritu universal y erudito, Ben Jelloun pasea sus personajes lo mismo por Marraquech, que Buenos Aires; el desierto que la mar; la ficción viciada de un hombre sin imaginación que inventa el final de una historia, que las múltiples leyendas urbanas escuchadas a informantes anónimos. Los define y entrega completos y, cuando nos sentimos en posesión de ellos, se mueven en transmutaciones alquímicas que dejan al lector tan ignorante como al principio del relato, pero más hambriento de historias.

El niño de Arena, es una novela que narra la vida necesariamente solitaria y silenciosa de Mohammed Ahmed, patriarca inteligente, violento, solitario y algo loco que heredó la autoridad y potestad sobre la familia y sus haberes y que un día, luego de vivir retirado en su habitación durante una temporada, desapareció. En esta novela se sigue también la pista de Lalla Zahra, una mujer barbada, de apariencia asexual como los ángeles, que vive con una “familia” de artistas ambulantes de la peor ralea, de la cual habrá de huir no tanto para salvar su vida sino para encontrarse a sí misma.

A través de una técnica narrativa que se denomina nube de testigos, usada originalmente por los novelistas siglo XIX –Joseph Conrad y Emily Brontë entre otros- y con antecedentes en el Renacimiento europeo, Tahar Ben Jelloun nos lleva a recorrer una vida que sobrecoge y conmociona, pues cada narrador: el diario de Ahmed; el contador de cuentos, un personaje anónimo que asegura conocer los hechos e irrumpe en la narración; el ciego escritor argentino que se parece a Jorge Luis Borges y hace sospechar un velado homenaje; la sobrina de Ahmed que entrega el diario al contador de cuentos y Salem, Amar y Fatuma, nos dan una versión diferente asumiendo cada uno la inamovible verdad de su relato.

Ahmed y Lalla Zahra tienen algo en más en común: son la misma persona. Encarnan la mentira que salvó el honor y la fortuna del alfarero Hadj Ahmed Suleimán, son la oportunidad de instrucción para una mujer en medio de un Islam salvaje cuyo destino sería por el contrario, el desprecio y la invisibilidad; personifican la denuncia contra una sociedad capaz de idear contra la afrenta de tener hijas, un pozo de misericordia en donde los avergonzados padres pueden allegarse de noche, atar una pesada piedra al tobillo de la recién nacida y lanzarla a las oscuras aguas para ahorrarle una vida de maltrato y sufrimiento.

La eterna guerra entre hombre y mujer, esa que los evangelistas de la genómica tienen fe en explicar dentro de poco a través del minucioso estudio del diferencial encarnado por los genes xy en los varones y xx en las mujeres, adquiere una óptica diferente y privilegiada desde los ojos de esta dama que, siendo un varón funcional en la sociedad marroquí, decide redescubrirse a sí misma y la exploración de los senos que han permanecido fuertemente vendados y el sexo que destila su ansiedad contenida durante años, son apenas el principio, pues debe aprender a ver, hablar, caminar y sentir como mujer.

A pesar de todo lo que se conoce de Ahmed-Zahra, es un enigma, su espíritu, educado a la manera de los hombres no se siente a salvo al lado de las mujeres e intuye que se le busca por usurpar la identidad de un varón, recibir una herencia indebidamente y otros crímenes lo mismo religiosos que civiles a un tiempo y por ello vaga por Marruecos, España, Argentina… o ¿no salió nunca de casa y murió allí un día en que su nana, la fiel y anciana Malika le descubrió con los ojos cristalizados y la frente exangüe?

Como sea, Ahmed nos deja seguirle paso a paso durante su vida, nos hace testigos de cómo, siendo muy pequeño iba semanalmente al Hammam con su madre y otras mujeres adultas; cómo luego, porque “ya se está convirtiendo en hombrecito” acompaña al mismo sitio a su padre, donde sorprende a los más santos varones en inconfesables actos. Su educación, su destreza para las riñas callejeras con otros muchachos de su edad, su relevo del padre en los negocios familiares… a través de todo ello nos retrata un mundo con toda la fuerza de su hipocresía y su inercia venenosa.

Sigo pensando que todo se le otorga al escritor para que lo utilice: el placer tanto como el dolor, el recuerdo tanto como el olvido –escribe Tahar Ben Jelloun a través del ciego que busca a Zahra por todo el mundo-. Tal vez termine por saber quién soy. Pero eso es otra historia.” Y es que en El niño de arena, las anécdotas se multiplican a través de los narradores y estos a su vez las multiplican hasta hacerlas quebradizas, extrañas, ilegibles casi ¿pero qué no es así la vida? Léalo y sabrá.

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Noctívago

Indigestible

Por Juan Pablo Picazo

 

Conviene resistirse

con todo a la belleza:

requiebro del camino, cerrar los ojos,

esconder incluso el tacto,

el gusto y las orejas.

 

La belleza acecha

con tentaculares celadas

reptando en el paisaje

y nuestras casas.

 

Y uno siempre se descuida,

y ya es tarde

para cuando regurgita adaggios,

mira los versos creciéndole en la piel

y encuentra el mundo

trazado a la manera impresionista,

ya es muy tarde si además

enmudece en la contemplación

y canta.

 

Entonces el miedo inmoviliza,

atraviesa el corazón

y viene la muerte

a recordarnos

quiénes somos,

pero no es ella quien nos duele

lo que nos asusta es la eternidad

viviente en las cosas fugaces que somos.

 

Ya inmóviles entonces,

los tentáculos nos llevan

a la luminosa boca de la belleza,

donde seccionados, desgarrados y triturados,

somos una papilla apenas

con una sola gota de conciencia,

y nos apagamos.

 

Abrimos los ojos después

en una resurrección doliente,

y enfrentamos el mundo

con sus horrores nuevos y devastadores,

con su ácida grisura,

hasta caer de nuevo en la trampa.

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Incierta certeza

No habrá Juicio Final

Por Luis Ernesto González

No será como lo has imaginado.
No, no habrá cielos
desgarrados
por el relámpago de las acusaciones.
No, no verás
el ácido derritiendo tu epidermis.
Nada de te has portado tan mal…
qué putrefacta
el alma que te di como diamante.

No será así.
Dios no juega
a impresionar a nadie con la pirotecnia.

Y tampoco será
la serena reunión de tu sombra en la sombra.
La renuncia episódica o de súbito
de quien fuiste hasta ahora.

La máquina trituradora de lo orgánico…

Imagínate un fruto
ahorcado hasta la muerte
para que dé otro fruto.
El fruto de ese fruto,
con una gota basta,
será la luz del primer día,
la que alumbró tu infancia (ahora mismo
la puedes recordar),
la que te dio un amigo, la  que vio una sonrisa
como llave de un fuego bienhechor,
la que abrazó el silencio
y lo pasó por ti,
por el prisma de ti,
para alcanzar todo el espectro
de la luz silenciosa.

Así será.
Así será. Un resumen
de cuanto en el amor te fue posible.
Sí, aquel que vio el infierno,
apocalipsis de carrozas atroces,
vio lo que vio pero no supo
entender lo que vio.
No era
el castigo feroz de los pecados:
Era una danza
de azul celeste y rojo
de carne sazonada por el tiempo
y algo tan transparente que ascendía
como un juego del aire
más allá del crepúsculo.

Duele la despedida
pero el Juicio
Final no llegará.
Lo que te espera…

el lento recordar de esos momentos
en que tocaste a Dios.

Ámalo todo, ámalo.
Que no encuentres vacío
cuando, al final, te encuentres
más allá de los juicios.

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Volver al viento

Cantigas a la Cábala (nueva versión)

Por Alejandro Chao Barona

Los inmortales establecen el código de la materia:
hidrógeno, helio, berilio, más cien permutaciones…

Pintan el arcoíris con breves matices de conciencia;
alientan a las combinaciones irrepetibles de la vida;

¡Tezcatlipoca abandona el Sexto Sol a Quetzalcóatl;
Ahura Mazda cede voz al rugido de Angra Mainyu!

Sacralidad del ritmo: cada átomo una letra; cada célula un poema;
el mundo está contenido en una sola semilla de mostaza –dijo…

Bemoles en las escalas de las negras armónicas y notas blancas;
semifusas: cantata y fuga en D menor, himno a la Pasión: ¡fíat!

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Yo lector

Efrén Rebolledo, dandy sicalíptico

Por Juan Pablo Picazo

Piense por un momento que usted es un poeta. Es usted uno de los más grandes de su tiempo sino el mayor y, sin embargo, no se siente a pleno gusto en su propio siglo y en su propia tierra. Imagine también que la musa lo fustiga con látigos flamígeros y le insta a tomar la pluma y volcar en el papel el fuego más desnudo y dulce que autor alguno haya impreso de su puño, y que luego su obra sea vista, en el mejor de los casos, con cordial reserva, pero también con prudente silencio y hasta escandalosa diatriba que no obstante fuerte, efímera.

¿Qué se hace ante tan majadera incomprensión, como diría Silvio Rodríguez? Charles Baudelaire, el mayor dandy de los franceses, despreció e ignoró a su siglo además de retratarlo con crueldad en su obra; Óscar Wilde, el dandy de los ingleses, usó y abusó de su genio para hacer patente la imbecilidad del mundo que le rodeaba; Efrén Rebolledo, dandy entre los mexicanos, guardó silencio y se guardó a sí mismo su refulgente obra sicalíptica.

Nacido el 8 de julio de 1877 en Actopan, entonces ─¿y ahora?─ una de las comunidades más pobres del estado de Hidalgo, Efrén Rebolledo fue abogado, escritor y diplomático y al fallecer en plena embajada el 10 de diciembre de 1929, dejó al mundo una docena de libros, la mayoría prácticamente desconocidos en nuestro país, no obstante que ciertas piezas de su extensa obra se antologan aquí y allá y son popularmente recitadas, y a veces, sin que el nombre del autor se consigne, como en el caso de su soneto titulado “Ausencia”: Mi corazón, enfermo de tu ausencia,/ expira de dolor porque te has ido/ ¿en donde está tu rostro bendecido?/ ¿qué sitios ilumina tu presencia? Lo más seguro es que lo reconozca, figura en el popular 50 poesías famosas de una nimia editorial que, dicho sea de paso, con más coraje que las grandes casas, ha sabido colocar sus ejemplares incluso en el transporte público y los mercados.

La bibliografía de Efrén Rebolledo puede resumirse así: El enemigo, novela publicada hacia 1900; Cuarzos, poemario de 1902; de 1903 data Más allá de las nubes (narrativa); Hilo de corales, poesía, escrito hacia 1904; Joyeles, poesía y Estela, más poesía, ambos en 1907, año en que también aparecen sus Rimas japonesas; el poemario Hojas de Bambú, publicado hacia 1910; Caro Victrix (carne victoriosa), fogoso libro de sonetos aparecido hacia 1916, mismo año en que aparecen también su novela Salamandra, Nikko y El desencanto de Dulcinea, así como su única obra de teatro conocida: El águila que cae; en 1922 publica Joyelero (poesía) y Saga de Sigfrida la blonda (narrativa).

De esa extensa y casi ignorada obra, resalta Caro Victrix1, su también llamado Libro de loco amor en el que ensalza el amor carnal invocando a personajes como Safo de Lesbos, Trsitán e Isolda, San Antonio y el Duque de Aumale. En este poemario, Rebolledo aborda temas como el deseo, la tentación, la homosexualidad, la soledad incendiada por el recuerdo de lo que las pupilas han gustado y la torpeza que se ha dado en oponer al sexo con las tinieblas.

¿Ha probado alguna vez uno de esos dulces de sabor intenso y muy profundo que una vez agotados dejan un agrio sabor de boca? A veces eso pasa cuando uno lee y al mismo tiempo, se renueva en uno el deseo de otro bocado semejante. Con Efrén Rebolledo pasa lo mismo, uno lee sus poemas de fuego y luego tiene la boca, las manos, el corazón helados y con un deseo salvaje de un soneto más.

Para muestra, un botón, uno de oro: InsomnioJidé, clamo, y tu forma idolatrada/ no viene a poner fin a mi agonía;/ Jidé, imploro, durante la sombría/ noche y cuando despunta la alborada.” “Te desea mi carne torturada,/ Jidé, Jidé, y recuerdo con porfía/ frescuras de tus brazos de ambrosía/ y esencias de tu boca de granada.” “Ven a aplacar las ansias de mi pecho,/ Jidé Jidé, sin ti como un maldito/ me debato en la lumbre de mi lecho;” “Jidé, sacia mi sed, amiga tierna,/ Jidé, Jidé, Jidé, y el vano grito/ rasga la noche lóbrega y eterna.”

A la luz de estos versos, resulta inevitable preguntarse cómo es que el mundo de su época lo relegó al olvido, Jorge Cuesta, en su polémica Antología de la poesía moderna mexicana3, dice: “Efrén Rebolledo ─quien desde hace tiempo dedica sus actividades a la diplomacia─ es uno de nuestros menos conocidos pero más valiosos poetas. Su obra, concebida dentro de un raro ideal de expresión erótica, podría comprarse con una parte muy admirada de la del argentino Lugones. Un paralelo entre los Doce gozos y los doce sonetos de Caro Victrix, sería fecundo en perspectivas críticas para la definición de Efrén Rebolledo.”3

La obra de este mexicano universal no puede clasificarse, aunque ha sido considerado decadentista, escritor del art noveau, modernista y romántico tardío, entre otras linduras. De todo ello tiene y más, sus imágenes incluyen alquímicas salamandras, fantasmagóricos cisnes, vampiros, lo mismo que el mármol y el nardo, los mirtos y el marfil, la santidad y lo escultórico. Aún más que eso, Rebolledo era un conocido amante y estudioso de las culturas nórdica y japonesa, entre otras de las muchas que sus misiones diplomáticas le habían permitido conocer.

Contemporáneo y amigo de Ramón López Velarde, y Enríque González Martínez, leer a Efrén Rebolledo, su críptica Salamandra o su emblemático Caro Victrix, es dar un sonoro y rotundo sí a la vida. “Posesión”: Se nublaron los cielos de tus ojos,/ y como una paloma agonizante,/ abatiste en mi pecho tu semblante/ que tiñó el rosicler de tus sonrojos.” “Jardín de nardos y de mirtos rojos/ era tu seno mórbido y fragante,/ y al sucumbir, abriste palpitante/ las puertas de marfil de tus hinojos.” “Me diste generosa tus ardientes/ labios, tu aguda lengua que cual fino/ dardo vibraba en medio de tus dientes.” “Y dócil, mustia, como débil hoja/ que gime cuando pasa el torbellino,/ gemiste de delicia y de congoja.” Atrévase a leerlo, difícilmente encontrará erotismo más fino.

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1 Rebolledo, Efrén Salamandra ─ Caro Victrix, Factoría ediciones, Colección La serpiente emplumada, no. 2 pp. 128 México, segunda edición, 1999

2 Cuesta, Jorge Antología de la poesía mexicana moderna, colección Lecturas mexicanas, primera serie, no. 99, SEP-Cultura, Fondo de Cultura Económica, México, 1985. pp.247

3 Cuesta, Jorge Op. Cit. p. 89.

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