Entreluz

Un cierto tufillo

Por Alberto González Carbajal

El sentido del olfato ha sido para su servidor una suerte de bendición. Más que otros, éste me ha permitido disfrutar el mundo de un modo absolutamente particular y es resultado de una suerte de afectación que alguna vez me fue diagnosticada como “hiperosmia genética” por un especialista, allá en mi muy lejana juventud, pero desde entonces ningún médico ha vuelto a decírmelo, ya que existe muy poca investigación al respecto. En pocas palabras, la ciencia no entiende bien por qué mi nariz detecta los olores con una intensidad anormal y, como no sé cuál es el “promedio”, no puedo decirles si percibo mucho más que los demás, o sólo un poco más, pero a lo mejor por eso soy medio narigón.

Como sea, el buen olfato ha sido una enorme ventaja para uno de mis pasatiempos favoritos: la cocina. Si cocino de un modo más o menos decente es gracias a que, cuando detecto los olores que emite cada alimento o condimento, mi cerebro procesa esta información (de algún modo que no alcanzo a explicar) y me indica a nivel instintivo cómo debo proceder para que el producto final sepa sabroso.

También me ha permitido apreciar algunos olores que me llevan a una especie de éxtasis: un durazno recién cortado, la semilla de los “dientes de león” frotados contra la palma de mi mano, el mar cuando está picado (y limpio), los bosques de coníferas al amanecer durante el verano, el campo sembrado con maíz después de la lluvia, el café recién molido (especialmente la variedad robusta con tueste medio), una copa de buen vino (beaujolais de manera preferente, aunque un buen merlot también es como una dulce caricia), algunas orquídeas (puedo quedarme como “ido” por muchos minutos con algunas minúsculas variedades de esta flor), la flor de azahar, las gardenias justo cuando están en botón, el olor de mis hijos y, por supuesto, el olor de la mujer de mi vida.

Contar con este asunto de una nariz hipersensible también me ha traído algunas complicaciones, como cuando (esto me lo contó mi señora madre) no quise saludar a una tía lejana, aficionada a tomar algunas tizanas de plantas medicinales: olía tanto a ruda y ajenjo que se me constipó la nariz.

O como cuando tenía que cambiarle los pañales, primero a mi hermana y luego a mis hijos, después de que habían comido sus primeras papillas de alimentos con alguna variedad de carne. Ah, qué canijo, pues una vez alcanzado el punto de saturación de mis papilas olfativas, mis ojos comenzaban a llorar como si fueran grifos abiertos.

Cuando me tocó vivir en los Estados Unidos, en mi primera entrada de la primavera caí en cama por eso que llaman “la fiebre del heno”; había tanto polen en el ambiente que mi cuerpo simplemente no supo cómo responder más que con una elevadísima fiebre, mucosidad abundante (llegué a pensar que se me iba a salir el cerebro) y un lloriqueo como de magdalena.

Y bueno, ni hablar de los olores corporales que se perciben en el Metro de esta ciudad, cualquier día después de las 6 de la tarde, especialmente en la época de calor. No es que les tenga aversión o repugnancia, lo que sucede es que me saturan de tal modo que inevitablemente me bloqueo; es demasiada información para procesar.

Por supuesto, si están pensando en eso de que “tener olfato” también quiere decir “darse cuenta de algo de modo casi intuitivo o anticipado”, bueno, como todos, uno está atento a lo que le interesa y percibe los signos y, como me dice un amigo, a lo mejor también tengo cierta “hiperosmia metafórica”.

Esta larga introducción es para comentarles que no sé si sólo sea yo, pero de un tiempo a la fecha (casi dos años para ser más exactos) percibo en el ambiente de este país un tufillo francamente repugnante, un olor tan desagradable que sólo me infunde desesperanza, enojo, angustia, impotencia… tristeza infinita. Como si tuviera la certeza de que las cosas van a terminar muy mal y que la puerta de salida es tan pequeña que no van a alcanzar a pasar todos. No me preocupa quién se salga, me preocupan los que se quedan y no alcanzan la salvación.

Siento (creo que cuando una percepción abstracta crece a un grado superlativo se comienza a sentir, así, en concreto) como si alguien se hubiera puesto a cocinar sin saber (o sabiendo, pero con mala leche y peores ingredientes), sin percibir y sin importar lo que los comensales querían en realidad y por lo que le estaban pagando: el resultado es un guiso tan putrefacto e incomible que ingerirlo inevitablemente llevará a la muerte de quien lo haga… la muerte de todos, menos la del cocinero, por supuesto.

Esta es mi percepción, tan subjetiva como la de todos, de este tufillo que se percibe en el ambiente, anunciando lo que nos espera en días y meses venideros, a menos que nos organicemos, de algún modo posible, y… cambiemos al cocinero.

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Noctìvago

Infranqueable

Por Juan Pablo Picazo

Se puede ir por ahí
sin desmentir las piedras
o confesar a las columnas
para saber historias
que merecen
dormir
en la ignorancia.

También se pueden comprar
imperios desleídos
y hacer con ellos
novedosas mercancías

Y mi pluma insiste
en contar las mismas cosas graves
que eluden la poesía
mientras el mundo
huele a muerte
y a terror nocturno.

Escurren buenos libros
de mis tinteros viejos,
pero no cuajan en sus moldes
y hacen falta el aire,
la soledad
y la certeza.

Luego amanece y calmo,
reencuentro intactos mis destinos
aguardando impacientes
su firme ejecución.

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Incierta certeza

Cíclico

Por Luis Ernesto González

Camino, piso, crujen, algo me lleva a ellas.
Me detengo. Me piden.
Levanto una hojita del otoño.
Hay silencio debajo.
Menos audible que el eco de su danza,
invisible como la mano secreta que la ha cortado,
con ese olor dorado de sus atardeceres,
de tanto amor y lluvias recogidos
en el dorso y la palma de su ciclo,
y ese sabor tan triste de la felicidad;
con la vida cumplida,
otoñece, otoña, contagia a la ciudad
que
por un instante apenas
deja el estruendo en manos
de su muda agonía.
Calla también mi mente.
Comprendo,
no comprendo…
va más allá. Soy esta hojita,
su silencio seré, ya soy el mío.
Es mi miedo el que grita.
Que otoñezca, que otoñe,
que encienda con poesía
este mar espejismo de mi ego.
Arda, manos de fuego, ramas al cielo y sus preguntas.
Caiga inerme.
Quede el rescoldo vivo,
cruja bajo los pies de nuevos caminantes.

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A través del espejo

Memoria de Temeswar (II de II)

Por Karla Winkler E.

Primera parte, click aquí

El sonido de la lluvia, el lamento de las aves y los quejidos de las calles anuncian las tristezas de un nuevo día. Adentro de la granja se sienten las respiraciones de sueños intranquilos y angustiantes.

Ana despierta sobresaltada, se incorpora y entre bostezos se viste y se dirige a la cocina tiritando.

Pone al fuego una olla con agua para prepararle un té a su madre. Ve que ha cesado un poco el frío y que el Sol empieza a alumbrar. ¡Hacía tiempo que no se percataba de esas cosas!

Ahora ya no sale a contemplar las montañas como antes; ahora contempla un infinito bosque en su fantasía. Es un inmenso jardín. Vive el paisaje de una vegetación imposible.

La luz del Sol comienza a iluminar las flores. Pero el corazón de Ana se entristece contemplando un paisaje así de bello. Y allí está ella, esperando entre fantasías la noticia de no tener que marcharse, de no tener que abandonar su tierra, su madre, su lengua, su vida; allí está Ana, tendida en una silla de cocina, entre olores insinuantes…

Una voz llega hasta ella desde muy lejos. La llama su madre. Comienza a vivir una especie de giro en su paisaje interior. Conoce que está justamente en un nuevo comienzo.

En ese punto, tiene dos imágenes: ambas igualmente fuertes y ciertas. Aquí: lo que debe abandonar, lo que no va a olvidar; allá: lo que surgirá, y con igual fuerza de vida y color. Está en el centro de esas dos verdades y siente que ese centro es el más hondo vacío. Y permanece perdida, incapaz de arriesgar una sola imagen.

De pronto se levanta, apaga el fuego, imagina el allá. Son frías y lejanas las sensaciones sobre aquel continente. No puede distinguir horizonte alguno a causa de que surgen ante sus ojos formas y sombras que es incapaz de evitar. También es incapaz de huir de aquellos horrorosos momentos que vivió su padre.

Piensa, mientras camina con el té en la mano, si significa para ella un destierro infernal o una oscura penitencia. Se le anuda la garganta, una desesperación la invade al comprender que está sometida a tan amarga aventura. Sabe que le será imposible volver.

Ana cierra los ojos, cierra los ojos con desesperación y se siente alegre de poder abandonar las dolorosas imágenes de su mente.

Se acerca a la ventana, apoya la frente contra el vidrio helado. Allí están los animales recibiendo la lluvia que no ha cesado de caer. El pasillo se inmoviliza, ordenado y silencioso. Todo parece detenerse. La vida. Trágica, definitiva, irremediable. Mientras, del fondo de las cosas parece brotar y subir una música siempre bella…

La mano de Ana resbala a lo largo de la ventana; siente que su cuerpo se desprende; sus dedos rozan las antiguas paredes de la casa. Allí, cerca de la habitación de Margaret, con el té comenzando a enfriarse, dicen una vez más sus dedos: “Adiós”.

Suspiros de miedo y de nostalgia se elevan hacia el cielo. La mano de Ana queda quieta junto a la ventana, sobre el llanto de su sangre.

Ana abraza a su madre y se aferra instintivamente a su cuerpo. Le zumban los oídos y la tierra que deja debajo de sus pies le produce una sensación de angustia.

Los hermanos abordan lentamente y sus grandes ojos miran con tristeza las paredes del barco en el que pronto partirán. Está lleno de gente. Los cinco, en silencio, buscan sus camarotes; el rumor de sus pisadas sobre el piso de madera se aleja poco a poco por los pasillos.

Con los codos en las rodillas y el pálido rostro entre las manos, muda e inmóvil, Ana parece no percibir a los pasajeros que caminan frente a ella. Sus ojos abiertos, sin expresión, húmedos de nostalgia, están fijos obstinadamente en dirección a su hogar, contemplando un panorama ya imaginario.

Los días y las horas pasan interminables. Ana camina por los estrechos corredores; cae una lluvia continua de gruesas gotas, pero no deja de ver la hermosura del paisaje, ni las parejas de enamorados, ni tampoco los grupos de jóvenes que pasan cantando junto a ella como imágenes de su vida feliz.

Largo, largo tiempo marcha en medio del viento tempestuoso, el mar, la lluvia y la oscuridad. Pero se distingue un aire distinto, un viento que sopla de las lejanas montañas, de los verdes valles y del inmenso mar. Ana camina hacia la parte más alta del barco sintiéndose perdida, rodando en una agonía, arrebatada para siempre de su hogar y, de pronto, el viento se torna caliente y le acerca un presentimiento de inmensa e inquietante confianza.

Se deja caer. Se apodera de ella una extraña sensación de serenidad y se queda profundamente dormida. Al despertar, se ve recostada sobre la cubierta, ve una claridad plena, percibe el perfume de la tierra y, enloquecida, sin aliento, corre hacia sus hermanos gritando: ¡Hemos llegado!

Hormega-Memoria de Temeswar (K. Winkler)

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26-11-10_2216

Juan Pablo Picazo, “Yo, lector”

 

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Incierta certeza

El rescoldo del miedo

Por Luis Ernesto González

Y descubres que un día vas a morir.
El imperio de tus vanidades
caerá sin hacer ruido.
Poco a poco te cubrirá el polvo.
Nunca habrás existido para los que aún no nacen.

Rompe tu primer miedo,
desnúdate ante ella,
ella,
la Muerte.

Deja que te traspase la luz que un día serás.
No tu cuerpo, él presiente gusanos o cenizas.
Mas puede ser rescoldo.

Sea cascarón tu cuerpo y dé a luz a tu luz.

Cuando, amada, en tu abrazo
asoma el infinito, estalla el corazón
y sonreímos,
no para continuarnos en la especie
sino por lo contrario, porque aquí terminamos el trabajo
de ser seres humanos,
crece en nosotros la certeza mayor
de estar fuera del tiempo.

Miras el techo, tus pulmones
respiran en su gozo. Saben su brevedad.
Afuera cae la noche.
Canta el grillo cercano, pasan los autos,
las sirenas que gritan la catástrofe,
la mentada y el claxon de los conductores,
conversaciones
cuyos fragmentos nos divierte ajustar
a historias más hermosas.

Más poco a poco el cascarón se restablece
y el deseo
de nacer otra vez. Y de besarnos.
La intensa llamarada de los miedos
fuegos fatuos. Y el llamado del Cosmos
crece en su no tiempo.
Y el valor de acudir.

Ella, la Muerte,
si logras encender cuanto es estrella
sobre el miedo en rescoldo…
ella, la Muerte, te habrá salvado
del verdadero horror:
no haber vivido nunca.

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El ornitorrinco

De El patito feo al ornitorrinco

Juan Pablo Picazo

En el viejo cuento titulado El Patito Feo, los buenos patos viven su feliz sociedad sujeta a la norma. Hay entre ellos como es natural en cualquier familia, desviaciones de la media que con todo, no escandalizan y sirven para acentuar lo que necesario para la mayoría, lo socialmente deseable, como dicen que Dios manda, cómo no.

Y claro, todo va bien hasta que en su seno se gesta uno cuya apariencia en principio, pero más tarde también su voz, sus modales y necesidad de mayor espacio, causan temor y repugnancia crecientes hasta el punto de que los buenos patos, obligados al mayor bien para el mayor número, optan por la expulsión, o como dicen que aconsejaba mi General Villa, primero maten y después viriguan, que para el caso es lo mismo.

Antes de verse lanzado, ese aparente infractor ha porfiado en hacerse aceptar por su entorno con lo mejor que posee en su arsenal. No obstante el rechazo se torna necesario para su maduración y le vemos emprender un viaje iniciático al más puro estilo de los héroes solares como Gilgamesh de Uruk; Odiseo de Ítaca y el propio Ce Ácatl Topiltzin Quetzalcóatl. El tal periplo le perfeccionará estirándole el cuello, fortaleciendo sus alas y embelleciendo sus formas de un modo que muchos consideran superior a la tosca estética de los patos.

En la tal historia el agraciado héroe prueba su valor, belleza y superior destino en un final feliz, que ni duda cabe. Niños, aplaudan que esa victoria parece no tener vuelta de hoja. No al menos hasta que algún resentido autor, ebrio de diatribas, tome el pergamino, lo raspe un poco aquí y un poco allá y consiga una afortunada parodia que lo trastoque todo, como dicen que manda el Diablo.

En eso que nos han enseñado a llamar la realidad, las cosas pintan un tanto distintas sin embargo pues no siempre los patos feos consiguen no ya digamos hacerse cisnes, sino que ni siquiera pueden hacer el viaje iniciático que al final importa más. Se les esclaviza y explota o se les convence con pericia de su fealdad y repugnancia al punto de que llegan a aceptarla como algo ineluctable y se entregan a su condición de lumpenestéticos abandonándose al ostracismo como sea.

Pero hay otros patos que no lo son y que tampoco se tornarán en cisnes; son mamíferos con cara de palmípedo a los que el escritor mexicano Juan Villoro, en una charla que tiempo hace sostuvimos a propósito de los despropósitos entre literatura y periodismo, empata con la crónica, de la que dice: A mí me pareció que la crónica se parece al ornitorrinco porque es un animal que podría ser cinco animales distintos y en realidad es uno a condición de no ser ninguno de los otros.

¿Qué tiene esto que ver con la navidad o con mi tío que vive en Toluca? Nada. Permítaseme tomar su aserto para un símil distinto. Ciertos cronistas somos ornitorrincos; es decir, patos endemoniadamente feos a quienes tanto los buenos cisnes literarios como los expeditos patos reporteriles miran con una culpable mezcla de desconfianza, envidia y desconsuelo.

Sabiéndose testigos de la historia diaria, los tales ornitorrincos son rechazados por la canalla periodística contra la que tanto advertía Karl Krauss; sabiéndose llamados a un destino superior que frisa en las elocuencias del aedo, son también rechazados por los dueños del parnaso. De modo que ni pato, ni cisne, el buen ornitorrinco ha de juntar sus lustrosas palabras y levantar un Helicón privado en tierra de nadie con las reglas a medias de uno a medias de otro y en la augusta vecindad de otros híbridos casi anónimos con quienes comparte esos destierros como faunos, sirenas y centauros.

Tal es este ornitorrinco —rústico homenaje a las jirafas garciamarquianas— un apenas territorio donde crece toda clase de hierba y trisca un bestiario en el que todo cabe.

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