Cosas pequeñas

Louise Bourgeois: tejer y no tejer

Por Anayansi Zozaya

A spider wanders aimlessly within the warmth of a shadow,
Not the regal creature of border caves
But the poor, misguided, directionless, familiar
Of some obscure Scottish poet.

Dick

El dolor no es igual para todos. Incluso cuando la causa de la aflicción sea la misma, no hay dos maneras de sentirla de idéntico modo. O nunca lo sabremos. Pero creo que quedamos heridos de maneras distintas y lidiamos con esas heridas de manera única. Es fascinante descubrir cómo, de entre las infinitas posibilidades para menguar el dolor, cada quien escoge una distinta.

Bourgeois escoge una parecida a la de la hija de Idmón. No igual. Sólo semejante. Asombrosa, porque deshace (su sufrimiento) haciendo imágenes exóticas y poderosas que relatan la historia de los encuentros tortuosos, o desencuentros, y de cómo fueron rebasados, incluso vengados.

Respecto al dolor, ella refiere dos movimientos ineludibles: deshacer y rehacer. Tejer y destejer.

El deshacer, en la escultora, implica un destejer en el sentido de estropear, de destruir, de vencer el tormento. Un destejer en el sentido de corregir la historia, deshilvanarla como para desaparecerla (aunque no desaparece). Ella, por ejemplo, literalmente, desarma al padre (quien representa la traición). Lo mutila. Lo convierte en pedazos de hombre. Miembros desarticulados.

La finalidad consiste en deshilachar el dolor. Dilatarlo hasta que pueda ser recuerdo. Retroceder.

El rehacer es posible con la rueca de la esperanza. Es la aceptación de que el tapiz no puede quedar a medias. Es la reconciliación con la existencia tal como es. Es la tenacidad de continuar la obra con apenas algunas hebras. Es la pulsión de la vida recuperada. La supervivencia. Es Penélope de día.

En estos dos movimientos oscilamos. Y en este ajetreo se ubica la obra de Bourgeois. Del dolor profundo a la burla, de la traición del padre a la ternura de la madre, de lo masculino a lo femenino, del exilio al hogar, de lo sólido a lo flexible, del olvido al reconocimiento, de la soledad al amor; y viceversa. Siempre viceversa.

Por eso Maman no es la araña que sólo urde. Se yergue, también majestuosa, pero inactiva. Paciente. Poniendo al mundo de lado. Porque muchas veces, muchas, no importa. Porque con erguirse y mirar es suficiente. Porque a veces basta con escuchar la respiración del mundo. Porque es fascinante mirar y comprender las infinitas posibilidades que tenemos los tejedores-destejedores para recuperarnos del dolor. Porque nuestro continuo movimiento va creando lienzos increíblemente hermosos.

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Entreluz

Orgullosamente UNAM

Por Alberto González Carbajal

Fueron tantas las descalificaciones que recibí cuando comenté que la capitana Nenetiti había decidido poner como primera opción en su examen de colocación del nivel bachillerato una escuela de la UNAM (Universidad Nacional Autónoma de México) que, en lugar de desanimarme, me dieron más alegría… sumada a esa rabia natural que surge cuando alguien insulta tus orígenes. Les enumero los vituperios más representativos:

  • “Va a ser muy difícil que se quede allí; son demasiados los que solicitan el ingreso a la UNAM”. (Dicho por alguien que hizo el intento tres veces y nunca lo logró.)
  • “¡Pero cómo se te ocurre; el nivel de las escuelas de la UNAM es bajísimo. La estás condenando a que luego busque un sueldo también bajísimo!”. (Sentencia emitida por un amigo que terminó por estudiar en una escuela de no mucho prestigio y menos reconocimiento y que ahora trabaja en la burocracia nacional.)
  • “¡No manches! ¡Se va a juntar con la pura plebe! ¡Tu hija se merece algo mejor!”. (Admonición soltada de golpe por una esposa que se casó con un nuevo rico que, antes de eso, despachaba en una tienda departamental.)
  • “Güey, pero si nadie contrata a gente egresada de la UNAM. Te pasas”. (Me lo dijo un gerente de recursos humanos… egresado de la UNAM.)
  • “Don Alberto, la está usted regando al permitirle que ella elija: hay cosas en las que uno, como padre, tiene que limitar la libertad de elección. Si no lo hace, al rato va a querer hacer lo que quiera… ¡y eso no se puede, no señor!”. (A bocajarro me lo suelta la esposa de un asociado mío, que se casó a los 18 años porque sus padres no le permitieron seguir estudiando.)

Lo cierto es que la decisión de mi hija mayor me hizo muy feliz. El que considerara que su camino estaba donde la mayor cantidad de conocimiento, vida y alegría (por puro volumen de estudiantes: casi 340,000 alumnos en el último ciclo escolar) se generan en este país y que, además, es mi alma mater, me hizo brincar de alegría.

Por otro lado, la llamada “Máxima casa de estudios” es, de acuerdo con las calificadoras internacionales más acreditadas, la mejor universidad del país y una de las 50 mejores del mundo. En la UNAM se hace de todo, en mayor cantidad y con mayor calidad, superados ya los años oscuros (de un rectorado infame a fines del milenio pasado, que culminó con una huelga igualmente infame) y dándole la vuelta a las leyendas negras que se tejieron en torno a ella. Hoy por hoy, la UNAM no es sólo una opción para quien no puede pagar sus estudios en un colegio privado (cuyos costos a nivel bachillerato van desde los 3,000 hasta los 16,000 pesos mexicanos mensuales, esto es entre 230 y 1,230 dólares de Estados Unidos) sino que es la mejor alternativa educativa de este país y, reitero, no lo digo yo: lo dicen los números que cualquiera puede consultar en estos tres enlaces: 1) UNAM; 2) El Economista; 3) Top Universities. 

Aun cuando los resultados oficiales no se han dado a conocer, tengo la absoluta certeza que mi escuincla se va a quedar allí; no puedo decir por qué, pero tengo ese total convencimiento. Y cuando aparezcan publicado el resultado, seguramente brincaré de alegría y brindaré a la salud de ésta, mi Universidad, la Universidad de todos los mexicanos, que, por supuesto no ronda ni de cerca la perfección, porque ésta no existe, pero sí es el punto de encuentro donde los diferentes tipos de seres humanos, de manera universal, están representados. Y así, además del conocimiento académico, mi hija aprenderá desde dentro cómo es realmente México y cuáles son sus mejores sueños.UNAM

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Noctívago

Inacabable

Por Juan Pablo Picazo

Tortuga, burbuja o laberinto,
no hay misterio
en lo que ninguno entiende:
heme aquí hilvanando versos
sin acceder al código
que tejió mis huesos.

Atisbo sombras,
comprendo las voces
que se ocultan,
y conozco los rostros
escondidos en las paredes,
pero nunca leo claro
las líneas de mis propias manos.

No hay quien,
no hay cuando,
sólo unos candados viejos
guardando antiguas puertas
ante nuestros ojos
y retando nuestras manos.

¿Seguiremos andando
en laberintos para probarle
nuestro ingenio a las medusas?

Nada importa más
que nuestra colección de absurdos,
humana especie suelta
que con una mano inventa
y otra ignora.

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Incierta certeza

Claros abismos

Por Luis Ernesto González

He de creerle a mis manos
que saben reencontrarte:
es la vida un naufragio de certezas,
guijarros que alimentan la corteza del mundo.

En lo más hondo de este abismo,
fardadas en tesoros de la nave perdida,
las prendas de la luz
convierten en delfín a la estrella Polar.

Síguela, amor, me ordenas con los ojos.
Nuestro abrazo es del mar, y naufragamos
atentos a las branquias de la fe
y al nado prodigioso de tu risa.

Asidos a esas ondas
de luz entre las aguas, somos gotas
como son las partículas el más abisal eco.
Mojas en luz mis manos si te toco.

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A través del espejo

La casa vacía

Por Karla Winkler E.

Dedicado a Carlota, mi abuela (q.e.p.d.)

Las paredes blancas, frías. Las flores del jardín, inclinadas, vencidas por sombras, viento, dolor. Las lámparas parecen parpadear impacientes ante el escenario que alumbran, como si palpitaran dentro de un pecho oscuro. El lecho tierno, como una mirada que sumerge su perfume y su calor, parece inundado de sol.

Aire helado invade cada rincón, cada pared, cada luz que intenta revelarse. El viento arrastra, empuja como una fuerza misteriosa e incontrolable.

Tus labios están secos, las sienes te punzan. El silencio te mantiene suspendida en un tiempo sin horas ni segundos.

Hoy más que nunca se puede oír el crujir de las maderas que se acomodan y los ladrillos de las paredes de la habitación.

A lo mejor, te dices, todo es un sueño.

Poco a poco empiezas a sentir el frío de la noche en los pies descalzos y en los brazos desnudos. Tienes la mirada fija en aquella habitación, como si pudieras mirar a través de la puerta, como si continuaras viendo a quien no volverás a ver.

Una hora después, y como antes, sientes el ajetreo que se solía escurrir entre los trastos de la cocina, como si ella hubiese vuelto.

El viejo espejo de bordes con flores doradas vuelve, como si emergiera de alguna parte. La luz de la Luna también emerge, difusa y gris.

Tienes apoyado un codo sobre la mesa y la mano curvada sobre la boca. Tu otra mano juega con la cuchara dispuesta para la cena que no llegas a prepararte.

El mismo efecto de la luz irrumpiendo en la sombra se repite en el cuadro de la pared. El rostro de La Dolorosa resalta sobre las profundas tonalidades oscuras del fondo.

Sin ponerte a pensar, como si no tuvieras memoria, inicias el arreglo de la habitación. Hay que abandonarse a la desagradable costumbre de ordenar hoy lo desordenado de ayer, porque así el tiempo se siente menos y, además, por unos momentos, el mismo dolor parece borrarse, mientras los cajones abiertos vuelven a cerrarse y el closet se cierra también con toda su ropa adentro, conservada desde los años de su juventud.

En la sala destellan, aisladas, las figuritas de porcelana que ella misma pintó tiempo atrás.

Contemplas de pie los lugares por los cuales sus manos habían pasado y repasado. La sientes como un aura nueva que envuelve los objetos, como si en este instante, y por esta vez, los objetos fueran un poco más que ellos mismos, como si les hubiera crecido algo nuevo que no era ni de aire ni de luz, pero que existe y llama desde las alfombras y las lámparas, desde el terciopelo de los muebles. Allí todo parece esperar. La misma sala parece esperar a alguien.

De pronto, algo te dice que allí las horas de la espera ya han pasado, que en esa casa ya nadie espera nada y menos aun los fríos objetos.

Vuelves a sentir en la casa vacía, en la sala vacía, la sensación helada del silencio. No es más que lo que debió ser: una forma sustituta, un fingimiento que ni siquiera basta para colmar, por unas horas, un vacío de todas maneras irremediable.

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Cosas pequeñas

Crash

Por Anayansi Zozaya

“Repugnante”. “Repulsiva”. “Enferma”. “Perversa”. “Irreverente”. “Pornográfica”. Éstas son las opiniones que recibe la novela del británico J.G. Ballard: Crash, y su adaptación (espeluznantemente fiel) al cine, dirigida por David Cronenberg.

No sorprende (ya no) la mirada del público: un filme sobre el fetichismo en torno a los accidentes de auto. Una desviación (¡valga la palabra!). Sujetos perturbados que necesitan protagonizar accidentes mortales, contemplar heridas abiertas y hasta amputaciones, para excitarse sexualmente.

Esta apreciación no hace más que probar el punto de Ballard: una enfermedad del alma ha tomado al planeta. Una dolencia que recibe varios nombres: vacío, indiferencia, banalidad, insensibilidad, apatía, desapego, tibieza. El síntoma fundamental es la respuesta emocional adormecida. La incapacidad de conectar con el mundo que nos rodea sin la intervención de imágenes alteradas por los medios y la publicidad.

En ningún momento celebra Ballard la idea de encontrar la libertad en los límites del comportamiento humano. Él mismo advierte en su introducción a la edición de 1995 de la novela, que Crash es un mensaje admonitorio en contra de un mundo que se convierte, vertiginosamente, en un sitio demasiado brutal, evidente y lascivo.

La exhortación del autor se disimula con la metáfora, que nadie ve; como nadie ve el hecho de que la única experiencia real (hoy) proviene de la necesidad de chocar de frente con nuestra propia identidad (si nos queda alguna).

La crudeza de Crash es imprescindible para estimular alguna sensación. La que sea. (Se valen el asco y la repulsión.)

¿Es necesario llegar a tal extremo para despabilarnos? Sí. ¿Nos hemos despabilado? No.

Ni siquiera las referencias directas (si se prefiere prescindir de la metáfora o si de plano no se percibe) y sin piedad de la miseria humana nos han conmovido. Preferimos pensar y decir que estas imágenes surgen de mentes degradadas, que son fetichismos depravados.

Entonces el libro deja de editarse y la película suspende su distribución. Nosotros volvemos a nuestra vida súper higiénica. Somos tan sanos que hemos desarrollado absoluta inmunidad al más microscópico bacilo de la emoción.

Por fin máquinas. Autos que colisionan porque sí y que son fácilmente sustituidos por otros más nuevos, más rápidos y más toscos; que repetirán el movimiento monótono hasta el absurdo. No hay historia. No hay significado.

En comparación con esta “realidad”, yo calificaría las ficciones de Ballard y Cronenberg como delicadas, afables y hasta un tanto tiernas.

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Entreluz

Reserva Nacional de Talentos

Por Alberto González Carbajal

Mi asociado, a quien el bajo mundo empresarial apoda “el TB” (el Terabyte, por su innata capacidad de almacenar información no siempre muy útil… pero también por su capacidad de comer a lo “terabestia”), termina su pastel de chocolate, última parte de una opípara comida y, sin más, sentencia: “Por supuesto que era inevitable que este gobierno comenzara, en primera instancia, a sacudirse el lastre y a castigar a quienes lo han cuestionado. Es un principio de negocios: tarde o temprano pasas la factura por los daños y retrasos causados”.

Nuestro tema de plática giraba en torno de aquellos conocidos y cuates mutuos que se fueron “a la cargada” cuando el actual presidente fue postulado. (Para mis amigos del sur del continente, una nota al margen: sumarse a la cargada significa que se adhieren la causa de un político cuando la victoria es inminente, fingiendoque siempre han estado apoyándolo, en las buenas y en las malas). Todos estaban justo como ahora: desempleados, viviendo de “gestorías” (“coyotaje”, también le llaman) y recordando todos los días glorias pasadas de cuando eran, según ellos, altísimos funcionarios (que no hacían nada más que bulto en hinchadas oficinas gubernamentales).

“Mira, mi Beto, tú recuerdas cómo fue que, tras pasar muchos años fuera del presupuesto, cuando fueron purgados por las administraciones blanquiazules (que, si bien eran igual de corruptas, sólo querían a sus correligionarios para mamar de la ubre presupuestal junto con ellos) tenían hambre y sed de gloria; recuerdas cuando nos buscaban para decirnos: ‘Ahora sí ya hablé con Fulanito, que es el dedo chiquito del licenciado Sutanote, que es primo del que va a estar en tal o cual oficina… ahora sí vamos a tener chamba, ¡volvemos al presupuesto, del que nunca debimos haber salido!’. Todo sonaba bien (para ellos) y al cabo de casi dos años de haber vuelto su partido al gobierno… ellos siguen igual, en ese limbo conocido como la ‘Renata’, o sea, la Reserva Nacional de Talentos, en espera del llamado para engrosar las filas gubernamentales”.

Escucho con atención al TB. Viene a mi mente una enorme cantidad de personajes de gobiernos pasados. Debido a mi trabajo, me los he encontrado muchas veces, en ocasiones haciendo antesala en entidades de gobierno de medio pelo y con una media sonrisa dibujada, que puede ser leída como una mezcla de decepción e infinito temor; o, en otras ocasiones, en cafés y restaurantes cercanos a las entidades burocráticas, a la espera de que suene su teléfono móvil para acudir presurosos a aportar su talento… Eso no va a ocurrir.

Durante las elecciones de 2012 hicieron todo lo que pudieron para aceitar una elección que compró muchas voluntades en el universo de lo que llamaba Karl Marx “lumpenproletariado”: repartieron tarjetas de prepago, playeras, despensas, prestaron sus casas como bodegas de material de publicidad no reportado (o sea, ilegal), dejaron que otros utilizaran sus cuentas bancarias para que por allí fluyera el dinero de los gastos no oficiales y acudieron a todos los actos proselitistas del PRI; allí se tomaron la borrosa foto con el candidato que, a la menor provocación, muestran con gran orgullo a quien se deje.

No van a abandonar su estatus actual. Se quedarán esperando, porque aquellos que ahora ocupan las oficinas top de la burocracia sólo van a llamar a la gente de toda su confianza, no a quienes se prestaron a hacer el trabajo sucio. Quizá alguna migajita salga, pero no más que eso.

En esa reflexión estábamos cuando a nuestra mesa llegó un conocido de ambos, el licenciado “Sope” (llamado así por su pelo, que parece una mezcla de frijoles negros y queso blanco rallado montada sobre una media calva lustrosa y amarillenta… hagan de cuenta un sope), quien de manera estentórea nos gritó desde la distancia de dos mesas: “¡Mis queridos amigos, ahora sí ya la armamos! Ahora sí tengo un negocio sin pierde”. Y que se arranca. Se sentó con nosotros y se aventó una retahíla de datos inconexos sobre licitaciones arregladas, “amigos del alma” que nos van a permitir ganar sin concursar y hacer negocios millonarios. El TB y su servidor, como ya dije, sabemos que eso no va a ocurrir. Previendo el dolor que le espera al Sope, le invitamos un café y un pastel para que no olvide ladulzura de la vida. En un parpadeo vació el plato y la taza. El Sope trae el hambre atrasada. Tras los comentarios optimistas con intercalados “enhorabuenas” y palmadas en la espalda, nos retiramos del lugar sabiendo que esa camada de aspirantes a políticos de alto nivel se quedará “comiendo banca”, como se dice en los corrillos deportivos, hasta que vuelvan a sentirse necesarios y se presten a hacer las triquiñuelas con las que su partido… pero no ellos… gana elecciones (o sea muy pronto).

Publicado en A González C, Política | 1 comentario