Soundtrack existencial
Por Alberto González Carbajal
Me gusta la música. No puedo entender el mundo si no está presente la música. Y digo música en general, ya que ponerme a clasificarla me llevaría seguramente toda la vida y, además, debo confesar que no tengo los conocimientos suficientes para hacerlo: no he tenido ni una sola pizca de educación musical formal. A veces siento que me hace falta, pero otras veces agradezco que mi cerebro no participe en la codificación del disfrute que me proporcionan los acordes de alguna pieza en particular.
Pero a veces la música no llega sola, en la pureza de su magia invisible, sino que aparece acompañada de imágenes que corresponden a la emoción que la música intenta transmitir. Pensemos en los videoclips que se transmiten actualmente por televisión: es música con imágenes; a veces son historias, a veces la imagen sólo acompaña a la música, pero algunos videos musicales se fusionan de tal modo que son un mensaje que no se entiende el uno sin el otro.
La música “maridada” con imágenes llegó a mi vida muy temprano. De hecho, uno de mis recuerdos más añejos, si no el que más, es de cuando tenía como tres años: estaba en un cine de provincia, con muchísimo calor, padeciendo los olores inevitables que ese encierro generaba; veía una película japonesa que era un verdadero y original churro, King Kong versus Godzilla; era para botarse de la risa, pero como fondo de esas escenas absurdas se escuchaba una música que al menos a mí me transmitía una verdadera sensación de grandeza. A esa edad, uno de veras que se impresiona.
Como cinco años después, es decir, cuando yo tenía ocho, mi mamá decidió que era buena idea que fuera con ella al ahora desaparecido Cine Premier (toda una referencia en el Naucalpan de los años 70) a ver una cinta que estaba causando harto revuelo: El exorcista. Las imágenes me impresionaron, pero la música de fondo, al ritmo de aquellas “campanas tubulares”, ahuyentó mi sueño y mandó mi estabilidad emocional al carajo por un buen periodo de tiempo.
También fue por esa época que descubrí que las caricaturas me parecían absurdas si no tenían un buen fondo musical. Imagínense la tragedia que fue el día que se descompuso mi televisor (un viejo Phillips blanco y negro). Mi fuente natural de gozo audiovisual estuvo como 15 días fuera de combate… Creo que hasta enflaqué de la angustia.
Un día de esos en que la televisión comercial no ofrecía mayores opciones que me gustaran (qué curioso, igualito que ahora), llegué al Canal 11 y me encontré con una película que me cambiaría el modo de ver la vida en muchos sentidos: Otto e mezzo, película de Federico Fellini, con la espléndida música de Nino Rota. La integración de audio e imagen alcanza ahí tal magnitud que se hace inimaginable, para mí, concebir una sin la otra. Al paso de los años, cada vez que la vuelvo a ver me sigue emocionando como la primera vez.
De ahí me brinco hasta una película de las postrimerías de los años 80: Dangerous Liasions, dirigida por Stephen Frears, donde, de nuevo, la música realza los sentimientos de tal modo que, hoy en día, cuando escucho algún fragmento de esas piezas musicales, me es inevitable recordar la escena que acompaña ese específico momento de la partitura.
Mientras escribo esto, de fondo escucho el soundtrack del filme Moulin Rouge, una maravillosa conjunción de canciones clásicas de mi época ochentera, reinterpretadas de modo tal que parecen una opereta del tipo de las que escribió Jacques Offenbach. Como siempre me ocurre, divago mientras escucho; a mi mente llegan imágenes de otros tiempos, de cuando yo creía que la madurez sólo se le daba a las frutas.
El día que nació mi hija mayor, estuve presente en el parto. Caché al productito de mis entrañas. Alguien tenía prendido un radio y se escuchaba de fondo “I love rock and roll”, interpretada por Joan Jett and The Blackhearts. No saben los efectos que eso me causó: ahora la escucho e inevitablemente me invaden imágenes que me llenan de ternura y emoción y, pues, a veces se ve un poco raro andar derramando estos sentimientos en todos lados. Por eso la escucho mejor en soledad. Cuando abandone este plano material (o sea, cuando pinte mi calavera o me pele de este mundo) esa es una pieza que quisiera escuchar y no el tema de un rugiente Godzilla luchando en japonés contra King Kong.