A través del espejo

Carta a mi abuelo

Por Karla Winkler E.

Mi querido abuelo, mi abuelo del alma:

No sabes cuánto he deseado escribir unas líneas. Para decirte algunas cosas. Para que el mundo sepa de tu existencia más allá del espacio que pisas, para que quien quiera oírme sepa que el mundo, que el amor, necesita grandes titulares. Que no son palabras lo que escribo, sino abrazos.

Con qué afecto, con qué contenido gesto amoroso eres ejemplo, para tantas cosas… De todo lo que me has enseñado. Destellos de eternidad cuando te levantas todos los días, dispuesto a vivir como si te aguardaran mil años de existencia. Porque la inmortalidad eres tú.

Tienes los cabellos plateados, pero tus ojos brillan más que la plata. Tu expresión es dulce, pero más aun cuando miras y te asoman lágrimas a los ojos. Por tu mente navegan tantos pensamientos… Quizá es entonces cuando más te quiero. Porque me devuelves la infancia y me envuelves con tus brazos. Y no tomo nada, más que tu presencia.

Sabes cuentos maravillosos, sabes tantas cosas… Tienes libros de todo. Desde que era niña, escoger un libro me causaba cierto disgusto, porque no sabía por cuál empezar. Leer algunos era dejar de leer otros ¡y el tiempo apremiaba a tan corta edad! ¿Cómo olvidarse de Sigfrido, de los Nibelungos? ¿Cómo no saludar al pobre don Quijote, perdido en las alucinaciones de su cerebro y de su tierra? ¿Cómo no releer El Principito una y otra vez?

Hoy más que nunca eres Temeswar y el México de los aztecas. Eres Victor Hugo. Y también Cervantes y Nezahualcóyotl. ¡Y tu Gardel! Esta noche eres Jean Valjean…. Y un vino dulce, pan caliente y roquefort.

Esta noche quiero escribirte que bebo el aliento de tus palabras; las bebo, las respiro, no sólo las escucho…

Publicado en K Winkler | Etiquetado , , , , , , , , | 2 comentarios

Yo lector

Yo, el otro

Por Juan Pablo Picazo

Dicen que los fantasmas no existen pero yo tengo mis dudas. Negarlos resulta hipócrita cuando todos vivimos nuestra cotidianidad acompañados por ellos. Vienen de nuestro pasado, son las fantasías con que proyectamos el futuro, son nuestro deseo del mundo más allá de lo que el mundo es.

Los escritores menos que nadie podemos negarlos. Como los demás vivimos con ellos, por ellos, para ellos e incluso –es el ideal–, de ellos. A lo largo de la historia, los fantasmas se han mantenido a nuestro lado como consejeros, vengadores, justicieros, ahuyentadores, guardaespaldas y aún como salvadores. Existen incluso casos extremos como el de ese pobre fantasma que habitaba en Canterville: Chase, quien sobrellevaba su postexistencia cruelmente atormentado por la familia de Hiram B. Otis, ministro de los Estados Unidos de América, como lo denunció oportunamente Óscar Wilde.

No estamos hablando sin embargo de esos fantasmas. No de los que recorren la filmografía barata de terror sino de los otros, esos más desgarradores y profundos, esos más inconformes e incorruptos, hablamos de esos que San Segismundo de Viena y sus profetas, desenterraron con su imprudencia poniéndoles nombre propio y transformándolos en meras patologías con esa su atroz falta de respeto tan celebrada por la academia de nuestro tiempo.

Inevitablemente me vuelvo suspicaz siempre que encuentro el nombre de Stephen King en la cubierta de un libro, pues este llamado Amo del terror ha producido algunas de las historias más comercialmente exitosas que alimentan a la dicha filmografía y, sin embargo, algunas de sus obras abordan de vez en vez y en un modo más o menos marginal, temas interesantes en torno al quehacer del escritor, aunque las más de las ocasiones lo hagan en forma marginal. Hay que añadir además que, siendo un autor contemporáneo, la obra no ha dado todo de sí como para un juicio más completo. Dejemos al tiempo y los críticos futuros y su perspectiva histórica, el juicio definitivo.

En su novela La mitad oscura por ejemplo, Stephen King1 aborda uno de los temas que más han preocupado a diversos autores como Robert Louis Stevenson, Isaac Asimov y Umberto Eco, entre muchos otros: la existencia absoluta e independiente de sus criaturas, sobre todo, de las más perversas. Y para muchos, el caso más extremo de este tópico lo representa Fernando Pessoa, el poeta múltiple, quien se desplegaba a sí mismo en la vida real a través de Cahevalier de Pas, Ricardo Reiss, Alberto Caeiro, Álvaro de Campos, Bernardo Soares y muchos otros menos famosos pero que igualmente desconciertan.

Toda proporción guardada, en esta ficción de King pasa lo mismo más o menos: Thaddeus Beaumont, personaje protagónico, es un escritor que durante años ha visto cómo su producción literaria pasa inadvertida para la crítica y le rinde una tan modesta ganancia, que se ve precisado a dar clases de literatura en la universidad para sobrevivir apenas. Cansado de su suerte Beaumont comienza a escribir en secreto y bajo el seudónimo de George Stark, una serie de novelas policíacas que inmediatamente alcanzan el éxito y él se promete que dejará esa falsa literatura para dedicarse a su obra verdadera, cuando las condiciones para los suyos mejoren.

Una vez que la familia Beaumont ha conseguido una buena posición económica, Thadd decide anunciar al mundo su secreto y para ello, lo vende en exclusiva a una revista y juntos, planean la muerte del inexistente novelista George Stark, a quien incluso le conceden una lápida en el cementerio de Castle Rock, donde el escritor tiene su casa de campo.

“La vida de las personas —su vida auténtica, en contraposición a la mera existencia física— empieza en momentos diferentes.” Con esta premisa, da inicio Stephen King a una de sus creaciones más interesantes, narrada en tercera persona y estricto orden cronológico, aunque con una constante superposición de planos psicológicos entre el protagonista y su sangriento alter ego, cuyo sombrío origen puede rastrearse hasta la blanca cicatriz que adorna desde los once años la frente de Thaddeus Beaumont.

El autor de libros como Christine, Ojos de fuego, Zona muerta y el autobiográfico Mientras escribo, nos ofrece en La mitad oscura, lo que parece a primera vista un libro más sobre asesinos en serie, o un libro más sobre la rebelión de un personaje de ficción contra su creador; sin embargo, es justo decir en descargo del autor, que se trata de un texto ágil y bien documentado y novedoso en los detalles de la trama.

Lo más importante de esta novela, no es la rebelión de George Stark, ni su deseo de vivir aún a costa de la muerte de su creador, Theddeus Beaumont; sino la plena identificación de uno y otro como una misma persona, ambos capaces de las mismas atrocidades y bellezas, ambos capaces de matar primero y después besar amorosamente a los gemelos o a Liz Beaumont sin sentir remordimiento alguno, porque la dualidad extrema que es cada uno de ellos, da la suma total de una sola personalidad.

Y es que en este libro la cacería del asesino desafía todas las leyes; las pruebas que obtiene la policía incriminan al profesor universitario, quien tiene toda clase de coartadas a su favor y sin importar lo que digan los registros de voz, el tipo de sangre o la dactilografía, el verdadero asesino no existe y sólo Thaddeus Beaumont puede detenerlo, aunque él tampoco sabe cómo hacerlo.

De este libro existe, como suele suceder con todas las obras de King, una versión fílmica que, como casi siempre pasa, se queda a medias respecto al libro, aunque el autor de la novela haya trabajado junto con el director de la cinta, George A. Romero, en la realización de esta pieza. Como sea, un libro va con uno a donde sea, y puede leerse hasta en un café o bajo un árbol.

Publicado en JP Picazo, Reseñas, Yo lector | Deja un comentario

Cosas pequeñas

Esto no es un ensayo; lo que voy a hacer, sí

Por Anayansi Zozaya

Nosotros nos estamos ensayando siempre. Es nuestra condición. Nunca somos realmente expertos en algo tan complejo como nosotros mismos. Siempre nos estamos probando, aunque sepamos que la gran obra con el gran público nunca se realizará. Siempre preparándonos para ese momento que no ocurrirá. El momento es el ensayo mismo. Quizás la vida puede mirarse como una serie de ensayos perpetuos. Hasta el gran final, que se estrenará sin nosotros.

Podemos experimentar (debemos experimentar). Y si yo fuera lo que creo que no soy, ¿qué haría? Y si estuviera en un paisaje completamente ajeno, hostil a mí, ¿quién sería? ¿De qué estoy hecha? ¿Qué se mantiene intacto bajo cualquier condición? ¿Qué cambiaría? ¿Qué me es insoportable? ¿Qué me aterroriza? ¿Qué soy capaz de hacer? ¿Qué me importa al grado de arriesgar mi vida? ¿Qué me calma? ¿Qué y cómo me transformo? ¿Quién quiero ser? ¿Qué quiero ser?

Estas preguntas me surgieron un domingo por la tarde y no conocía ninguna de las respuestas. Pero encontré una forma de responderlas. O, al menos, investigarlas. Decidí que, para probar qué soy realmente, debía ir lejos, debía estar sola y tenía que hacer algo que amara con todas mis fuerzas y por lo que, confieso, daría mi vida.

Así fue como decidí enviar una solicitud a una asociación africana que se dedica a la protección de los animales salvajes en peligro de extinción. Había varias opciones. Pero una llamó mi atención más que todas y me decidí por esa: ser madre. Cuidar uno de esos seres frágiles y colmados de inocencia que han quedado huérfanos por ese empeño de algunos humanos aborrecibles y aborrecidos que cazan por pura diversión.

Y llegó el momento. Hoy voy hacia Namibia. Emocionada y asustada. La emoción viene del alma. Quiero que aunque sea uno, aunque la ayuda sea mínima, haya alguien que al ir comenzando una vida, que se le ha presentado adversa, sienta (sepa) que una mujer ha venido de muy lejos, con un solo propósito: protegerlo, abrazarlo, cuidarlo, hacer lo que una madre debe hacer.

Algunos no comprenden. ¿Por qué hasta allá? Y aunque no me gustan las explicaciones (porque finalmente, cómo va a saber uno con certeza por qué hace lo que hace) creo que ahí, donde empezó todo, de donde venimos los seres humanos, se está terminando todo. El mundo parece estar muy ocupado con las cosas importantes: la economía, el dinero, los placeres fáciles y bobos, el poder (de risa loca), las guerras.

¿Y ese continente? ¿Su pobreza? ¿Sus enfermedades? ¿El racismo? ¿Los saqueos? ¿Los abusos? ¿La indiferencia? ¿La rabia? ¿Las carencias? ¿Su belleza?

¿Los animales? ¡Por dios! ¡Los animales!

¿Safaris de cacería por diversión? ¿Fotografías de gente vulgar y francamente estúpida sonriendo sobre el cadáver de un ser que no tiene malicia en su alma?

Y yo, sentada en una oficina haciendo, vamos a ser francos, nada. Viendo, desde la comodidad de la computadora cómo se cae el mundo a pedazos. Y hay de pedazos a pedazos. O hay pedazos que duelen mucho más.

¿No vamos a hacer nada? ¿Nos vamos a quedar mirando la hecatombe y después iremos a dormir plácidamente? ¿Y volveremos al día siguiente al trabajo como si todo muy bien? ¿Eso somos? ¿No vamos a ensayar otra cosa?

Por lo pronto he probado renunciar a mi trabajo. Y probaré el miedo inmenso de viajar tantas horas en avión. Y el pánico a estar muy sola. Y el dolor de extrañar a quien es entrañable. Y soportar la tortura de no tener certeza (nunca se tiene) de qué va a suceder después.

¿Quién voy a ser? No sé. Es un ensayo. Es una prueba, una probada de lo que hasta ahora no he sido o no he podido. Es demostrarme que puede (y debe) renunciarse a la comodidad del alma. Es un probarme que existe la posibilidad de regalar esperanza (y, en una de ésas, hasta vida) a quien pareciera poquita cosa.

Es detenerme y decir: “Tú no querías ser eso”. Sé lo que querías. Sé lo que no has podido. Voy a intentarlo.

Publicado en A Zozaya | Etiquetado | 4 comentarios

Entreluz

Un deporte para gente ordinaria (III de III)

Por Alberto González Carbajal

Finalizo este relato con mis conclusiones, a lo mejor muy rupestres y banqueteras, que surgen desde la óptica de alguien común, corriente y ordinario, que se ha convertido en un apasionado seguidor de este bello deporte: el voleibol.

III. El regreso

Los días pasaron, la competencia terminó, ganamos algunos juegos, perdimos otros, conviví con entrenadores de larga trayectoria y algunos noveles también; hicimos, mi pequeña y un servidor, nuevas amistades de varios estados de la República Mexicana… El saldo, pues, fue positivo; nuestro bagaje creció mucho.

El último día de competencias tuve un largo tiempo muerto en el cual me dediqué a picarle en el internet para revisar cuánto billete se gasta (el gobierno) para promover y mantener este deporte y me encontré con algunos números que me parecieron interesantes. Por ejemplo, y sólo por poner un ejemplo: la Federación Mexicana de Rugby tiene un presupuesto diez veces más grande que la Federación Mexicana de Voleibol (FMVB). Yo no sé ustedes, pero en mi delegación no conozco ninguna cancha en la que se practique el rugby. ¡Vamos! La realidad es que en todo el Distrito Federal debe hacer cuando mucho tres canchas adecuadas para esta disciplina. Esta Federación reporta tener alrededor de 1,100 deportistas acreditados a nivel nacional. En comparación, el voleibol tiene casi 150,000 afiliados a nivel nacional y existen, tan sólo en el DF, alrededor de 1,900 canchas con las medidas reglamentarias.

Sin embargo, los torneos cada vez están más vacíos, no existe ningún estímulo, (especialmente en las regiones central y sur del país; en el norte las cosas se cuecen aparte) y la institución que en su momento fue el mayor semillero de jugadores para la selección nacional, el Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS), fue desafiliado de la FMVB porque las asociaciones estatales se quejaron de competencia desleal. Este es un triste panorama.

He aprendido, a lo largo de los años, que la percepción que la gente tiene hacia los deportes es directamente proporcional a la información que recibe acerca de éstos. Lo sé: suena a una verdad de Pero Grullo, pero esto es así: mientras que en los países de primer mundo y en algunos de Sudamérica se televisan hasta los partidos de los torneos regionales, aquí es virtualmente imposible seguir los resultados de los torneos nacionales que se llevan a cabo. Ni siquiera en la página oficial de FMVB está disponible (ya no digamos actualizada) esta información y a los dirigentes sólo les interesa perpetuarse en este deporte hasta el fin de sus días (los dos presidentes anteriores de la FMVB estuvieron 20 y 16 años en su puesto; uno se fue para convertirse en presidente la Federación Internacional de Voleibol y el siguiente falleció en funciones). A pesar de que existe una liga semiprofesional de buen nivel, en ésta sólo militan ocho equipos, tanto en su rama femenil como varonil, que sobreviven gracias a unos pocos patrocinadores y, en algunos casos, a las aportaciones que las propias jugadoras hacen, con la esperanza de que alguna empresa o institución las apoye.

Mi pequeña sueña con jugar este deporte toda su vida; además, en una posición (líbero, la más defensiva de todas; es la especialista en recibir los tiros más difíciles) que requiere de una preparación altamente especializada. Ella ama este deporte. En sus propias palabras: “Siempre es fácil hacer amigos aquí” y lo compruebo cuando, al momento de despedirse de su equipo temporal, todas las niñas la abrazan y le piden que se integre con ellas de manera permanente. Pequeña como es, no sabe cómo reaccionar ante estos halagos y su rostro desborda felicidad. Durante el vuelo de regreso a casa sólo acierta a decirme: “Pa’, estoy muy feliz”. Eso, por supuesto, me hace, a mí también, “mucho muy feliz”.

El cansancio la aborda por fin en el vuelo y se acurruca en mis brazos. La veo dormir. Seguramente está soñando con saques, recepciones, ataques y remates que antes no le salían y que ahora la convirtieron en una excelente jugadora, con una seguridad a veces inusual. Por esos momentos es que vive uno. Antes de aterrizar, me doy cuenta de una gran paradoja: Este deporte, hecho para la gente ordinaria y que no requiere de equipos ni espacios muy costosos, podría darle a mi país grandes satisfacciones sin grandes inversiones. Sin embargo, el gobierno lo ha vuelto una disciplina de élite… por abandono. Me explico: sólo pueden jugarlo quienes encuentran patrocinadores, apoyos familiares… o un billete de lotería premiado. Imagino que quienes manejan el presupuesto deportivo de México construyen en sus propias casas suntuosas canchas de tenis o mini campos de golf… jamás de voleibol.

Publicado en A González C, Deportes, Política | 1 comentario

Noctívago

Iterable

Por  Juan Pablo Picazo

En el diario retorno
de la nocturna, cotidiana muerte,
los mamíferos pensantes
se asoman al sol
y sonríen para ganar el pan.

Cada día se desean la salud
mientras se envenenan unos a otros,
cada jornada se abrazan o se muerden,
se asustan o deprimen
pero no detienen su camino:
perseveran lentamente.

Los poemas también renacen
en una y otra pluma,
y se complican y se enredan
o se vuelven célebres
como festivos huracanes,
o se quedan sepultados
como tesoros cuyo mapa se ha perdido.

Y aunque todos han amado,
no soy una repetición cansina
de lo que ocurre bajo el sol,
sino un milagro oscurecido
que quizá se aduerma
en un silencio ignaro.

Publicado en JP Picazo, Poesía | Deja un comentario

Karla Winkler

Imagen | Publicado el de | Deja un comentario

Incierta certeza

Faro del puerto

Por Luis Ernesto González

Tu cuerpo, amada,
tú tangible, tú,
conversión en un cuerpo tu mirada.
Tú, camino de mis manos,
horizonte sediento
de más noche.
Milagro hecho milagro
alcanzado en un beso.
Tú, tú, camino de mis manos
que te encuentran.
Yo persigo en mi sueño
el abrazo del mar de inabarcado sueño,
nuestro lecho portuario
lleno de sueños pescadores.
Las olas de mi cuerpo te salpican.
Polaris se humedece.

Publicado en LE González, Poesía | 2 comentarios