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26-11-10_2216

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Incierta certeza

El rescoldo del miedo

Por Luis Ernesto González

Y descubres que un día vas a morir.
El imperio de tus vanidades
caerá sin hacer ruido.
Poco a poco te cubrirá el polvo.
Nunca habrás existido para los que aún no nacen.

Rompe tu primer miedo,
desnúdate ante ella,
ella,
la Muerte.

Deja que te traspase la luz que un día serás.
No tu cuerpo, él presiente gusanos o cenizas.
Mas puede ser rescoldo.

Sea cascarón tu cuerpo y dé a luz a tu luz.

Cuando, amada, en tu abrazo
asoma el infinito, estalla el corazón
y sonreímos,
no para continuarnos en la especie
sino por lo contrario, porque aquí terminamos el trabajo
de ser seres humanos,
crece en nosotros la certeza mayor
de estar fuera del tiempo.

Miras el techo, tus pulmones
respiran en su gozo. Saben su brevedad.
Afuera cae la noche.
Canta el grillo cercano, pasan los autos,
las sirenas que gritan la catástrofe,
la mentada y el claxon de los conductores,
conversaciones
cuyos fragmentos nos divierte ajustar
a historias más hermosas.

Más poco a poco el cascarón se restablece
y el deseo
de nacer otra vez. Y de besarnos.
La intensa llamarada de los miedos
fuegos fatuos. Y el llamado del Cosmos
crece en su no tiempo.
Y el valor de acudir.

Ella, la Muerte,
si logras encender cuanto es estrella
sobre el miedo en rescoldo…
ella, la Muerte, te habrá salvado
del verdadero horror:
no haber vivido nunca.

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El ornitorrinco

De El patito feo al ornitorrinco

Juan Pablo Picazo

En el viejo cuento titulado El Patito Feo, los buenos patos viven su feliz sociedad sujeta a la norma. Hay entre ellos como es natural en cualquier familia, desviaciones de la media que con todo, no escandalizan y sirven para acentuar lo que necesario para la mayoría, lo socialmente deseable, como dicen que Dios manda, cómo no.

Y claro, todo va bien hasta que en su seno se gesta uno cuya apariencia en principio, pero más tarde también su voz, sus modales y necesidad de mayor espacio, causan temor y repugnancia crecientes hasta el punto de que los buenos patos, obligados al mayor bien para el mayor número, optan por la expulsión, o como dicen que aconsejaba mi General Villa, primero maten y después viriguan, que para el caso es lo mismo.

Antes de verse lanzado, ese aparente infractor ha porfiado en hacerse aceptar por su entorno con lo mejor que posee en su arsenal. No obstante el rechazo se torna necesario para su maduración y le vemos emprender un viaje iniciático al más puro estilo de los héroes solares como Gilgamesh de Uruk; Odiseo de Ítaca y el propio Ce Ácatl Topiltzin Quetzalcóatl. El tal periplo le perfeccionará estirándole el cuello, fortaleciendo sus alas y embelleciendo sus formas de un modo que muchos consideran superior a la tosca estética de los patos.

En la tal historia el agraciado héroe prueba su valor, belleza y superior destino en un final feliz, que ni duda cabe. Niños, aplaudan que esa victoria parece no tener vuelta de hoja. No al menos hasta que algún resentido autor, ebrio de diatribas, tome el pergamino, lo raspe un poco aquí y un poco allá y consiga una afortunada parodia que lo trastoque todo, como dicen que manda el Diablo.

En eso que nos han enseñado a llamar la realidad, las cosas pintan un tanto distintas sin embargo pues no siempre los patos feos consiguen no ya digamos hacerse cisnes, sino que ni siquiera pueden hacer el viaje iniciático que al final importa más. Se les esclaviza y explota o se les convence con pericia de su fealdad y repugnancia al punto de que llegan a aceptarla como algo ineluctable y se entregan a su condición de lumpenestéticos abandonándose al ostracismo como sea.

Pero hay otros patos que no lo son y que tampoco se tornarán en cisnes; son mamíferos con cara de palmípedo a los que el escritor mexicano Juan Villoro, en una charla que tiempo hace sostuvimos a propósito de los despropósitos entre literatura y periodismo, empata con la crónica, de la que dice: A mí me pareció que la crónica se parece al ornitorrinco porque es un animal que podría ser cinco animales distintos y en realidad es uno a condición de no ser ninguno de los otros.

¿Qué tiene esto que ver con la navidad o con mi tío que vive en Toluca? Nada. Permítaseme tomar su aserto para un símil distinto. Ciertos cronistas somos ornitorrincos; es decir, patos endemoniadamente feos a quienes tanto los buenos cisnes literarios como los expeditos patos reporteriles miran con una culpable mezcla de desconfianza, envidia y desconsuelo.

Sabiéndose testigos de la historia diaria, los tales ornitorrincos son rechazados por la canalla periodística contra la que tanto advertía Karl Krauss; sabiéndose llamados a un destino superior que frisa en las elocuencias del aedo, son también rechazados por los dueños del parnaso. De modo que ni pato, ni cisne, el buen ornitorrinco ha de juntar sus lustrosas palabras y levantar un Helicón privado en tierra de nadie con las reglas a medias de uno a medias de otro y en la augusta vecindad de otros híbridos casi anónimos con quienes comparte esos destierros como faunos, sirenas y centauros.

Tal es este ornitorrinco —rústico homenaje a las jirafas garciamarquianas— un apenas territorio donde crece toda clase de hierba y trisca un bestiario en el que todo cabe.

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Cosas pequeñas

Alma y palabra

Por Anayansi Zozaya

Me convence la postura de Ciorán: “La diferencia entre los hombres se mide por la resonancia afectiva de las palabras”.

No es exagerado decir que hay un tipo de hombre o mujer para quien no existe una sola palabra que no oculte un sufrimiento. Y hay otra clase de seres para los que palabras idénticas no significarán nada.

Esto es importante porque estas dos variaciones de almas conviven y se intentan comunicar todos los días (nada menos que con palabras). El alma delicada escogerá con todo cuidado su vocabulario y la que es más ruda carecerá de sutileza al momento de decir. Una se sentirá fácilmente ofendida y la otra ni siquiera lo notará.

¿Qué hacer? ¿Se obliga al alma susceptible a adaptarse a un mundo que no va a estar considerando a cada palabra su fragilidad o se intenta ablandar (sensibilizar, sería más cortés) a aquella que por naturaleza (también) es más displicente?

¡Caray! ¡Aquí tomo partido!

Los grandes poemas y las odas más bellas surgen de las “deficiencias” de esas almas frágiles que tienden al sufrimiento y a la tristeza. Sin esas esencias melancólicas no habría lo que conocemos como literatura. Quizás ni siquiera existiría aquello que llamamos amor.

Sin esa interpretación afectiva, hasta de una conjunción (palabra por demás fea y hasta ofensiva), no habría verdadera comunicación entre almas. No podría expresarse lo que hay en nosotros (todos) de indómito, de irracional, de agitado, de explosivo, de onírico, de extraordinario, de deleznable, de divino.

Se requiere, para comprender, de la fortaleza de un alma suave que mira y habla (traduce) sobre, por ejemplo, la pureza de unos ojos tristes. El alma más firme no se fija en eso. Se fija en otras cosas.

Y de la misma manera en que afectan (dicen), estas almas tiernas son afectadas. Para poder pronunciar la desdicha debe haberse experimentado. La tristeza es un cansancio delicado. Y el alma frágil es un alma cansada.

Exhaustas, quizás, del parloteo banal, frío, duro y hasta violento de las almas más robustas. No es posible recibir cantidades incontables de palabras escogidas de manera deliberadamente cruel y sostenerse.

Por eso estas almas deciden, muchas veces, entregarse al vértigo. No volver a pronunciar un solo término bondadoso jamás. Recostarse. Y olvidar. Olvidar de a poco que alguna vez la palabra “o” (conjunción disyuntiva) dolió. Se van descomponiendo. Se vuelven silenciosas. Tímidas les dicen.

Pero yo hablo por ellas.

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Entreluz

Ronquidos

Por Alberto González Carbajal

Nunca es agradable. No creo a nadie le guste la sensación de irse hundiendo en un pozo muy profundo y luego ser jalado de manera harto brusca hacia arriba, sin que exista un aparente control sobre nuestro cuerpo… pero así les aseguro que sentí cuando uno de mis compañeros de viaje gritó en medio de la noche: “¡¿Quién está roncando, que me acaba de despertar?! ¡Si descubro quién fue, les juro que le rompo el hociquieres!” (sic).

Todos los que estábamos en ese cuarto abrimos los ojos con espanto. Este amigo en particular (Toñito, “el mini”) era el de mayor estatura y corpulencia entre los presentes, y tendía a ponerse, digamos, irritable… bueno, agresivo y pendenciero cuando lo perturbaban. Nos volteamos a ver, desde las rendijas de nuestros ojos recién sacados de su descanso, como para descubrir al presunto culpable, cosa por demás complicada, ya que… ¿cómo diablos se reconoce a un roncador cuando está despierto?

La posibilidad de conciliar el sueño se fue al carajo, y no sólo para su servidor. Veámoslo así: el culpable de este crimen, a diferencia de casi todos los demás delitos, lo comete a espaldas de sí mismo o, más exactamente, aprovechando que él mismo está distraído, dormido. Cada uno debe haber pensado lo mismo que yo: si soy el culpable, me caerá encima la ira de “el mini”. Obviamente las musas de los sueños salieron despavoridas, como deudoras de tarjeta de crédito vencida.

En algún punto del amanecer sentí que me comenzaba a hundir de nueva cuenta en ese profundo pozo lleno de tranquilidad… sólo para escuchar la voz de nuestras vecinas de cuarto, y también compañeras de viaje, que nos decían: “A ver, niños, ¡ya es hora de despertar! ¡No venimos a dormir, venimos a pasear!”. El puro infierno.

Antes de levantarme con mi propio esfuerzo (evidentemente necesitaba una grúa), mi mente hizo el croquis de localización: había acudido en un viaje de grupo o “en bola”, como acostumbrábamos decir, a un Festival Cervantino en la ciudad de Guanajuato, del estado del mismo nombre. Estábamos a mediados de los años 80 y, como el dinero era escaso, al igual que el hospedaje, con mucho trabajo habíamos encontrado una buhardilla de dos habitaciones y un baño, dos camas matrimoniales… para ocho hombres y tres mujeres (turismo de gran clase…jodida). Por supuesto, esto no importaba: todo lo compensaba estar en aquellas quijotescas calles coloniales y en esos teatros donde podíamos disfrutar de lo mejor de la cultura acompañados de nuestros amigos más cercanos.

La siguiente noche llegamos agotados a nuestra buhardilla tras la larga jornada cultural y, sí, digamos que acompañada de un poco de desmadre. Sin embargo, en mi caso, los espectáculos que habíamos disfrutado me habían espantado el sueño, de tal modo que, al poco rato de entrar en mi cachito de cama, me encontraba en un duermevela rumiando la belleza vivida algunas horas atrás.

En eso estaba cuando comencé a escuchar como si alguien arrastrara tenuemente una silla; después, el sonido mutó en algo así como un estertor de cerdo moribundo y por último en una suerte de combinación de sierra eléctrica y silbido de viento entre los árboles de un bosque muy tupido. Luego… el silencio. Habrán sido unos dos o tres segundos (podríamos definirlo como un mudo staccato) antes de reiniciar la misma rutina pero ahora en ritmo de tres por cuatro y con algunas variaciones en la parte final: a veces era un presto agitato y otras veces disminuía su velocidad como si estuviera rallentando el tiempo de ejecución.

Para mí, esa sonata mestiza era mi pasaporte a la salvación. Otro sería el culpable. Me invadió el bienestar. Pero alguien más, alguien que sí dormía profundamente, salió como bólido del sueño y de plano prendió la luz… sólo para descubrir que el autor de tan atroces ruidos no era otro que… nuestro buen amigo Toñito.

Descubierto el culpable in fraganti, ahora, ¿quién iba a despertarlo para notificárselo… a él, al autor de las amenazas que nos habían aterrorizado la noche anterior? Con base en una votación (¡cobardes unidos / jamás serán vencidos!) decidimos despertarlo entre todos y soltarle en coro la cruda verdad, como en el antiguo teatro griego o en la ópera italiana.

“El mini” abrió los ojos y nos soltó un amable: “¿Qué pedo, güeyes? ¿Por qué me despiertan?” Le contamos de los extraños sonidos de su autoría y como respuesta obtuvimos un igualmente cariñoso: “Ni madres, yo no ronco; sólo respiro muy fuerte”, dicho lo cual se volvió a enroscar y a dormir como si no pasara nada, dejándonos con una sensación como de abandono y de duda existencial.

De esto me acordé cuando el más pequeño de la Tropa Loca, el cabo Enjoz, me reclamó por haberlo asustado con uno de mis ronquidos. Él, de manera subrepticia, había abandonado su cómodo lecho para ir a dormirse a la cama de sus papás. Me desperté, puse el alma en su lugar y me le quedé viendo fijamente (ya sabrán lo difícil que es eso cuando los ojos, agotados, se van por todos lados como si uno fuera el bizco Turpin) y le dije: “M’ijito, yo no ronco; sólo respiro muy fuerte”. Mi pequeño reaccionó igual que su servidor años atrás, es decir, se llenó de dudas.

Entre otros motivos, saberme ahora sí culpable de un crimen que años antes me hubiera costado recibir los cariñitos de “el mini”, me orilló a inscribirme en un gimnasio para hacer ejercicio en serio, ya que, debido a algunos excesos alimenticios, mi complexión “regular” (no tan gordo) amenazaba con llegar a la categoría de “robusta” (un auténtico chancho) y esa es una de las causas más frecuentes para la producción de esos sonidos nocturnos que siempre causan desasosiego (en quienes los escuchan) y que comúnmente llamamos ronquidos. Recuerden, estimados lectores, en este crimen uno puede ser el culpable sin saberlo.

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Noctívago

Incognoscible

Por Juan Pablo Picazo

Desierto era,
laberinto palaciego y sombra,
noche era.

Luego el amor,
ella
con sus árboles de luz
enraizando en mis semillas.

Además vino
la inesperada espera,
la súbita
certeza de verse
multiplicado sin espejos.

Curioso dato:
hay un llanto, varios de hecho,
que te hacen feliz
e invulnerable
a la ira
de los otros.

Y soy un ayo
sembrando amores
en un corazón
que carece todavía de palabras
y vive cada cosa
con el asombro primigenio
de la inocencia.

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Incierta certeza

Trasnochado

Por Luis Ernesto González

Noche tras noche,
noche tras noche, amor,
me das tu vida.

Dámela de mañana
aunque estés lejos
del lecho que tenemos florecido.

Dale al huerto tus manos, mi labriega,
en el día de la helada
o en las horas de batallar con la sequía.

Hazlo feraz y cárgalo de instantes,
que escurra el jugo de las sombras frescas
para la sed del suelo que te espera.

Siémbralo todo, bella.
Tu tristeza,
asida a la escalera de la hiedra,

que se asome al maizal,
que dé a luz girasoles;
sé su brújula.

Y tu alegría,
la flor de calabaza,
estalle en amarillo.

Siémbrate tú y cuida tu semilla.
Deja que yo la riegue con mis besos,
con la promesa de darte mi Vía Láctea

noche tras noche, vida,
noche tras noche, amor.
Noche tras noche.

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