Noctívago

Inacabable

Por Juan Pablo Picazo

Tortuga, burbuja o laberinto,
no hay misterio
en lo que ninguno entiende:
heme aquí hilvanando versos
sin acceder al código
que tejió mis huesos.

Atisbo sombras,
comprendo las voces
que se ocultan,
y conozco los rostros
escondidos en las paredes,
pero nunca leo claro
las líneas de mis propias manos.

No hay quien,
no hay cuando,
sólo unos candados viejos
guardando antiguas puertas
ante nuestros ojos
y retando nuestras manos.

¿Seguiremos andando
en laberintos para probarle
nuestro ingenio a las medusas?

Nada importa más
que nuestra colección de absurdos,
humana especie suelta
que con una mano inventa
y otra ignora.

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Incierta certeza

Claros abismos

Por Luis Ernesto González

He de creerle a mis manos
que saben reencontrarte:
es la vida un naufragio de certezas,
guijarros que alimentan la corteza del mundo.

En lo más hondo de este abismo,
fardadas en tesoros de la nave perdida,
las prendas de la luz
convierten en delfín a la estrella Polar.

Síguela, amor, me ordenas con los ojos.
Nuestro abrazo es del mar, y naufragamos
atentos a las branquias de la fe
y al nado prodigioso de tu risa.

Asidos a esas ondas
de luz entre las aguas, somos gotas
como son las partículas el más abisal eco.
Mojas en luz mis manos si te toco.

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A través del espejo

La casa vacía

Por Karla Winkler E.

Dedicado a Carlota, mi abuela (q.e.p.d.)

Las paredes blancas, frías. Las flores del jardín, inclinadas, vencidas por sombras, viento, dolor. Las lámparas parecen parpadear impacientes ante el escenario que alumbran, como si palpitaran dentro de un pecho oscuro. El lecho tierno, como una mirada que sumerge su perfume y su calor, parece inundado de sol.

Aire helado invade cada rincón, cada pared, cada luz que intenta revelarse. El viento arrastra, empuja como una fuerza misteriosa e incontrolable.

Tus labios están secos, las sienes te punzan. El silencio te mantiene suspendida en un tiempo sin horas ni segundos.

Hoy más que nunca se puede oír el crujir de las maderas que se acomodan y los ladrillos de las paredes de la habitación.

A lo mejor, te dices, todo es un sueño.

Poco a poco empiezas a sentir el frío de la noche en los pies descalzos y en los brazos desnudos. Tienes la mirada fija en aquella habitación, como si pudieras mirar a través de la puerta, como si continuaras viendo a quien no volverás a ver.

Una hora después, y como antes, sientes el ajetreo que se solía escurrir entre los trastos de la cocina, como si ella hubiese vuelto.

El viejo espejo de bordes con flores doradas vuelve, como si emergiera de alguna parte. La luz de la Luna también emerge, difusa y gris.

Tienes apoyado un codo sobre la mesa y la mano curvada sobre la boca. Tu otra mano juega con la cuchara dispuesta para la cena que no llegas a prepararte.

El mismo efecto de la luz irrumpiendo en la sombra se repite en el cuadro de la pared. El rostro de La Dolorosa resalta sobre las profundas tonalidades oscuras del fondo.

Sin ponerte a pensar, como si no tuvieras memoria, inicias el arreglo de la habitación. Hay que abandonarse a la desagradable costumbre de ordenar hoy lo desordenado de ayer, porque así el tiempo se siente menos y, además, por unos momentos, el mismo dolor parece borrarse, mientras los cajones abiertos vuelven a cerrarse y el closet se cierra también con toda su ropa adentro, conservada desde los años de su juventud.

En la sala destellan, aisladas, las figuritas de porcelana que ella misma pintó tiempo atrás.

Contemplas de pie los lugares por los cuales sus manos habían pasado y repasado. La sientes como un aura nueva que envuelve los objetos, como si en este instante, y por esta vez, los objetos fueran un poco más que ellos mismos, como si les hubiera crecido algo nuevo que no era ni de aire ni de luz, pero que existe y llama desde las alfombras y las lámparas, desde el terciopelo de los muebles. Allí todo parece esperar. La misma sala parece esperar a alguien.

De pronto, algo te dice que allí las horas de la espera ya han pasado, que en esa casa ya nadie espera nada y menos aun los fríos objetos.

Vuelves a sentir en la casa vacía, en la sala vacía, la sensación helada del silencio. No es más que lo que debió ser: una forma sustituta, un fingimiento que ni siquiera basta para colmar, por unas horas, un vacío de todas maneras irremediable.

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Cosas pequeñas

Crash

Por Anayansi Zozaya

“Repugnante”. “Repulsiva”. “Enferma”. “Perversa”. “Irreverente”. “Pornográfica”. Éstas son las opiniones que recibe la novela del británico J.G. Ballard: Crash, y su adaptación (espeluznantemente fiel) al cine, dirigida por David Cronenberg.

No sorprende (ya no) la mirada del público: un filme sobre el fetichismo en torno a los accidentes de auto. Una desviación (¡valga la palabra!). Sujetos perturbados que necesitan protagonizar accidentes mortales, contemplar heridas abiertas y hasta amputaciones, para excitarse sexualmente.

Esta apreciación no hace más que probar el punto de Ballard: una enfermedad del alma ha tomado al planeta. Una dolencia que recibe varios nombres: vacío, indiferencia, banalidad, insensibilidad, apatía, desapego, tibieza. El síntoma fundamental es la respuesta emocional adormecida. La incapacidad de conectar con el mundo que nos rodea sin la intervención de imágenes alteradas por los medios y la publicidad.

En ningún momento celebra Ballard la idea de encontrar la libertad en los límites del comportamiento humano. Él mismo advierte en su introducción a la edición de 1995 de la novela, que Crash es un mensaje admonitorio en contra de un mundo que se convierte, vertiginosamente, en un sitio demasiado brutal, evidente y lascivo.

La exhortación del autor se disimula con la metáfora, que nadie ve; como nadie ve el hecho de que la única experiencia real (hoy) proviene de la necesidad de chocar de frente con nuestra propia identidad (si nos queda alguna).

La crudeza de Crash es imprescindible para estimular alguna sensación. La que sea. (Se valen el asco y la repulsión.)

¿Es necesario llegar a tal extremo para despabilarnos? Sí. ¿Nos hemos despabilado? No.

Ni siquiera las referencias directas (si se prefiere prescindir de la metáfora o si de plano no se percibe) y sin piedad de la miseria humana nos han conmovido. Preferimos pensar y decir que estas imágenes surgen de mentes degradadas, que son fetichismos depravados.

Entonces el libro deja de editarse y la película suspende su distribución. Nosotros volvemos a nuestra vida súper higiénica. Somos tan sanos que hemos desarrollado absoluta inmunidad al más microscópico bacilo de la emoción.

Por fin máquinas. Autos que colisionan porque sí y que son fácilmente sustituidos por otros más nuevos, más rápidos y más toscos; que repetirán el movimiento monótono hasta el absurdo. No hay historia. No hay significado.

En comparación con esta “realidad”, yo calificaría las ficciones de Ballard y Cronenberg como delicadas, afables y hasta un tanto tiernas.

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Entreluz

Reserva Nacional de Talentos

Por Alberto González Carbajal

Mi asociado, a quien el bajo mundo empresarial apoda “el TB” (el Terabyte, por su innata capacidad de almacenar información no siempre muy útil… pero también por su capacidad de comer a lo “terabestia”), termina su pastel de chocolate, última parte de una opípara comida y, sin más, sentencia: “Por supuesto que era inevitable que este gobierno comenzara, en primera instancia, a sacudirse el lastre y a castigar a quienes lo han cuestionado. Es un principio de negocios: tarde o temprano pasas la factura por los daños y retrasos causados”.

Nuestro tema de plática giraba en torno de aquellos conocidos y cuates mutuos que se fueron “a la cargada” cuando el actual presidente fue postulado. (Para mis amigos del sur del continente, una nota al margen: sumarse a la cargada significa que se adhieren la causa de un político cuando la victoria es inminente, fingiendoque siempre han estado apoyándolo, en las buenas y en las malas). Todos estaban justo como ahora: desempleados, viviendo de “gestorías” (“coyotaje”, también le llaman) y recordando todos los días glorias pasadas de cuando eran, según ellos, altísimos funcionarios (que no hacían nada más que bulto en hinchadas oficinas gubernamentales).

“Mira, mi Beto, tú recuerdas cómo fue que, tras pasar muchos años fuera del presupuesto, cuando fueron purgados por las administraciones blanquiazules (que, si bien eran igual de corruptas, sólo querían a sus correligionarios para mamar de la ubre presupuestal junto con ellos) tenían hambre y sed de gloria; recuerdas cuando nos buscaban para decirnos: ‘Ahora sí ya hablé con Fulanito, que es el dedo chiquito del licenciado Sutanote, que es primo del que va a estar en tal o cual oficina… ahora sí vamos a tener chamba, ¡volvemos al presupuesto, del que nunca debimos haber salido!’. Todo sonaba bien (para ellos) y al cabo de casi dos años de haber vuelto su partido al gobierno… ellos siguen igual, en ese limbo conocido como la ‘Renata’, o sea, la Reserva Nacional de Talentos, en espera del llamado para engrosar las filas gubernamentales”.

Escucho con atención al TB. Viene a mi mente una enorme cantidad de personajes de gobiernos pasados. Debido a mi trabajo, me los he encontrado muchas veces, en ocasiones haciendo antesala en entidades de gobierno de medio pelo y con una media sonrisa dibujada, que puede ser leída como una mezcla de decepción e infinito temor; o, en otras ocasiones, en cafés y restaurantes cercanos a las entidades burocráticas, a la espera de que suene su teléfono móvil para acudir presurosos a aportar su talento… Eso no va a ocurrir.

Durante las elecciones de 2012 hicieron todo lo que pudieron para aceitar una elección que compró muchas voluntades en el universo de lo que llamaba Karl Marx “lumpenproletariado”: repartieron tarjetas de prepago, playeras, despensas, prestaron sus casas como bodegas de material de publicidad no reportado (o sea, ilegal), dejaron que otros utilizaran sus cuentas bancarias para que por allí fluyera el dinero de los gastos no oficiales y acudieron a todos los actos proselitistas del PRI; allí se tomaron la borrosa foto con el candidato que, a la menor provocación, muestran con gran orgullo a quien se deje.

No van a abandonar su estatus actual. Se quedarán esperando, porque aquellos que ahora ocupan las oficinas top de la burocracia sólo van a llamar a la gente de toda su confianza, no a quienes se prestaron a hacer el trabajo sucio. Quizá alguna migajita salga, pero no más que eso.

En esa reflexión estábamos cuando a nuestra mesa llegó un conocido de ambos, el licenciado “Sope” (llamado así por su pelo, que parece una mezcla de frijoles negros y queso blanco rallado montada sobre una media calva lustrosa y amarillenta… hagan de cuenta un sope), quien de manera estentórea nos gritó desde la distancia de dos mesas: “¡Mis queridos amigos, ahora sí ya la armamos! Ahora sí tengo un negocio sin pierde”. Y que se arranca. Se sentó con nosotros y se aventó una retahíla de datos inconexos sobre licitaciones arregladas, “amigos del alma” que nos van a permitir ganar sin concursar y hacer negocios millonarios. El TB y su servidor, como ya dije, sabemos que eso no va a ocurrir. Previendo el dolor que le espera al Sope, le invitamos un café y un pastel para que no olvide ladulzura de la vida. En un parpadeo vació el plato y la taza. El Sope trae el hambre atrasada. Tras los comentarios optimistas con intercalados “enhorabuenas” y palmadas en la espalda, nos retiramos del lugar sabiendo que esa camada de aspirantes a políticos de alto nivel se quedará “comiendo banca”, como se dice en los corrillos deportivos, hasta que vuelvan a sentirse necesarios y se presten a hacer las triquiñuelas con las que su partido… pero no ellos… gana elecciones (o sea muy pronto).

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Incierta certeza

Conversiones (con-versos)

Por Luis Ernesto González

Alla Gieco

Sol…
o le pido a Dios
que la lluvia
no me sea indiferente.

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Yo lector

Triste samurai

Por Juan Pablo Picazo

En la pintura medieval las figuras eran planas y se representaban mayores o menores unas de otras en relación a su importancia dentro del conjunto, las más de las veces eran representaciones alegóricas referentes a una u otra pasiones humanas y/o divinas; no fue sino hasta el Renacimiento, con la aparición de la Escuela de Flandes y otras semejantes, en que los personajes adquieren corporeidad ante la vista y dejan de ser meras alegorías para cobrar independencia de carácter. ¿Los genios? Rembrandt, Van Eyck, Durero, Da Vinci y otros semejantes.

En la literatura pasa otro tanto: se dice que los personajes en tercera dimensión, son la gran aportación de hombres como Dante, Shakespeare o Cervantes, porque antes de ellos, los que aparecían en las narraciones protonovelísticas, el teatro y los cuentos de la edad media, eran muy planos; es decir, que carecían de dimensiones emocionales y mentales completas y a partir de ellos, su génesis sufriría tales transformaciones que se muestran hoy con gran variedad y complejidad que van de los dolorosamente definidos como el Heathcliff que aparece en Cumbres borrascosas de Emily Brontë a los profundamente alegóricos como los que Samuel Beckett lanza a conquistar el mundo.

Christopher Domínguez Michael escribió, para la cuarta de forros de Triste domingo, novela de Ricardo Garibay publicada hacia 1991, que éste poseía lo que llamauna característica infrecuente entre los narradores mexicanos: la capacidad de crear personajes. Y bien que aparece una diversidad de personajes en dicha novela, cada cual con su lugar más o menos definido en la trama, cada cual con la dosis necesaria de la personalidad garibayana para ser, unidos por el sólido oficio de un autor veterano y su erudición; sin embargo, difíciles de creer. No son burdos estereotipos, lejos sea de mí pensar tal cosa; aunque tampoco son caracteres sólidamente fraguados.

Siempre he creído que un buen escritor logra que sus personajes trasciendan más allá de su propia vida como en el caso de Goethe y Marlowe, quienes son menos conocidos que sus respectivos Faustos; Shakespeare menos que sus Hamlet, Otelo y Romeo y Julieta o bien, Cervantes, menos aún que su carismático Quijote. Para que ello se logre; estos, no obstante nutrirse del autor como su padre espiritual, deben ser independientes de él.

En la novela en cuestión, que además corresponde al período de madurez de Garibay, la dama en disputa, Alejandra, se nos presenta al inicio del texto como una mujer dueña de su destino y de su oficio como escritora, que va labrando a Fabián con unos modales menos petulantes que los de Salazar -ese alter ego en que se solaza el autor- y, conforme la acción se desarrolla, se la despoja de todo atributo individual no ya como literata, sino como mujer y como persona para reducirla hacia el final, a una esclavitud sexual incongruente y a la expresión del conflicto artificial que vive en el más decantado lenguaje de las telenovelas.

Salazar es un todopoderoso Don Nadie patéticamente multimillonario, ebrio de una insuficiente y chocante sabiduría dionisíaca que esgrime con autocomplacencia, se presenta en el primer capítulo a través del pensamiento de Alejandra, como un hombre prisionero de ciertos banquetes dominicales rodeado de sus hijos, esa mujer y sus amigos millonarios vestidos con costosísimos andrajos, mientras ella como buena y obediente amante, le espera apesadumbrada y oculta del caliginoso día en el Miladi y capítulos más tarde, el perfecto caballero declara: los que de mí dependen tienen para siempre, ello ante un interrogatorio de Alejandra a quien además dice que su mujer no le quiere y que no necesita ver a sus hijos y que ha estado largo tiempo en soledad hasta antes de que tú llegaras. Es decir, el pobre niño rico es incongruente de medio a medio.

Los otros personajes se debaten entre una loca superposición que los lleva del carácter casi definido a la disolvencia casi estereotípica como Carlos, el amigo homosexual de Alejandra; Consolación, la orgullosa ejecutiva amante de Pastor, el buen salvaje artista natural; la metalizada madre; los amigos de Fabián, habitantes de azotea con auto a su disposición y los casi invisibles miembros de la servidumbre doméstica y restaurantera que los rodean y que no alcanzan ni a formar parte del paisaje. Ello sin hablar de la pincelada de verosimilitud que agrega con personalidades reales, quienes ya con sus nombres propios o con deformados nombres, pagan al autor alguna cuenta pendiente.

Dicen que para muestra un botón, aunque acaso no deba juzgarse un corte inglés por un botón mal cosido; sin embargo, Garibay más que un excelente creador de personajes quiso sumarse a esa otra categoría de escritores que se transforman a sí mismos en tales a pesar suyo, como Lope de Vega, Rimbaud, Neruda y algunos tan dispares como estos y entonces sus leyendas personales trascienden tanto como sus obras y sus héroes. Pero quizá sea de lógica mayor situarlo entre los autores que se ocupan más de convertirse en personajes ellos mismos y entonces, de cuando en cuando, cometen atrocidades contra sus propias obras: Salazar es una aspiración de ese otro agudo sustantivo nominal que le dio a luz.

Es fácil recordar a Garibay, no al escritor de lúcido lenguaje y buena prosa, a ese hace falta leerlo en otros títulos decentes, que los tiene; sino al crítico mordaz de adjetivo fácil, escondido en su carácter mediático, oculto bajo la armadura histriónica que bien a bien, terminó por comerse al hombre y al artista y entronizarse en Triste domingo con su chocante y por demás inútil afrancesamiento que fácilmente habría logrado que Lucio, el inquisidor de Icamole, lo condenara al infierno de su biblioteca sin lectores, en El último lector, otra novela, ésta de David Toscana.

Puede decirse más, como que Fabián es el único personaje que se mantiene firme en el concierto de una novela que, nacida de buena pluma, parece tener sólo la intención de ser vendida al amparo de la sombra de otro personaje. Pero bueno.

Publicado en JP Picazo, Reseñas, Yo lector | 1 comentario