Entreluz

Lumpen

Por Alberto González Carbajal

Primera visión

En una colonia deprimida de la periferia de la Ciudad de México, una serie de autobuses se forman al lado de una interminable fila de personas que, al momento de abordar los vehículos, van recibiendo una bolsa con algún refrigerio. Frente a la cámara de tele demuestran su emoción por celebrar “la fiesta del grito”, cuando los mexicanos conmemoramos el inicio de la justa independentista, en el mero centro político del país: el zócalo del DF. Ahí, además de los alimentos recibidos, los siempre inconfundibles acarreados podrán disfrutar, desde un lugar privilegiado, de una banda musical que tiene mucho arrastre a nivel nacional en el llamado género de la música de banda.

El documento adherido al parabrisas de cada autobús, el cual ostenta el logotipo del gobierno federal, les permite llegar a las inmediaciones del lugar desde una hora temprana para así acceder a la prometida “ubicación privilegiada”, aunque eso implica una revisión minuciosa por parte del personal de seguridad federal asignado al evento. Dicho personal revisa hasta a los infantes de tres o cuatro años, quienes, con su mirada de sorpresa, evidencian que no entienden a qué vinieron aquí (si alguien se atreviera a tocar a la tropa loca de esa manera, yo respondería de tal modo que seguramente terminaría en la cárcel o en algún lugar peor).

En otro video se aprecia cómo a algunos festejantes les reparten la cantidad de 350 pesos mexicanos (algo así como 27 dólares estadounidenses) y, por último, veo la imagen oficial de esta ceremonia, transmitida en cadena nacional, donde algunos “asistentes ad hoc” le gritan vivas a un presidente que decidió hacer una ceremonia sin invitados incómodos, de esos a los que luego se les ocurre gritarle cosas no muy bonitas. De todos modos, justo cuando abandona el balcón de Palacio Nacional, no se salva de oír a sus espaldas el famoso “¡Eeeeeeeeh… puto!”, popularizado en este último Mundial de futbol.

Cuando la ceremonia termina, estos personajes abandonan la plancha de zócalo de manera más o menos ordenada; viven muy lejos y no acostumbran pasear por el Centro Histórico. Miran con asombro sus bellas y nobles construcciones. No ocultan su felicidad y su cansancio. En una mano llevan los sobrantes del refrigerio que recibieron y en la otra llevan atrapados a sus hijos, quienes siguen sin entender a que vinieron aquí.

Segunda visión

Diversos videos muestran cuando algunas personas asaltan centros comerciales, tiendas de conveniencia, bodegas y casas de las zonas residenciales. Toman todo lo que se encuentran: comida, utensilios, ropa, bebidas alcohólicas… vamos, hasta los anaqueles donde encontraron tales mercancías son sustraídos. Si alguien intenta oponerse es golpeado (en algunas tomas se aprecia que incluso la marina evita confrontarlos).

Esto ocurre en la devastada zona turística de Los Cabos, (el huracán Odille decidió pasar por allí en días pasados), en el estado de Baja California Sur, un lugar que, entre los años 2000 y 2010, de acuerdo con las cifras oficiales, pasó de 424,000 a 637,000 habitantes, aunque un amigo de esas tierras me asegura que la población real debe andar cercana al millón de habitantes, ya que existen muchos predios irregulares, invadidos por hordas de personas que llegan ahí en busca de mejores oportunidades de trabajo; como en esos lugares se carece de servicios y hasta de la nomenclatura que identifica las calles, estos espacios normalmente no son censados, ya que son zonas extremadamente peligrosas.

En ambos casos se muestra lo que el buen Karl Marx describió de manera muy puntual tanto en su libro La ideología alemana como en el 18 Brumario de Luis Bonaparte, hace más de 150 años: el crecimiento de la ciudades genera un desecho improductivo, el llamado lumpenproletariado, que ahora renombran como los “resentidos sociales”, que, si bien pueden convertirse en las fuerzas de choque del sistema (stablishment, decía Marx) también pueden salirse de control y estallar con toda la rabia contenida por no tener nada que perder, sin un objetivo claro, sólo con una meta inmediata, joder antes de ser jodido. Con ese afán crecen y con ese afán sobreviven, ayudados también por las dádivas que el gobierno en turno les provee.

Sus enemigos son todos, todos los que están integrados a la vida normal, porque todos tienen más que ellos, porque alguien, desde su visión, debe tener la culpa de su pauperización y bajo el esquema de que no me importa quién me la hizo, lo que importa es quién me la pague, arremeten contra lo que se les ponga enfrente cuando las condiciones de su entorno cambian para mal, como en estos días.

Quienes buscamos el cambio de manera pacífica sabemos que ellos son la carne de cañón del gobierno establecido y por eso lo que menos importa es si se les puede integrar a la sociedad; al final son prescindibles, siempre nacen nuevos pobres, la miseria siempre es manejable.

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Incierta certeza

Arriba, abajo

Por Luis Ernesto González

Por el agua puedes
mirar las estrellas
mirando hacia abajo.

Palabras fugaces
traen la epifanía
al ras del oído.

La noche, su aroma,
alma de rocío
entrega al día nuevo.

Recorro entre sábanas
un hallazgo antiguo:
mis manos son alas

y gustan tu cuerpo,
agua que reflejas
la noche de estrellas.

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A través del espejo

Sombra en el encanto (I de II)

Por Karla Winkler E.

I. Otoño de 2008

Apenas subo al autobús que va hacia Los Altos, una tristeza toca mi espíritu. El camión se arrastra lentamente por más de trece horas. Poco a poco se va quedando vacío. La mujer que viaja a mi lado, robusta y con acento chiapaneco, intenta hacerme plática quejándose de los asientos; no sé ni qué respondo, sólo deseo llegar, dormir, no pensar y no hablar…

Por fin llegamos. Me dirijo al que será mi hogar por un tiempo, estancia que provoca sentirme aun más sola. En el mercado de artesanías se preparan las ventas desde muy temprano. En la plaza frente a la Catedral, las chamulas, tzotziles y tzeltales asisten a vender como siempre. El Sol titubea más que nunca; las inmensas nubes grises acaparan el cielo todo el día.

A las siete llega el dueño del lugar donde me hospedo. Me da una bienvenida que dura más de dos horas, contándome la historia de su vida. Por lo menos me distrae un poco recordando las vívidas y entrecortadas imágenes de su infancia. Habla de su padre, de su primera novia y de otras cosas…

Se va. Salgo a buscar un sitio para cenar. En mi habitación el silencio es profundo; en la calle la gente camina con paso rápido y miradas furtivas; mis manos se dedican a buscar bolsillos para escapar del aire frío que no para de soplar. Apuro el paso imaginando historias tenebrosas y ni el aire helado despeja mi mente.

Olvido la cena y me dirijo al Vinik, mi café preferido. El olor a café impregna la calle entera. Los pocos que quedan ahí hablan en murmullos y, con tímidas miradas de un lado al otro, reanudan las conversaciones suspendidas, apurando sus tazas. El Vinik ya no parece café, sino una tranquila casa de oración. Con los ojos y la nariz enrojecidos y el paso tambaleante me encamino a la puerta.

La calle está oscura y silenciosa. Apurada por llegar al Encanto, el bello hostal, camino por el corredor que conduce al fondo del jardín; al lado de la pila y cercana a dos grandes árboles, mi cabaña aparece silenciosa y sombría. Saco la llave y con mano temblorosa abro muy rápido. La respiración acompasada que escucho desvanece un poco mis temores. ¡Soy yo, estoy sola! Me acerco a la chimenea y la enciendo haciendo el viejo ritual, cierro los ojos y me desplomo en la alfombra.

La vida es una tragedia, una ironía. Sé que la felicidad es una batalla constante que tendré que librar mientras siga con vida. Hoy me pregunto si vale la pena. Ojalá supiera qué es lo que no funciona. Quizá tiene que ver con las estupideces que han caracterizado esta etapa de mi vida, no lo sé…

Mis sueños están contaminados de angustia. Me despierto cansada; me ahogo en mis sueños, me ahogo en mi realidad. Me tumbo en mi cabaña, veo mi bolsa llena de papeles, libros y medicinas. Veo una taza sucia. Es viernes por la noche y estoy tirada en el suelo sin poder parar de llorar. Todo ha salido mal.

Sé que tengo muchas cosas por hacer y ni siquiera deseo recordar cuáles son. Tengo esa sensación palpable y absoluta de que me estoy haciendo añicos, de que no hay ninguna buena razón para nada, y de que (y eso es lo peor) soy incapaz de remediarlo. Lo que de veras me está jodiendo, mientras sigo aquí tirada, es que esta escena que estoy armando me recuerda algo: me recuerda mi vida desde hace tiempo…

La nostalgia es para mí un estado del alma. Pero en algún rincón de mi interior tengo conciencia de que esta vez sí estoy perdida. Nada es como debiera ser; nada es ni siquiera tal como yo desearía que fuese. Hoy anhelo con más fuerza que mi espíritu, aún enganchado y encadenado, deje este rincón y se desligue por completo de mis lazos más difíciles de romper. Me siento agitada, arrancada…

Lloro cada vez que viajo huyendo de mi vida. Lloro al descubrir que mis amigos se esfuman y al no poder llorar en sus hombros. Lloro durante horas. Me siento delante de la computadora a escribir sobre el espíritu libre llorando entre Montaigne y Nietzsche. Entre César Vallejo y Miguel Hernández. Entre las tierras tzotziles y las de la maltratada Temeswar.

Me despierto por la mañana y sigo llorando bajo el agua. Empiezo a preguntarme si sería posible que hubiese llorado en sueños durante toda la noche. Lloro por la imposibilidad de colmar ese hueco abierto que en mí se ha llenado ahora de dolor. Soy como una adicta privada de mi droga preferida; me siento como si estuviera en pleno proceso de desintoxicación.

Estoy cansada hasta el extremo de ser incapaz de nada que no sea estar tendida en una cama. Sé que puedo hacer muchas cosas, que puedo poseer una tremenda fuerza vital, amar con toda mi alma y todo mi corazón. Sé que, si al menos consiguiera salir de esta fosa, podría hacer muchísimo más, aparte de llorar y encerrarme entre paredes. Ese pensamiento me proporciona un consuelo momentáneo aunque, a la larga, como todo lo demás, se transforma en terror.

Paso los días aquí, entre montañas, lloviznas, aún jugando con la fantasía de hallar consuelo en mis libros, pero ahora estoy demasiado trastornada para eso…

El miedo de repente, mi boca tan roja y ya no querer ver ni escuchar nada, nunca más. Me aterra lo que me está ocurriendo, me asusta el aspecto que pueda tener el fondo del pozo en el que me estoy hundiendo; me da un miedo atroz pensar que eso es lo que hay, nada más. ¿Cómo me ha ocurrido todo esto?

Me pregunto si habrá algo (una pastilla azul o blanca, una inyección, hierba, lo que sea) bajo este enorme sol negro, que pueda penetrar en un dolor tan profundo. Adopto una posición fetal y escucho The Gathering una y otra vez, sin parar. Ni el desgarrado Lohengrin me parece ya siquiera vagamente cercano a mí. Mi drama es casi metafísico y no le encuentro desenlace. Estoy sola en mi angustia.

“Antes morir que vivir aquí”; así habla la voz imperiosa de la seducción. Nietzsche siempre es oportuno. Decido volver a casa…

Ni siquiera en las mejores circunstancias me es agradable regresar de un viaje después de haber huido. No quiero saber nada del aire de la ciudad, no me puedo imaginar nada colorido en el trayecto, enfrente de las ventanas cerradas del autobús. La lejana familiaridad del lugar que se deja atrás es más difícil de absorber sin aire fresco, sin montañas.

La ciudad. El verdadero cristal de las ventanas se transforma en algo lúgubre; pero eso le da ojos verdes a mi regreso. Jalo mi mochila por el pasaje de la terminal. Camino hacia mi casa, hace demasiado frío para deambular… Quizá después me llegue un poco de fortaleza para levantarme, para salir, para escribir; quizá un rubor cuando lo haga, y un grito de alegría por haberlo hecho.

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Yo lector

Kazantzakis, el hombre libre que gritaba

Por Juan Pablo Picazo

Juan el Bautista era la voz que clamaba en el desierto. Nikos Kazantzakis, la voz que gritaba en medio de las sociedades decadentes del siglo XX. No eres un carnero, eres un hombre –escribió alguna vez-; y hombre quiere decir algo que no está cómodamente instalado, sino que grita, ¡grita tú pues! Mi alma íntegra es un grito y mi obra íntegra es la interpretación de ese grito.1 Pero ¿por qué gritaba el escritor cretense?

En sus diecisiete ensayos, diecinueve obras teatrales, sus tres obras poéticas de largo aliento (Odisea, Tercinas y Sonetos), once novelas y sus indeterminados relatos de viajes, obras infantiles y guiones cinematográficos, Kazantzakis le grita a la humanidad para que despierte, para que no derroche el tiempo en necedades, para que entienda su misión de trascender, lo que le hermana a Friedrich Nietszche y para que se libere de Dios y los premios y castigos con que la fe nos amordaza, lo que le hermana a Jean Paul Sastre. Trasciende sus influencias sin embargo, su tumba ostenta este epitafio: ¡No espero nada, no temo nada, soy libre!

Aunque el nombre de Nikos Kazantzakis no es popularmente conocido, algunas de sus obras lo son hasta el escándalo, como Alexis Zorba, el griego y La última tentación, debido a que fueron llevadas al cine; la primera en 1964 bajo la dirección de Michael Cacoyannis y la segunda hacia 1988 bajo la dirección de Martin Scorsesse, adquiriendo de inmediato fama, socavando algunas conciencias y transformándose en clásicos del llamado séptimo arte.

La mayor parte de su obra es casi desconocida sin embargo, incluso una buena parte de ella no ha sido traducida aún al español, como es el caso de los Sonetos. Dice George Stanissakis, uno de los principales estudiosos de su obra y en su momento presidente de la Sociedad internacional de amigos de Nikos Kazantzakis, que toda su obra está traspasada por la poesía, a la que este autor consideraba lo único que impedía a las decadentes sociedades occidentales terminar de pudrirse.

Libre de ilusorias esperanzas y flamígeros castigos, Kazantzakis pudo desalojar de sí los fantasmas que habitan a todo ser humano y que son esa llama que lo transforman de paja húmeda, inquieta y ridícula, en una llama trascendente, en algo más que un hombre, eso escandaliza a los espíritus religiosos y a no pocos intelectuales. un ejemplo de esa libertad rayana en lo atávico del hombre se encuentra en su novela Lirio y serpiente 2, en la que amor, soledad, contradicción, pasión y arte tienen un desventurado encuentro difícil de asimilar para cualquiera.

Todo comienza con un hombre solitario y la mirada que lo obliga a acercarse a una joven beldad griega, quien susurra al oído su afamado nombre de pintor y le pide permiso para pintarla. ¿Después? Todo es un extraño viaje a los infiernos privados de este pequeño pero colérico dios enamorado que se mira devorado poco a poco por la perfección, el calor, la respiración y el movimiento cadencioso de ese cuerpo que le llena las manos, el corazón, la mente, las telas, la voz, la vida.

El pintor, incapaz de contener dentro de sí tan fastuoso impulso que empuja y jala en diversas direcciones, inicia un diario para drenarse esa pasión a ratos enfermiza y perfecta, deliciosa siempre. Escribe por ejemplo: 4 de agosto/ ¡ Ah, la agonía secreta y la palpitación de tu cuerpo sobre las sábanas! tu agonía era la de las víctimas que se llevan al altar. y en tus ojos se desvanecían las aguas de los eternos deseos. // Y nuestros besos eran un estremecerse de presentimientos y eran agonía de dicha y armoniosos desprendimientos de nuestra felicidad y lamento inconsolable de todos nuestros sueños.

Se trata de una pareja que transita del encuentro ocasional, a la entrega profunda, al desbordamiento mutuo, a la agonística más pura, lo mismo son protagonistas asiduos del salomónico Cantar de los cantares, en una implícita lectura dramatizada, que amantes separados cuya ausencia les alivia y les tortura interminable e intermitentemente, tal como son de contradictorios y enfebrecidos los sentimientos en la realidad.

Hacia el 16 de septiembre, el pintor escribe: Se dobla la flor cuando el cielo le da mucho rocío. Mi alma se dobla por el amor. Luego el 22 de octubre: Estoy inquieto. Un dolor se ha despertado dentro de mí.Estoy enfermo, mis manos arden. Me parece|que si desgarro un poco tu carne y veo un poco de sangre –ah, sólo una gota- me tranquilizaré. Y el 10 de enero: Ah, si pudiera hacer subir mi mente hasta mis deseos y llamar a toda la humanidad un día ante mí y enseñar lo que siento.

El diario de este amor va del 2 de mayo al 25 de marzo del año siguiente y sin embargo, todo él no es sino el exordio de un final que asombra y abruma; pues como todo en las obras de Nikos Kazantzakis, no pretende triunfos definitivos, porque nada tiene ese matiz en la verdadera vida, no. A Kazantzakis como a Kavafis, le importa más la lucha por la libertad que la libertad en sí misma.

Lirio y serpiente es uno de los bajos de ese inmenso grito que es la obra de este autor cuya lectura es imprescindible. El grito de este hombre libre retumba aún en los oídos de la humanidad, si lo escucha atentamente, descubrirá que su alma se ha transformado inevitablemente.

_______________

Notas:

  1. Stassinakis, George Nikos Kazantzakis, un pensador de nuestro tiempo, conferencia del presidente de la “Societé internationale des amis de Nikos Kazantzakis, publicado en www.apocatstasis.com

  2. Kazantzakis, Nikos, Lirio y serpiente, Ediciones Carlos Lohlé, Buenos Aires, 1988. traducción de Miguel Castillo Didier pp. 93

 

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Cosas pequeñas

El bosque petrificado

Por Anayansi Zozaya

Es posible volverse de piedra.

Primero va calando un frío glacial. Un frío que desconocíamos, que ni siquiera imaginábamos.

Bloques enteros de hielo se descongelan a costa nuestra. Nos alcanza una sustancia helada. Comienza una calma blanca.

Somos derribados, arrasados. Nos vamos resbalando a otros paisajes. Cada vez más lejos de nuestro bosque encantado.

Y en un sitio ajeno a nosotros (ya no bosque), comenzamos a aspirar un elemento que es muerte. Lentamente, nos vamos haciendo rígidos.

Ya hemos perdido nuestras hojas. Ni qué decir de nuestros frutos. Nos quedan algunas ramas. Y se vuelven rocas. Pesan tanto que se desprenden. Caen con estrépito al suelo, pero no se rompen. Ya son piedras.

Luego todo. Nuestros cuerpos, nuestros órganos (antes tan delicados), las raíces.

Y caemos, como rendidos, para descansar eternamente en el valle sin vida. Nosotros, que alguna vez fuimos árboles.

Permanecemos recostados. Ya no sentimos nada. Somos ausencia.

Se suponía que la vida iría ganando ímpetu, pero ahora somos piedras que fueron árboles. Un bosque petrificado.

 N.B. El bosque existe.
Puede visitarse en Damaraland, Namibia.
La historia es contada por los árboles mismos.

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Entreluz

Somos

Por Alberto González Carbajal

“Cridem qui som i que tothom ho escolti”.
(Gritemos quiénes somos y que todos lo oigan.)

Miquel Martí i Pol

“Pero, a ver, barájamela más despacio. ¿O sea que tú escribes otras cosas además de análisis y prospecciones de mercado y todas esas cosas por las que te pago?” Con mucha seriedad respondí que sí. Mi interlocutor es uno de mis principales clientes. Es un cuate, es decir, no un amigo en todo el sentido de la palabra, sino alguien que, además de pagarme, suele atiborrarme de ideas con las cuales, por lo general, no comulgo del todo. En su propio espacio se le define como una buena persona. No solemos intimar, pero ese día que me vio muy concentrado ante la pantalla de mi teléfono, leyendo mi colaboración del día, me pregunto a botepronto: “¿Y tú que lees, que estás tan clavado?” Le expliqué qué rayos era eso de La hormega, le conté un poco de su historia y lo que hacemos cada semana o cada quince días quienes colaboramos en el blog.

No contento con esa información, me siguió bombardeando con preguntas cuyas respuestas hacían que sus ojos se abrieran como si de ese modo pudiera entender mejor lo que le decía. Su asombro se tradujo en una sonrisa de superioridad cuando al fin me creyó que nadie nos paga ni un centavo por escribir en este espacio. También se tomó su tiempo para aceptar que no tenemos publicidad pagada (“Mmh, ‘ai se ve que eres medio güey para eso de los negocios”, me dijo en medio de una casi contenida carcajada). En fin, fueron muchas sus preguntas.

Tal parecía que mi cuate estaba platicando con un perfecto desconocido (aunque tengo casi cinco años de prestarle mis servicios profesionales como consultor). Imagino que esa expresión de azoro en su rostro era como la de mi señora madre cuando, enfrente de ella, se me cayeron unos condones de mi mochila, allá en mi adolescencia, o como cuando le anuncié que me casaba (eso se lo dije con menos de 30 días de antelación).

Después del bombardeo y el “bulleo” respectivo (este cliente considera la lectura como algo absoluta y totalmente superfluo, un lujo que no genera dividendos), me soltó una última pregunta que me atarugó momentáneamente porque tocó algunas fibras personales muy sensibles. “¿Y cómo son los de tu dichosa Hormega?” Sólo dije: “Puras buenas personas a las que les gusta mucho escribir”, aunque una respuesta más profunda comenzó a bullir, si bien no a fluir, en mí. Me la quedé para mi solito, pero ahora la comparto con ustedes, pues son parte esencial de eso que llamamos “el hormeguero”.

Somos definitivamente gente que cree en los sueños, entendidos éstos como una extensión de nuestra realidad, aunque ésta no siempre sea tangible. En otras palabras, somos soñadores. Algunos entramos en la clasificación de obsesivo-compulsivos, aunque lo disfrazamos muy bien, pues la gente nos dice “chambeadores”.

Algo que también nos unifica, desde mi muy humilde punto de vista, es que somos esencialmente amorosos, quizá algo cursis (pero eso no se lo digan a nadie; podemos ofendernos). Nos gusta leer y también escribir. Estas dos delicias no son sólo “actividades superfluas e improductivas” como dijo mi cliente, sino que es forman parte de nuestros leitmotiv.

Desde la trinchera particular de cada uno, disfrutamos vivir. Esto lo hemos aprendido, algunas veces a la buena y otras a la mala, cuando no nos ha quedado de otra más que descubrirnos a nosotros mismos y vivir con eso, con lo que realmente somos.

Como mi cuate estaba pasando del papel de perdonavidas a otro tirándole a lo agresivo, puse punto final al tema comentándole que La hormega está por cumplir seis años y, contra lo que él supone, tenemos muchos lectores. Le digo que lo celebraremos con una lectura en octubre, en Cuernavaca, en el estado de Morelos (donde nació el blog, mano a mano con otro punto del país oculto bajo el nombre de San Manatí). Él sólo respondió con un: “Avísame. En una de ésas, voy”.

Al salir de su elegante oficina, me sentí de pronto muy contento, repitiendo en silencio el poema de Miquel Martí i Pol citado al inicio de este texto. Sus últimas líneas resuenan ahora mismo en mi interior: “I en acabat, que cadascú es vesteixi, com bonament li plagui, i via fora!, que tot està per fer i tot és posible (Y al acabar, que cada uno se vista como buenamente le apetezca, y ¡adelante! que todo está por hacer y todo es posible).

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Noctívago

Imprevisible

Por Juan Pablo Picazo

Quieto acontezco,
cae mi amor
sobre
la madre en ciernes
que teje en silencio
sonrisa, anhelo
y confianza.

Mi caligrafía
traduce
en tremor y aliento,
la esperanza cierta
y el futuro siempre ignoto
y deseado.

Mi relevo diminuto adviene
pateando fuerte,
con ansias
de extender el cuerpo
más allá del amado vientre
que le guarda.

No pienso heredarle
mi silencio,
sino el bullicio
guardado entre mis títulos
y mis finales puntos.

Cuando enuncie
su llanto primero,
el hombre pequeño
iniciará su tránsito
para dominar las lenguas
del poeta
y la filósofa.

Hijo de nuestros
entreverados versos,
escribirá
con gritos,
asombros y carreras,
su propio libro
acerca de la vida.

Mi exaltación
se espesa
ante la magia
que le urde,
revela
mi absoluta
ineptitud
ante la sabiduría
escrita en esas células
a las que nada nuevo
podré enseñar.

Y su voz será
sorpresa,
signo de interrogación
y le daré
las respuestas
mejores
para que edifique
un mundo
a su imagen
y bienaventuranza.

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